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Así conseguimos que casi nadie encuentre un piso para vivir: la grave crisis de la vivienda explicada por Llucia Ramis

La escritora balear, bisnieta de los pioneros de la industrialización asturiana, analiza en el exitoso ensayo "Un metro cuadrado" la transformación del hogar en un producto de mercado al que ya solo pueden acceder los turistas o las rentas más altas

Llucia Ramis, autora de 'Un metro cuadrado', sobre la crisis de la vivienda

Llucia Ramis, autora de 'Un metro cuadrado', sobre la crisis de la vivienda / Pau Gracià / EPC

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Eduardo Lagar

Eduardo Lagar

La escritora Llucia Ramis (Palma de Mallorca, 1977) firma «Un metro cuadrado», un ensayo mitad autobiográfico y mitad atinado análisis del problema de la vivienda en España, lo que está convirtiendo a este libro editado por Asteroide en una de las novedades editoriales más interesantes y vendidas. Ramis, además, tiene una singular relación con Asturias y los primeros tiempos de la industrialización regional. A continuación, detalla esa historia familiar junto con las claves de su libro, un volumen donde cuenta cómo nos las estamos arreglando para que cada día sea más difícil acceder a una vivienda.

La familia

«Mi bisabuelo Pablo Laloux fue el presidente de la Real Compañía Asturiana de Minas (que abrió en Arnao el primer pozo vertical de la región), que luego fue Asturiana de Zinc. Mi abuelo fue Denise Laloux, llegó a ser contable de la empresa en Arnao. Su hermano trabajaba en las minas de Cantabria. Mis abuelos, belgas, fueron a vivir a Asturias cuando mi madre tenía dos años. Mi abuela, que tuvo cinco hijos, ya tuvo la tercera hija en Asturias. Llegó embarazada, no hablaba ni palabra de castellano. Vivían en Salinas, en una casita. No, en una casota. Tengo familiares que conservan todavía la que fue su casa en Salinas. Cuando mi abuelo tiene 55 años, entran unos socios italianos y echan a los belgas, por decirlo de algún modo. Y de repente mi familia, que desde el 1833 se dedicaba a las minas, se queda sin trabajo. Mi abuelo, con 55 años, se queda sin empleo. Todo esto lo escribí yo en uno de mis libros anteriores, ‘Todo lo que una tarde murió con las bicicletas’. En ese momento lo escribí cambiando los nombres porque me daba un poco de vergüenza, pero luego lo he reeditado en catalán y ya con los nombres reales».

«Lo normal» de la clase media ya no es normal

«Al perder todo mis abuelos en una edad en la que todavía no se habían jubilado, ya mi madre y sus hermanos no tienen esa relación con la alta burguesía. Yo he vivido en una clase media real. Nunca me he sentido de una clase acomodada, pero sí que pensaba que todo lo que yo tenía era algo normal: una casa de campo (que era de mis abuelos), poder veranear fuera, también alquilábamos una casa en Puerto Colón, un coche familiar… Cuando llego a Barcelona a estudiar con 18 años me parecía que yo iba también a tener todas esas cosas. No me parecían nada extraordinario. Todos mis amigos tenían una casa en Palma, una casa de campo y un coche. Además, mis padres podían enviarme a Barcelona a estudiar y a mis hermanos también. Pero hoy sería impensable. ¿Cómo puedes pagar eso? Lo que para mí era normal, porque era normal en la clase media del momento, de repente se ha convertido en un privilegio. Desde segundo de carrera, ya trabajo. Consigo emanciparme cuando acabo la carrera –eso sí, con contratos de mierda, muy temporales; en ocasiones me pagaban en negro–. Y además compartiendo piso. Pero todo el rato pienso que eso va a ser temporal, que se va a solucionar a la larga, que va a haber algo más. Pero luego veo que no, que eso se convierte en una eterna provisionalidad, en algo que no acaba de cuajar. Entonces, cuando llegamos a los 30 años, la edad en la que se supone que teníamos que incorporarnos a la vida adulta, o repetir lo que habían hecho nuestros padres, llega la crisis de la burbuja y nos damos cuenta de que la mayoría de nosotros, o bien tenemos una herencia, o no vamos a conseguirlo».

El peso de una casa

«Dentro de la misma franja salarial, la realidad es muy distinta para una persona que se tiene que preocupar por pagar la vivienda y para otra que no tiene que preocuparse de dedicar entre el 40% y el 80% de sus ingresos a la vivienda. Yo me decía: si no puedes pagar el alquiler, ¿qué haces? ¿A dónde te vas? ¿Vuelves a casa de tus padres? Pensaba: tengo que empezar otra vez. Cada vez que firmaba un contrato de alquiler, tenía la sensación de que estaba firmando una cuenta atrás. Me iba poniendo nerviosa a medida que se acercaba el vencimiento (y el precio podía subir). Eso es una carga mental y, al principio, la aceptas. Dices: bueno, somos jóvenes, estamos empezando. Pero van pasando los años y continúas con esa inquietud. Te das cuenta de que nopuedes establecer un vínculo con todo lo que te rodea, porque no sabes si eso va a continuar allí. Al final es agotador. Cuando estaba escribiendo el libro, me di cuenta de que siempre estaba pensando en un plan B. Es decir: que haya una habitación extra por si hay que meter a un compañero de piso; como soy autónoma, periodista freelance, si me hacen recortes en las colaboraciones, había que ir buscando pisos donde irme a vivir si no podría continuar pagándome el actual. O al novio de turno, diciéndole que venga a vivir conmigo, cuando hace dos meses que nos conocemos. Siempre estás pensando en cómo puedes mantenerte en Barcelona, que es el lugar donde trabajas, donde tienes tu entorno, tus amigos. Todo el rato tienes la sensación de estar poniendo fechas de caducidad a todo lo que te rodea. Y eso te impide ver un futuro».

Un problema total

«No nos damos cuenta de la dimensión que tiene realmente el problema de la vivienda. Es transversal. Y es muy trascendental, porque la casa es donde tenemos nuestra vida, donde están nuestras cosas, nuestra intimidad. Lo es todo. Si alguien pierde una casa en una inundación, en un incendio, en un terremoto, se dice que lo ha perdido todo. Pero no lo parece en estos desahucios silenciosos que se producen cuando el precio de la vivienda te obliga a irte a otro sitio. No parece que lo hayas perdido todo porque no hay una catástrofe visible. ¿Cómo es que nos estamos acostumbrando a que nos vayan expulsando de las ciudades?, ¿cómo tenemos esta sensación de que nos están echando de nuestra propia casa y no pasa nada? Es una precariedad asimilada, que vamos normalizando. Somos capaces de convivir en un país en el que mucha gente se está quedando sin casa cada día. Y lo hemos normalizado de una manera que yo alucino».

La extensión del miedo

«Como estamos convirtiendo las casas en producto y las despojamos de su función de hogar, necesitamos que sean rentables. La manera de hacerlo es consiguiendo que temamos al otro, sobre todo si tiene menos que nosotros. Primero, la aporofobia de la gente que vive en la calle, la inseguridad que percibimos en la calle. Pero luego está la inseguridad dentro de mi casa: el propietario que tiene miedo del inquilino al que mete en su casa. Por ello va a buscar a personas cada vez más solventes que no le den problemas, con contratos cada vez más cortos, por si acaso pasa algo y se lo tiene que quitar de encima. Esto provoca una ruptura en el tejido social. Hace que veamos al otro como una amenaza, como un competidor y no como alguien con quien podemos crear comunidad. Eso se refleja en las ciudades, sobre todo en las turísticas. Esto las convierte en espacios de tránsito, en espacios pensados para que circule cuanto a más gente mejor y sean consumidores. Ciudades pensadas para el consumidor exprés y no para el residente, que es el que podría hacer esta fuerza, el que podría estar en este tejido social que nos protege».

La búsqueda de la rentabilidad

«Los grandes tenedores, los grandes fondos de inversión que están haciendo negocio con la vivienda, son los que realmente están provocando el problema. Como necesitas que la vivienda sea rentable, necesitas que haya circulación. Para que haya circulación no te interesa que haya residentes, porque los residentes se quedan y los residentes exigen cosas. Cosas que el que está de paso no exige. Por una parte está la parte de la memoria. La gentrificación hace que tú acabes por no reconocer tu propio barrio, tu propia calle. Cuando vas a tu calle, ves más de lo que hay.Ves lo que hubo allí también. El pasado y ves el presente. Pero el turista solo se ve a sí mismo en ese lugar. No tiene una visión de pasado. Solo tiene la visión de selfie. Ni siquiera es importante lo que hay detrás en esa foto. Entonces eso hace que los centros de las ciudades sean todos idénticos. Han perdido completamente la personalidad. Porque están pensados para que esa persona en tránsito consuma. Es una especie de gran aeropuerto en medio de las ciudades. Son ‘no lugares’. El espacio donde está la historia de esa ciudad se convierten en un gran duty free para que la gente consuma. Y, además, tú te sientes cada vez más expulsado, porque los productos que venden no te interesan, no están dirigidos a ti. Sobre todo, sabes que no está dirigido a ti por la lengua en que están presentados. La mayoría de los carteles en Barcelona, o en Mallorca, están en inglés. Todo eso es muy perverso: el pequeño comerciante se adapta al nuevo cliente, da nuevos productos, pero entonces no puede pagar el local o no tiene trabajadores porque no encuentran piso para vivir allí. Pasaba en Mallorca: había más turistas que nunca, pero cerraban más restaurantes que nunca. Cerraban restaurantes y los turistas se iban para comer al Burger King de turno o al Super 24 horas, que ahora proliferan en Barcelona».

¿Y el freno?

«Nadie va a tirar del freno. El año pasado a las Baleares llegaron 19 millones de turistas. Hay 25 turistas por residente. Una barbaridad. En Ibiza la gente vive en caravanas, en habitaciones compartidas por 800 euros. Una barbaridad. ¿Lo han frenado? Por ejemplo, si te sale una plaza (empleo público) en Ibiza, tienes que ir por la mañana en avión y volver por la tarde porque no te puedes permitir vivir allí. Historias tremendas. Conozco el caso de un chico que, siendo ibicenco y teniendo una plaza en el Ayuntamiento de Ibiza, se ha tenido que ir a Mallorca porque sus padres viven en Mallorca y él no puede permitirse una vivienda allí. Cosas muy dramáticas. No hay freno. Esto es el turbocapitalismo. Llega a una velocidad que ya no hay manera de volver atrás. Las cifras del 2024 en las Baleares indicaban que una de cada cuatro viviendas vendidas eran compradas por personas extranjeras, y la mayoría no residentes. Compran extranjeros y no para vivir. A lo mejor, una semana de vacaciones. El resto es para realquilar a gente de sus propios países. Para hacer negocio dentro de sus propios países. Con lo cual, el mallorquín cada vez está más expulsado de su propia tierra. En las islas todo eso se ven muy claramente. Siempre digo que, si queremos ver el futuro, tenemos que fijarnos en lo que pasa en las islas. Los ibicencos nos dicen a los mallorquines que están cinco años por delante, y nosotros se lo decimos a los barceloneses. Los mallorquines se están yendo a Asturias, a Galicia. No se pueden permitir una casa en sus islas, no pueden soportar ya más la presión».

Los refugiados inmobiliarios

«Lo mismo que existe la palabra morriña para hablar de los emigrantes que dejan su casa, tendría que haber una palabra para ese exilio que no es por grandes hambrunas, ni por guerras, sino porque no te puedes permitir vivir en tu propia casa, porque se ha vendido todo a unos precios que tú ya no alcanzas».

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