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Un asturiano con los "topos" en Venezuela al rescate de un niño: cuarenta y cuatro días sin descanso para dar con el pequeño Dayan tras el terremoto

El fotógrafo gijonés Álex Zapico retrata el inmenso esfuerzo y tenacidad de un equipo mexicano para dar con Dayan, al que no dejaron de buscar durante mes y medio y cuyo cadáver sacaban a la luz hace unas semanas

En los primeros días del rescate en el edificio Coral Beach, los equipos de emergencia trabajaron con sus propias manos. La ausencia inicial de maquinaria pesada fue compensada por la esperanza de encontrar supervivientes. En el círculo, Álex Zapico.

En los primeros días del rescate en el edificio Coral Beach, los equipos de emergencia trabajaron con sus propias manos. La ausencia inicial de maquinaria pesada fue compensada por la esperanza de encontrar supervivientes. En el círculo, Álex Zapico. / Álex Zapico.

Álex Zapico

El fotoperiodista asturiano Álex Zapico (Gijón, 1976) acaba de regresar de Venezuela, donde compartió con un equipo de rescatistas intensas jornadas de trabajo en busca de supervivientes del terremoto. Documentalista y cineasta especializado en derechos humanos, contiendas bélicas y crisis humanitarias, su trabajo se caracteriza por una mirada cercana a las personas y por el interés en las consecuencias humanas de los conflictos y las desigualdades. De ello dan cuenta este reportaje gráfico y el texto que lo acompaña, el último testimonio de su larga experiencia internacional cubriendo guerras, desastres naturales y procesos sociales en Europa, Oriente Medio, África y América Latina.

Hay un momento en el que tienes que decidir si entras o no.

Desde fuera puede parecer una cuestión sencilla. No lo es.

Entrar significa ponerse un casco, enfundarse unos guantes, seguir a los rescatistas e introducirse por un estrecho agujero abierto bajo toneladas de hormigón. En el interior reina una oscuridad inquietante. El espacio se angosta y los sentidos perciben antes que la mente dónde te has metido. Escuchas cada respiración, cada hilo se arena que se desliza, cada impacto sobre el hormigón. Allí abajo rigen otras leyes. Las contornos del día y la noche se difuminan. El silencio deja de ser silencio: se convierte en una herramienta de trabajo.

Buscando una entrada. Último intento de rescate en Coral Beach. Kupper y Alex inspeccionan una posible entrada entre un amasijo de hierros retorcidos y los restos de la estructura colapsada. Avanzan con extrema cautela, buscando cualquier hueco que permita acceder al interior sin comprometer la estabilidad de los escombros. Cada paso está marcado por la incertidumbre, pero también por la confianza de encontrar un camino que conduzca hasta los desaparecidos.

Buscando una entrada. Último intento de rescate en Coral Beach. Kupper y Alex inspeccionan una posible entrada entre un amasijo de hierros retorcidos y los restos de la estructura colapsada. Avanzan con extrema cautela, buscando cualquier hueco que permita acceder al interior sin comprometer la estabilidad de los escombros. Cada paso está marcado por la incertidumbre, pero también por la confianza de encontrar un camino que conduzca hasta los desaparecidos. / Álex Zapico

Puse rumbo a Venezuela pocos días después del terremoto, en un avión fletado por la cooperación española en colaboración con Médicos del Mundo. En cuanto aterricé en el aeropuerto de Valencia (Venezuela) me desplacé a la zona cero. Desde el primer momento, agitación, incertidumbre, rescatistas frenéticos, familiares esperando noticias y voluntarios distribuyendo víveres y café. También padres angustiados, equipados con sus propias herramientas, dispuestos a la acción porque el tiempo volaba y esperar no era una opción.

Pasé varias jornadas acampado en la calle al pie de edificios derruidos, comiendo lo que se podía cuando se podía, y durmiendo a ratos, en colchones improvisados, codo a codo con los "Topos Azteca de México", un equipo de rescate acostumbrado a entrar en lugares imposibles. Con una abnegación digna de encomio, Miguel, Karolay, Minero, Valentina, Génesis, Kupper, Álex y Oswaldo vivían pendientes de la menor señal bajo los cascotes para ponerse en marcha.

buscando una entrada. Último intento de rescate en Coral Beach. Kupper y Alex inspeccionan una posible entrada entre un amasijo de hierros retorcidos y los restos de la estructura colapsada. Avanzan con extrema cautela, buscando cualquier hueco que permita acceder al interior sin comprometer la estabilidad de los escombros. Cada paso está marcado por la incertidumbre, pero también por la confianza de encontrar un camino que conduzca hasta los desaparecidos.

La vida segada. En el sótano del edificio, entre el hormigón fracturado y los escombros, nos encontramos con enseres y prendas. Son vestigios silenciosos de la vida cotidiana interrumpida por el derrumbe, objetos que recuerdan la presencia de quienes habitaron aquel lugar y la dimensión humana de la tragedia. / Álex Zapico

Llega la señal. El equipo entra en Coral Beach, una zona residencial de La Guaira. Sin necesidad de palabras, los "Topos" me aceptan como compañero. El objetivo: rescatar a un niño, Dayan. ¿Pistas disponibles? Algunos testimonios, pero sobre todo, la intuición y la experiencia de los rescatistas. Bajo los edificios destruidos no hay cifras. Hay historias. Mesas de cocina donde alguien desayunó aquel fatídico día; fotografías familiares; juguetes; camas sin hacer; zapatos y un sinfín de objetos cotidianos que, de repente, se convierten en pistas sobre el paradero de los desaparecidos.

"Cada paso entraña un riesgo y cada metro recorrido puede cambiarlo todo: un derrumbe, un indicio, un hallazgo ", me explica un "topo". El éxito de un rescate no depende de la capacidad y el arrojo de una sola persona. La coordinación es fundamental para aunar esfuerzos. Mientras unos se abren paso entre el hormigón, otros recaban y procesan información.

a mano. En los primeros días del rescate en el edificio Coral Beach, los equipos de emergencia trabajaron con sus propias manos. La ausencia inicial de maquinaria pesada fue compensada por la esperanza de encontrar supervivientes.

La señal. Los brazos levantados es la señal. De pronto, el ruido cesa. El silencio se impone sobre los escombros. Durante unos instantes, rescatistas, voluntarios y familiares contienen la respiración para escuchar el sonido más esperado: una voz, un golpe, un leve suspiro sepultado que anuncie vida. Es un silencio cargado de esperanza. / Álex Zapico

La improvisación y la capacidad de adaptación también juegan su papel. Días después Valentina se uniría a otro equipo para tratar de acotar, mediante un sensor térmico, áreas con posibles supervivientes. Durante la inspección, se produce un accidente. Dolorido por una fuerte luxación de hombro, un rescatista alcanza el exterior, con ayuda del grupo, aunque por su propio pie, y es evacuado de inmediato.

El percance me hace reparar en algo que solemos obviar cuando ocurren este tipo de catástrofes: algunas víctimas ni siquiera estaban presentes cuando se produjo el terremoto. Pienso en estos rescatistas, hombres y mujeres que llevan su cuerpo al límite, que se juegan el pellejo por reflotar una vida, por dar una respuesta a familiares angustiados, por ofrecerles la posibilidad de despedirse dignamente de sus seres queridos.

1. la señal. Los brazos levantados es la señal.  De pronto, el ruido cesa.  El silencio se impone sobre los escombros. Durante unos instantes, rescatistas, voluntarios y familiares contienen la respiración para escuchar el sonido más esperado: una voz, un golpe, un leve suspiro sepultado que anuncie vida. Es un silencio cargado de esperanza.
2. la vida segada. En el sótano del edificio, entre el hormigón fracturado y los escombros, nos encontramos con enseres y prendas. Son vestigios silenciosos de la vida cotidiana interrumpida por el derrumbe, objetos que recuerdan la presencia de quienes habitaron aquel lugar y la dimensión humana de la tragedia.
3. en plena faena. Completamente equipado, un rescatista se adentra en los túneles habilitados entre los escombros en busca de posibles supervivientes.
4. las pistas clave. Los equipos recogen cuidadosamente cada objeto que encuentran entre los escombros. Después se lo muestran a las familias, con la esperanza de que pueda ayudarles a identificar pertenencias o reconocer el lugar donde sus seres queridos pudieron quedar sepultados. Cada hallazgo, por pequeño que sea, puede convertirse en una pieza clave para reconstruir lo ocurrido.

Las pistas clave. Los equipos recogen cuidadosamente cada objeto que encuentran entre los escombros. Después se lo muestran a las familias, con la esperanza de que pueda ayudarles a identificar pertenencias o reconocer el lugar donde sus seres queridos pudieron quedar sepultados. Cada hallazgo, por pequeño que sea, puede convertirse en una pieza clave para reconstruir lo ocurrido. / Álex Zapico

Ese desinterés, esa entrega, no pasan desapercibidos. En la calle, un grupo de mujeres se dirige a nosotros. "¿Son familiares suyos las víctimas?", preguntan. Las mujeres se funden en un abrazo con el grupo y se hace un silencio tan denso como en el interior.

Los noventa minutos en Coral Beach quedaron registrados en mi cámara en tiempo real. Sin entrevistas. Sin reconstrucciones. Sin el propósito de fabricar héroes. El resultado no es el testimonio audiovisual de los efectos devastadores de un terremoto. Ni siquiera el de un rescate. Es, antes, una metáfora de la voluntad de resistir en tiempos de crisis que nos recuerda la necesidad de organizarse, de perseverar cuando la moral está por los suelos, cuando cunde el desánimo y todo parece perdido. Bajo los escombros, en medio de la oscuridad, aún puede existir un hilo de vida. Y cuando existe la posibilidad surge la esperanza.

Los rescatistas son un hermoso ejemplo de esa solidaridad consustancial al género humano que no sabe de fronteras ni razas. "Lo intentaremos mientras nos reste aliento. Avisar a la excavadora es siempre el último recurso. Aquí no se abandona a nadie a su suerte ", me dice Héctor Méndez, el "topo mayor".

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En plena faena. Completamente equipado, un rescatista se adentra en los túneles habilitados entre los escombros en busca de posibles supervivientes. / Álex Zapico

Los "Topos" siguieron incansables buscando al pequeño de Coral Beach aunque ya solo tuvieran la expectativa de recuperar su cuerpo. Y el jueves cerraron el círculo: 44 días después de que todo empezara dieron con el cadáver.

Antes de que Dayan apareciera hubo muchos intentos, muchas horas de trabajo y muchas jornadas sin rendirse.

Recuerdo aquellos primeros días del terremoto, cuando compartí con el padre del pequeño la búsqueda entre los escombros. Lo vi aferrarse a cada mínima posibilidad, hablar con los rescatistas, señalar una y otra vez el lugar donde creía que podía estar su hijo.

Varios de los "topos" que estuvieron en aquellos primeros intentos fueron quienes finalmente lograron encontrar a Dayan. Su aparición es también el resultado de la perseverancia de quienes decidieron volver una y otra vez cuando otros ya habían perdido la esperanza.

Porque en un rescate nunca trabajan solo los equipos especializados. También lo hacen los padres y las madres que se niegan a abandonar el lugar donde creen que siguen estando sus seres más queridos.

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