La proyección exterior del talento asturiano
El pintor ovetense Iván Quesada reinventa el rococó para llevarlo a Madrid en la apertura de la temporada artística en la capital
El pintor, cuya obra forma parte ya de destacadas colecciones, estará presente con su obra en la feria Estampa, que se celebra a finales de septiembre en la capital
El artista ovetense es dueño de una obra pictórica que oscila entre el virtuosismo de un maestro clásico y la libertad total de los niños que empiezan a pintar

Iván Quesada, en su estudio.
La pintura figurativa pretende siempre un engaño. Quiere parecer la realidad, pero no lo es. Iván Quesada (Oviedo, 1975), pintor figurativo, va un paso más allá en esa estrategia. Tiende una doble trampa visual al espectador. Este artista ovetense -una de las grandes revelaciones en la pintura asturiana contemporánea- firma lienzos que parecen recrear el mundo a la manera de los maestros más clásicos, pero, en una segunda mirada, se descubre que no son eso en absoluto. Son, en realidad, una pura celebración del acto de pintar.
Iván Quesada está en estos momentos preparando la obra que expondrá en Madrid el próximo mes de septiembre, entre los días 24 y 27. Participará de la mano de la galerista Aurora Vigil-Escalera en la feria Estampa 2026, una de las citas artísticas imprescindibles de la capital. Quesada siempre tiene varios frentes abiertos sobre los caballetes, con temáticas de lo más variado: damas y caballeros salidos de los museos, escenas domésticas o cotidianas, perros, jinetes, retratos, lienzos donde aparecen galerías de pintura…
Pero abundan estos días en su estudio ovetense varias piezas que parecen directamente llegadas del periodo rococó. No son copias de cuadros de autores de la época. Su imaginación ha generado un museo particular tras embeberse de ese estilo: nuevas y galantes escenas de comidas campestres, damas con miriñaque y corpiño, todo un sensual festejo de la vida en un siglo XVIII a la francesa. Sin embargo, algo pasa en los rostros de los personajes. No son lo que debieran. Parecen imaginados por un niño. Por alguien que hace una cara con dos círculos y un palo, lo más básico. Como si el pintor hubiera suspendido por un segundo toda esa destreza manifiesta en la composición y colores del resto del lienzo.

Iván Quesada, con alguna de sus últimas obras. / .
Este es el punto exacto que tiene la pintura de Quesada. Un artista que, en una misma obra, demuestra que se ha bebido e interiorizado todo el mejor arte del mundo y, a la vez, parece que nunca hubiera cogido un pincel. Esa oscilación entre saberlo todo y lograr no saber nada es lo que activa la alegre vibración a sus obras.
Quesada es un pintor autodidacta. Nació con un don. Sus primeros cuadros los expuso en la tienda de marcos de sus padres, ubicada en las galerías del edificio ovetense que albergaba la estación de Alsa, en la plaza Primo de Rivera de Oviedo. Se animó a pintar al ver las obras que llegaban para enmarcar. Después fue profesor de pintura en una academia privada, llegó exponer en la sala Tioda y trató de vivir de la pintura. Pero no lo logró. «Lo llevé hasta donde pude, no daba», admite. Tuvo varios oficios, de lo más variado. Adiós al arte para siempre, se decía. Aunque había comprado un bajo y tenía su estudio en el barrio ovetense de San Lázaro -un local magníficamente camuflado que esconde el estudio de un pintor del XIX- llegó a pasar mucho tiempo sin coger un pincel.
En junio de 2023, de la mano del comisario Santiago Martínez y su proyecto «Metro y medio de Arte» volvió a exponer en Oviedo algunos de los dibujos y pasteles que hizo durante el encierro de la pandemia. Su obra era inclasificable, refrescante: al tiempo, la de un virtuoso y la de un niño que acaba de descubrir el lápiz. A partir de esa pequeña exposición fichóen exclusiva por la galería gijonesa de Aurora Vigil-Escalera y su proyección pictórica se reactivó. Ahora su obra ha cruzado el charco. Ha estado presente en ferias internacionales como Art Miami. Forma parte de colecciones muy importantes, tanto privadas como públicas, como la Fundación María Cristina Masaveu Peterson –para sus espacios de Madrid y de Miami–, y la de la Fundación Marqués de Oliva. Quesada también está representado en la colección del Museo de Bellas Artes de Asturias, entre otras pinacotecas.
Iván Quesada no es pintor que haga mucha teoría sobre la pintura. Se limita a ejecutar un don que lleva como una posesión, pero que ha logrado ejercer con total libertad. Ha conseguido desprenderse de un virtuosismo que le sale solo, hasta conseguir «saber hacerlo mal». Aunque es pintor figurativo, no desdeña la abstracción. Todo lo bueno le gusta. El arte, dice, es universal, es aquello que «nos pellizca», algo que remite a la acción de la mano del hombre sobre la materia. «Y lo que está tocado por la mano, siempre vive». Pasa muchas horas en su estudio. Pero cuando sale, sigue trabajando. «Yo siempre estoy pintando en la cabeza».
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