Un oasis en tierras de molinos
El Oviedo encontró en Albacete su primera victoria del curso, pero los tres puntos no despejan las dudas de un equipo que sigue peleándose con sus propios molinos: pierde duelos, no gana segundas jugadas, genera poco arriba y se atasca cuando pisa los últimos metros.

Un momento del encuentro Albacete-Oviedo / Carlos Gil-Roig / FC9
La futbolista avilesina Laura Díaz González, apasionada seguidora del Real Oviedo, comenzó a enviar desde Hong Kong sus análisis sobre la evolución del equipo azul para la edición "Asturias Exterior" de LA NUEVA ESPAÑA. Con su sección "Lo más lejos a tu lado" debutó como cronista oviedista justo en la temporada del sueño, del regreso a Primera. En China estudió Relaciones Internacionales, siguió su formación en Bruselas y ahora emprende una nueva etapa laboral desde Madrid. Ella, que pertenece a la llamada "generación del barro", que acompañó al Oviedo en sus peores momentos, analiza desde la capital de España la marcha del Oviedo, que inicia una pretemporada con la mira puesta al regreso a la Primera.
En un lugar de La Mancha de cuyo nombre el oviedismo sí querrá acordarse, el Real Oviedo encontró por fin un gol. Y, de paso, los primeros tres puntos de la temporada. Pablo Sáenz acertó en el Carlos Belmonte y el equipo de Julián Calero regresó a Asturias con la primera victoria del curso, un 0-1 que alivia la clasificación y concede algo de aire, pero una cosa es volver de Albacete con el zurrón lleno, y otra regresar creyendo que los molinos eran gigantes. Ganó, que era lo urgente. Pero no terminó de convencer, que empieza a ser lo preocupante.
Y es que el equipo sufre una barbaridad a partir de tres cuartos de campo. El Oviedo llega hasta allí y después duda. Arriba hay trabajo, pero muy poca brillantez, hay circulación, algún apoyo, voluntad... pero cuando llega el momento de atacar la última línea falta desequilibrio, falta alguien que rompa una defensa con un regate, una pared o un pase que no esté anunciado tres segundos antes. Y el dato termina siendo una sentencia demasiado sencilla para necesitar interpretación: un gol en tres partidos. El equipo mira hacia delante y parece encontrarse un campo lleno de molinos. Y casi siempre embiste contra ellos.
Lo curioso es que el estreno en el Tartiere había dibujado otra realidad. Ante el Granada, pese al 0-0, el Oviedo pareció un equipo reconocible. Compacto, intenso, ordenado. Dio la sensación de tener una idea bastante clara de lo que quería hacer y de cómo quería hacerlo. No hubo gol, pero sí una estructura. Visto ahora, aquel partido empieza a parecer un espejismo.
Contra el Leganés llegó el primer despertar. Y fue brusco. Los madrileños se adelantaron a los 19 minutos y poco después se quedaron con diez por la expulsión de Raúl Fernández. El Oviedo dispuso de más de una hora en superioridad, el Tartiere empujó y el rival fue reculando hasta prácticamente instalarse alrededor de su área. Ni así. Hubo balón, hubo centros, hubo acumulación de hombres y hasta un cabezazo de Ișfan al larguero en el tramo final. Faltó casi todo lo demás: velocidad, sorpresa, precisión y, sobre todo, una idea reconocible para atacar a un equipo encerrado. Tener uno más no sirvió para parecer uno más.
El problema se extiende además a las pequeñas guerras que deciden tantos partidos en Segunda. Cada vez que el balón se levanta del suelo aparece mal de altura. Las disputas aéreas parecen casi siempre terminar en territorio enemigo y, cuando el primer balón queda en tierra de nadie, el segundo acostumbra a encontrar una camiseta distinta. Si el equipo tiene que volver a empezar continuamente, así es muy difícil mandar, sin continuidad en las posesiones ni sensación de dominio territorial, cada despeje rival parece borrar la pizarra.
El balón parado tampoco ofrece refugio. Córners que no superan con limpieza la primera línea, faltas laterales sin la altura necesaria y una sensación extraña de estar desperdiciando precisamente las acciones que deberían servir para fabricar peligro cuando el juego no fluye. Frente al Leganés, con el partido pidiendo desesperadamente un remate, el Oviedo acumuló saques de esquina con muy poco daño. Y ahí aparece una paradoja que resume bastante bien el momento del equipo: Ișfan, probablemente uno de los mejores rematadores de cabeza de la plantilla, y seguramente el futbolista que más está bregando y tratando de agitar los partidos, acaba teniendo que ponerse junto al banderín para participar también en los lanzamientos. Es como mandar a Sancho a sujetar la lanza mientras don Quijote observa desde lejos.
El rumano, por cierto, merece capítulo propio. Ha entrado con energía cuando le ha tocado hacerlo y en Albacete asumió directamente la referencia ofensiva. Ante el Leganés fue quien más cerca estuvo de rescatar al equipo. Puede acertar más o menos, pero están pasando cosas cuando el balón llega a sus botas. En un ataque necesitado de electricidad, no es poca cosa.
Más inquietante es el arranque de Juan Cruz. De un futbolista con su experiencia se esperaba seguridad, oficio y una cierta tranquilidad defensiva. Hasta ahora transmite justamente lo contrario. Está llegando tarde a demasiadas acciones, parece necesitar un segundo más que el rival y, cuando la jugada se aproxima al área, concede metros que en esta categoría terminan convirtiéndose en segundos para pensar. Y regalar a un atacante tiempo para pensar dentro o alrededor del área suele tener un precio. Frente al Leganés costó un gol, en el Belmonte a punto estuvo de costarlo.
En este sentido, también resulta llamativa la obsesión, voluntaria o forzada, por reconstruir los laterales durante los partidos. Ante el Granada salieron Nacho Vidal y Samu Rodríguez para dar entrada a Aisar y Juan Cruz; contra el Leganés, Calero volvió a cambiar los dos laterales a la vez; y en Albacete Aisar dejó nuevamente su sitio a Nacho Vidal. No es habitual que la sala de máquinas de los cambios esté permanentemente ocupada reparando los costados. Algún día habrá que poder gastar esas ventanas en ganar un partido, no en corregirlo.
Entre tanta duda asoma, al menos, una noticia agradable desde abajo. Enzo Pérez pide sitio. El canterano ha dispuesto todavía de pocos minutos (entró en el estreno ante el Granada y volvió a hacerlo en Albacete), pero cada vez que entra deja alguna señal y detalles de futbolista que no entra a esconderse. Tiene desparpajo, intención y ese punto de inconsciencia que a veces resulta mucho más útil que la prudencia. No significa que haya que colocarle ahora la armadura y pedirle que salve al reino, pero quizá merezca que los minutos dejen de ser una propina, porque si algo necesita este Oviedo es precisamente gente que se atreva. Futbolistas que reciban cerca del área y no busquen inmediatamente el pase atrás. Que encaren. Que fallen intentando algo diferente. Que obliguen al rival a moverse. El fútbol también necesita un poco de locura. Don Quijote probablemente lo habría entendido...
En resumen, el Oviedo salió de La Mancha vencedor, y eso cuenta, y cuenta mucho. Al final de la temporada no nos acordaremos si se jugó mejor o peor, y aprender a ganar partidos feos vale casi tantos puntos como aprender a jugarlos bien. Eso sí, el gol de Pablo Sáenz derrotó al Albacete, pero no resolvió los problemas. Los balones divididos siguen cayendo del otro lado, las segundas jugadas tienen dueño ajeno, el balón parado apenas amenaza y, cuando el camino llega a los últimos treinta metros, Rocinante se queda sin saber hacia dónde galopar.
El Oviedo continúa cabalgando por este inicio de temporada sin tener del todo claro qué es gigante y qué es molino. En Albacete encontró agua. Ahora falta saber si era realmente un oasis. O sólo otro espejismo en mitad del desierto.
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