Opinión
Una casa en La Habana, llena de pluma y alegría
Adiós al espacio de libertad queer que Frank y Toni abrieron junto al Malecón de la capital cubana

Frank, a la izquierda, y Toni, a la derecha
Jesús Sanjurjo es profesor de historia del mundo atlántico en la Universidad de Strathclyde en Glasgow y patrono de la Royal Historical Society. Con este texto, inaugura sus colaboraciones en Asturias Exterior, un espacio dedicado al comentario social, político y cultural.
Se llamaba Antonio, pero todos le decíamos Toni. Esposo de Frank, vivía en la calle Hornos, entre Vapor y Príncipe, pegadito al Malecón de La Habana.
En los últimos años, desde la muerte de Frank, Toni no era el mismo. Andaba triste, harto de una vida sin horizontes y de un país "de pinga" que cada día se hace más insoportable. Desde la muerte de Frank todo era más triste, más oscuro, menos bello. Hacía tiempo que se había resignado a que las cosas no iban a mejorar.
Toni no creía en nada, pero le rezaba a todo. Una especie de religiosidad "por si acaso" que, según él, lo había sacado de más de un susto. A Toni lo mató el tabaco, pero la crisis humanitaria de los últimos años, recrudecida en los últimos meses, hizo que su final fuera más penoso de lo que nadie se merece.
La última vez que nos vimos nos fuimos a bailar. Bebimos, cantamos y ligamos con los chicos guapos del Mixto. Toni me tuvo que acompañar a casa, pues temía que, con mi borrachera, no fuera capaz de hacer el camino de vuelta. Hablé con él por última vez tras un tiempo horrible en el hospital. Me dijo que se sentía mejor y estoy seguro de que los rezos discretos a San Lázaro y Ogún, a la Virgen y a Changó, aliviaron los dolores de sus últimos días.
El adiós de Frank y Toni pone fin a un pequeño lugar en el mundo lleno de pluma y alegría. Un oasis de libertad queer, de solidaridad, de mariconeo, sexo libre y amor. Cuando la epidemia de sida empezó a matar en La Habana, el gobierno, como muchos otros en el mundo, nos criminalizó, nos encerró y nos estigmatizó. Frank y Toni respondieron creando una red de solidaridad para tratar de salvar(nos) la vida y cuidar de aquellos y aquellas para los que ya era tarde. A través de amigos extranjeros importaban cualquier medicamento para tratar de frenar el virus. Lograron salvarse y salvaron a muchos.

Uno de los pajaritos de colores de la casa de Frank y Toni. / .
Cuando la epidemia dejó de matar, su casa se llenó de cuentos y de tertulias, de baile y música, de porno y de Rocío Dúrcal, de pajaritos de colores y de Julio Iglesias. Una casa de mariquitas y bolleras, trans y jineteros lindos.
Yo acabé por accidente en una de aquellas tertulias, atraído por la libertad, crudeza y pasión con las que allí se hablaba de política en un país donde es peligroso llamar a las cosas por su nombre.
Frank nos dejó durante la pandemia del covid. Toni, este verano. Su memoria, su lucha, su orgullo, sus risas, su guapura y su inmensa calentura vivirán mientras los recordemos.
Adiós, Frank. Adiós, Toni. Hasta siempre.
