¿Qué había en el interior de una "maleta moyada"?: la resignada vida de los emigrantes que volvían sin fortuna
Manuel Fernández Cantera, nacido en 1886 y emigrante desde el concejo valdesano a Cuba y Argentina, fue uno de los muchos que regresó sin fortuna de la aventura americana.
Hoy, su nieto, José Manuel Fernández, pregonero de La Regalina, rescata la figura de aquel hombre que regresó sin el éxito que se suponía a los indianos y vivió el restos de su vida "sumido en una constante resignación"

¿Qué había en el interior de una "maleta moyada"?: la resignada vida de los emigrantes que volvían sin fortuna
La edición "Asturias Exterior" de La Nueva España está publicando íntegramente las conferencias que formaron parte del II ciclo organizado por la Sociedad Ovetense de Festejos (SOF) al hilo de la celebración del Día de América en Asturias. El tema de este ciclo celebrado entre el 9 y el 16 de junio fue el crucial fenómeno migratorio que unió Asturias con los distintos países del otro lado del Atlántico entre el siglo XIX y hasta la primera mitad del XX, a donde se estima que emigraron más de 300.000 asturianos. El ciclo de conferencias llevó por título "Sueños y realidades de ultramar" y hoy se reproduce la conferencia "El interior de una maleta moyada" a cargo de José Manuel Fernández Pérez, policía local y experto en la obra del Padre Galo, además de pregonero de la fiesta de La Regalina.
"Americano del pote/Gasta corbata gasta bigote,/Que cuando llueve/ Gasta madreñes,/ Ruxen lus clavus/ Contra les piedres”.
Esta es una de las estrofas que pertenece a la letra de uno de los bailes típicos de la braña de Silvamayor, Valdés, conocido por el nombre de “El Careao”. Estrofa típica, como existen tantas en el cancionero popular asturiano, también en el Oriente encontramos aquella que dice: “Americano del pote/ ¿Cuándo viniste, cuándo llegaste?/ La cadena del reloj, /¿Ya la vendiste, ya la empeñaste?"
Estrofas satíricas de punzante ironía, que denotan el desprecio, humillación, que se profesaba a aquellos que no lograron hacer fortuna o no consiguieron mejorar su vida, a la vez que demuestran el ínfimo nivel cultural que los vecinos de aquellos emigrantes, que se atrevían a regresar sin haber hecho la fortuna que se esperaba de ellos, poseían y les demostraban con estas coplas, así como los sobre nombres con que les denominaban, “Americano de la maleta moyada”, o el indicado “Americano del pote”.
Pero realmente, en el interior de aquella maleta “moyada”, ¿Qué había?, iban llenas de ilusión, esperanza, mil sueños, que seguro impedían que se cerrase esa maleta, debiendo presionar para que las hebillas encajasen; llevaban los recuerdos de, aún, una corta vida, y la añoranza de lo que se dejaba, familia, amigos, pueblo. Y aquella maleta, ¿qué traía a su regreso?, quizás desilusión, fracaso, desengaño, vergüenza, o por otro lado habría humo que con una apariencia de adinerado, hacía ver a los vecinos que había traído unas riquezas de las que aparentaba pero que nunca logró conseguir.
La mentalidad del emigrante
Carmen Graña Barreiro, autora del libro “La Maleta del Emigrante”, que cuenta la historia de una emigrante niña, en la que describe la realidad del emigrante, vista desde los ojos de una niña, que no entiende de sueños, ni de la mentalidad adulta con ese pensamiento de que: “vamos a esperar, que la situación mejorará después”, como nos excusamos los mayores, sino que trata la realidad palpable del día a día y ve que no mejora, que estaba mejor en su pueblo, que desde que llegó a la tierra prometida. Tiene una frase que describe la situación de retorno de los emigrantes que no lograron su objetivo y dice: “En el poso de la memoria de América quedarán para siempre recuerdos y leyendas ancestrales escuchadas al calor del lar en las cocinas gallegas. Quedarán, también, las maletas que subyacen en el alma de cada emigrante.” Quiero añadir, ¡Qué pena no poder conversar con aquellas maletas…!
En el periódico LA NUEVA ESPAÑA del 26 de julio de 2009, José Ignacio Gracia Noriega describe a aquellos que regresaban sin nada, así:
"…A parte de los que eran repatriados por el consulado que se exponían a ser recibidos en la aldea de la que salieron con maleta de madera o cartón y algunas ilusiones, con toda la malignidad y todo el resentimiento del aldeano. Porque el aldeano de la época clásica de la emigración indiana se identificaba con el indiano triunfador; a los que regresaban fracasados tan solo se les recordaba su propio fracaso. El triunfador eran los indianos que volvieron ricos, con cadena de oro, reloj bien visible, sombrero tejano o de panamá, tantos anillos de oro y piedras valiosas como dedos, o más. Eran el ejemplo a seguir, se envidiaban a la vez que se admiraban, y se ignoraba y despreciaba al que regresaba pobre. No sólo porque no pudieran obtener algún beneficio de él, por no construir una fuente, una escuela, etc., no, eso era secundario, sino porque los despertaba de un sueño, porque les recordaba que en América también era posible el fracaso, que las calles de las ciudades americanas no estaban adoquinadas de oro y plata, como en los cuentos”.
Un ultraje colectivo
En consecuencia, el que volvía fracasado había cometido un ultraje a la comunidad: había destruido una esperanza. En la aldea se le trataba con desdén, como si fuera un “Don Nadie”, poniéndole los motes conocidos y sacando las canciones satíricas que ya comenté.
Clarín hace una descripción exacta de este personaje en la figura de Ramón Lantero: “Era un indiano frustrado, de los que van y vuelven a poco sin dinero, medio aldeanos y medio señoritos, y que tardan poco en asumirse de nuevo en la servidumbre natural del terruño y entamar la patina del trabajo que suda sobre la gleba”.
No voy hablar de los indianos, compatriotas que emigraron a América e hicieron fortuna y, algunos de ellos regresaron haciendo alarde de ella reflejada en sus casas, coches, o haciendo intervenciones para beneficio del pueblo, ni tampoco de la emigración en sí misma, sus cuestiones, motivos, lugares, tipo de personas, trabajos, etc., básicamente porque no tengo formación para ello ni he realizado estudios tan importantes sobre ello, como para ser un erudito de esta cuestión. En estas jornadas hay suficientes ponentes, extraordinarios investigadores y estudiosos de este tema, y creo que existe una densa investigación que tardaríamos mucho tiempo en consultarla toda, si eso fuese posible, realizada por expertos sabios y estudiosos con una preparación muy superior a la mía, incluso en el transcurso de la realización de este trabajo que aquí presento, en muchas ocasiones llegué a plantearme el dejarlo, no presentarme con mi relato, ya que no aporto nada nuevo a lo ya conocido en el aspecto de la emigración asturiana a América.
La historia de mi abuelo
Pero siempre que esta intención pasaba por mi cabeza me acordaba de lo que me dijo D. Javier Batalla y también Jesús Linera, en las primeras conversaciones que tuvimos para realizar esta aportación que hoy les presento: “Las historias que se cuentan desde el corazón siempre llegan mejor al alma de quien las recibe”. Básicamente por eso me he decidido a exponer este relato de la historia de un vecino de Cadavedo, mi abuelo, Manuel Fernández-Cantera Suárez, emigró a Cuba, luego a Argentina y regresó sin nada, un verdadero “Maleta Moyada”, o “Americano del Pote”, que según podemos encontrar en las estadísticas de las investigaciones realizadas, fueron la mayoría de los emigrantes, otra parte de estos emigrantes ni siquiera volvieron, y solamente entre un 5 % hicieron fortuna de verdad, y que en parte, según mi opinión, no hicieron un gran favor a muchas familias, que por lograr emularlos enviaron a las Américas a sus hijos, entregando todos sus ahorros, pasando vicisitudes toda la familia que quedaba en el pueblo, sin que fuesen ni tan siquiera recuperados, como si jugasen a la lotería todos sus ahorros, y los perdiesen.
Los pobres del Paraíso
Asturias, aunque la gente la ve como un lugar verde y exuberante naturaleza, un paraíso se dice, siempre fue y sigue siendo tierra de emigración, y por que no decirlo, de pobreza. Recuerden a los astures transmontanos, pasaban la cordillera y asaltaban en ocasiones a los astures cismontanos, la actual León, Zamora, o en pleno siglo XIX, en plena industrialización se publica el conocido “Manifiesto del Hambre”, por el Marqués de Camposagrado, el 22 de junio de 1854, siendo una época en la que más sufrió la pérdida de cosechas, y el Occidente asturiano fue mucho más perjudicado que el resto, y a pesar que en esas fechas empezaba la minería y la siderurgia, los asturianos se iban.
El primer lugar al que emigraban era Madrid, (aguadores, amas de cría, serenos, carniceros, hasta algún político..), pero a finales de ese siglo y principios de XX los asturianos, en mucha mayor medida que las asturianas, se irán a América. Curiosamente en época de la conquista de América, el asturiano que más despuntó fue Pedro Menéndez de Avilés, el Adelantado de La Florida. Esta emigración a América no sería igual que a otros lugares de España. Se iban a Argentina, zonas de EEUU, Mexico, Puerto Rico, Uruguay y sobre todo Cuba. Se iban por huir de la miseria, por el efecto llamada de los que triunfaban y muchos, escapando de las quintas, del servicio militar, ya que las familias no tenían el dinero suficiente para pagar la exacción de cumplirlo, y el servicio militar de la época era participar, con seguridad, en algún conflicto bélico, (guerras carlistas, las dos guerras cubanas, la guerra de Filipinas, y la guerra de África, entre otras).
El servicio militar fue durante el XIX y las primeras décadas del XX un hecho contemplado como una fuerte carga impositiva sobre las clases menos favorecidas de la sociedad" dado que durante la mayor parte del periodo los más favorecidos socialmente contaban con la posibilidad de redimirse mediante el pago de una determinada cantidad, bien al Estado o bien a otro joven que fuese por él. De esto da buena cuenta el Boletín Oficial de la Provincia de Oviedo, en el que se publicaban los listados de los reclamados al servicio, que se encontraban al otro lado del Océano. Según los datos de la "Estadística del Reclutamiento y Reemplazo", publicados de 1912 a 1920, las listas de provincias con mayor índice de prófugos eran Canarias, Oviedo, La Coruña, Pontevedra, Almería, Orense, Lugo, Málaga, Santander y Madrid.
Muchos de estos emigrantes, después de que su familia consiguiera el dinero para el billete, se embarcaban en los puertos de Gijón, Santander y del resto del Norte de España, la mayoría no volvería a ver ni a su familia ni a su pueblo, ahí están las cartas que conserva el Archivo de Indianos de Colombres.
La mayoría de aquellos emigrantes había ido a la capital de su concejo, como mucho, el día de mercado, y ahora se veían en un barco, con un billete de tercera, en unas condiciones paupérrimas, cruzando el Atlántico. Y al llegar a su destino, en la mayoría de los casos… sus penurias aún estaban por comenzar.
Hay que decir que muchos no volvían y vivieron en la mayor de las pobrezas, por evitar la humillación del regreso, llegando a preferir la muerte en el otro continente que regresar.
La emigración en Cadavedo
A finales del siglo XIX principios del XX, hubo un fuerte movimiento migratorio en Cadavedo, en todo el Occidente asturiano, como podemos ir viendo en estos gráficos. Algunos de los vecinos de Cadavedo que emigraron hicieron fortuna, sobre todo en Uruguay, Cuba y Argentina, siendo reflejo de las estadísticas con las que se trabaja cuando se dan los datos de emigración. Otros de ellos regresaron, viviendo de las rentas de sus ganancias. Esta fortuna de los que regresaron fue de distinto nivel: estaban las familias que hicieron mucha fortuna y construyeron las ya conocidas mansiones, “Casas de Indianos”:
Casa Azul, Villa Hilda, Casa Roja, Casa D. Juan. Vivían a caballo entre Cadavedo y Madrid, y de sus rentas. También regresaban otros con dinero, que si bien no llegaban a construir estas mansiones, si mejoraban las casas de la familia y podían vivir más desahogados, de hecho hay una Casa en Cadavedo que llaman “Juaco La Argentina”, en referencia al lugar al que emigró y regresó, reparando la casa de siempre. Otros además de arreglar o construir una casa más modesta que las casas de indianos, hacían de prestamistas, de este aspecto también puedo hablarles ya que esta actividad la realizó mi padrino. Conocido en la zona como “Pepe Polo”, José Díaz Alonso, era hermano de mi abuela, por tanto cuñado que, a la postre, fue de nuestro protagonista. Este Pepe Polo fue un verdadero mecenas. Mi padre decía que no sabía a quién había prestado dinero, llegando algunos a no devolvérselo. Yo estaba orgulloso de tener un padrino que cada vez que me veía o venía a casa me daba 25 pesetas, o un billete de cien pesetas, hasta que al ir creciendo pude enterarme que era padrino de media parroquia de Canero, pues había construido su casa en San Cristóbal, y padrino de parte de la parroquia de Cadavedo, lo que me abrió los ojos de este personaje, que aún hoy es querido y recordado.
Unos prismáticos del Ejército Argentino
Y sin ánimo de extenderme en los distintos destinos que corrieron los emigrantes que rodeaban a mi abuelo de la zona donde vivió, o que le pudieron servir de ejemplo, les contaré cómo pude enterarme del pasado emigrante de mi abuelo, que por casual que fue, avivó mi curiosidad para saber el motivo de que mi familia fuimos siempre muy humildes, si bien no pasamos necesidades, pero sí ganas de cosas.
Los días en los que yo estaba enfermo, y les hablo cuando contaba 7, 8 años, y me quedaba solo en la habitación, cuando la fiebre bajaba, me dedicaba a husmear cajones y armarios, mirando fotografías, postales, que estaban guardados, y me encontré unos prismáticos, con los que jugaba mirando desde la habitación el pico de Las Palancas o Paradiella. Hasta que caí en un detalle, en los prismáticos pone Ejercito Argentino. En mi casa vivíamos mis padres, mi hermano, una sobrina de mi madre y un hermano de mi padre, Aurelio, y a él que fui de cabeza. Le dije mi hallazgo, y si bien se mostró reacio a comentar algo de aquello, a fuerza de insistir me fue contando, a cuenta gotas la historia, que más adelante y con el paso de los años me fue corroborando mi padre, aunque con menos precisión, ya que este era mucho más joven que mi tío y desconocía muchos de los datos de aquellas vivencias. Lo que si me contaba mi padre era el carácter de mi abuelo, que más adelante les iré desgranando.
Mi abuelo nació en una familia humilde, en Villademoros, en 1886, la cual ya tenía antecedentes de miembros emigrantes, su tío Braulio tenía una empresa de tabaco en Camagüei, Cuba, y allí vio un motivo para labrar su futuro. En este punto diré que no sé si el padre de mi abuelo escribió a su hermano para que fuese a Cuba mi abuelo, o si lo reclamó su tío como mano de obra que precisaba, lo cierto es que se embarcó en La Coruña hacia Cuba, en 1904. Después de las vicisitudes del viaje, no pocas tal como lo describen los propios emigrantes a través de las denuncias que interponían al llegar a destino o en sus cartas, malas condiciones de la comida suministrada a bordo, o la venta de alimentos a elevado precio, o la falta de sitio, debiendo dormir en el suelo o en cubierta, que eran las denuncias que hacían tanto las autoridades españoles como la Asociación San Rafael, creada en 1913 con el fin de ofrecer tutela y protección al emigrante.
Un rosario de penurias
Esto sólo iba a ser el principio, aún le esperaba un rosario de penurias. Al llegar a su destino no era precisamente el sobrino predilecto que estaban esperando, ni tampoco bien mirado, tuvo que dedicarse casi continuamente a su trabajo, durmiendo en el propio almacén, en el que había tantas ratas como compañeros. Esto lo decía mi tío.
En este punto recuerdo la anécdota que me contaba un vecino de Querúas, Manuel Fernández García, que también había emigrado a Cuba con la edad de 9 años, y posteriormente a Argentina, donde fue dueño de un negocio de panadería, que siempre decía que si hubiese una carretera que uniese Cuba con España, no dudaría en regresar andando. Este Manuel llegó a trabajar en tres lugares distintos, a la vez que estudiaba, pero supo adaptarse y regresar, si bien no con gran fortuna, si con una cantidad que le llevó a vivir holgadamente con su trabajo, ganadería y administrativo en la Cámara Agraria de Canero.
Mi abuelo sufrió en sus carnes lo que aquel periódico de la época, “El Tiempo” de México publicó el 11/01/1891, en su página 1, de esta manera: “El asturiano viene a Cuba con alpargatas y vuelve a España en blasonado coche, si fracasa por desventura, deja sus huesos en la Gran Antilla (Cuba). Prefiere morir lejos de la patria que en ella en la pobreza. Es un heroísmo de forma positiva, pero al fin un heroísmo… El asturianillo, apenas en los primeros albores de la infancia, es consignado a una casa de comercio de Cuba, como se consigna una barrica de aceitunas, del vapor es llevado a la tienda o la bodega, y en ella pasa 10, 20, hasta 30 años, sepultado en vida. Al desembarcar, su cara llena de colores vivos de manzana… dos años después del desembarque, no son ni la sombra de lo que fueron: pálidos, ojerosos, desencajados; los que no mueren, indudablemente llegan a ser capitalistas. Comen sobre los fardos, duermen sobre los fardos, y suelen morir, como las ratas, bajo los fardos. Para ellos el mostrador es La Muralla China; de allí no pasan. Al entrar, abdican todos sus derechos de salida, son los prisioneros de ese poder moderno que dentro del Estado forma otro Estado: El Comercio. Los principales banqueros de La Habana han sido forjados en ese yunque: merecen lo que poseen y poseen lo que han merecido”. Este fragmento es sacado del artículo titulado “La Tierra de Mambi” del periodista irlandés James J. O’Kelli, autor de un libro del mismo título.
Rumbo a Buenos Aires
El matrimonio de su tío con una cubana fue lo que hizo que ella influyese para suplantar la mano de obra emigrante por la de sus paisanos, lo que llevó a mi abuelo a salir de allí y dirigirse a Buenos Aires, Argentina, llevando una recomendación de su tío para trabajar en una tienda. Allí las cosas le fueron mejor, si así se puede decir, tuvo que realizar el servicio militar, obligado por las autoridades, pasando después de terminado a trabajar en un restaurante, donde aprendió el oficio de cocinero. Que luego le sirvió en su vida doméstica, ya que su esposa era muy mala cocinera.
A pesar de este bagaje por “las Américas”, no logró hacer fortuna, sólo hizo que trabajar, y trabajar, pagado con sueldos ínfimos, en el mejor de los casos, durante 6 años. No esperó más, en cuanto consiguió el dinero para el pasaje regresó a su pueblo, Villademoros.
Una persona serie, con la cabeza gacha
No puede contar cómo fue su llegada, ni su recibimiento, ni si sufrió humillación de los vecinos, pues de su vida como emigrante poco se habló en la familia, pero si pude averiguar, en muchas de las ocasiones en que entrevisté a mi tío Aurelio, y en otras ocasiones a mi padre, José Manuel, y últimamente a mi madre Elena, Manuel fue una persona seria, siempre con la cabeza agachada, poco sociable, y como detalle me quedó grabado que en muy pocas ocasiones quería que le hiciesen fotografías, esto me lo comentó mi padre, salvo que disfrutase del momento que motivaba esa foto.
Manuel, mi abuelo, se casó con Rosario, de Cadavedo, también con emigrantes en la familia, pero que les había ido bien, ya comenté la situación de su hermano, José Díaz Alonso, Pepe Polo, mi padrino, y en Cuba aún se había quedado familiares con negocios de joyería. Para este matrimonio los padres de mi abuelo, Protasio y Bárbara, aportan una dote de 2.000 pesetas, en escritura, las cuales le fueron descontadas de su herencia, y Rosario, mi abuela, aportó 3.000 pesetas, la casa y huerta, para vivir el nuevo matrimonio, y su padre le cedió la madera de un monte para el arreglo de la casa, así como los trabajos para ello. Todo también por escritura. Este detalle lo quiero resaltar para hacer constar que realmente, mi abuelo, no tenía nada, ya que la dote se la dan sus padres que se la descuentan, posteriormente, de su herencia, haciéndolo constar en testamento. Mi abuela además tenía varias fincas, por lo que con sus propiedades fue quien puso las bases económicas de aquel matrimonio.
Cinco hijos
Un matrimonio, que desconozco si fueron felices, si es que en aquella época, guerra y posguerra, se pudiese pensar en felicidad más que en mantener una familia de cinco hijos: Adriana, Amelia, Elena, Aurelio y José Manuel, este último mi padre. Sufrieron dos desgracias reseñables, su hija Elena con 18 años fallece por una infección al no llegar a tiempo la penicilina que necesitaba. Y con siete años, mi padre, el pequeño de los hijos, perdió su brazo izquierdo en un molino de poleas que había en donde hoy se ubica Maderas García de Cadavedo.
Todo un cúmulo de desgracias, que reflexionando, quizás resulta que el propio estado en el que se envuelve una persona sirve de atrayente para circunstancias, y si se envuelve en un estado de melancolía, tristeza, negatividad, lo que se atraen son desgracias y pesares.
El trato con sus propios hijos fue muy autoritario, debiendo tratarlo de usted, e imponiendo su voluntad, este aspecto siempre me lo recalcó Aurelio, mi tío, que siempre se enfrentaba a esta dictadura paterna. Era extraordinariamente austero, no dejaba gastar de los bienes de la casa, sobre todo de la producción de huevos, que los usaba como trueque con un comprador de Tablizo, con quien intercambiaba estos huevos por aceite, azúcar u otros ultramarinos que se necesitaban en casa. La matanza del cerdo tenía que durar el año, por lo que un chorizo servía para comer todos, en un pote carente de consistencia, esto me lo decía mi madre.
Esta actitud de autoridad también la demostró, o la intentó demostrar al llegar el casamiento de sus hijas. Para Amelia había tratado o quería que se casase con un chico de una familia con la que él ya había mantenido conversaciones, y que era de “buena casa”, sin embargo ella no quería, pues ya tenía novio. Mi abuelo se enfadó mucho, de hecho el día que el novio de Amelia se atrevió a llegar a casa de mi abuelo a pedirle la mano, lo cogió por el pecho, rompiéndole la camisa, y diciéndole que no volviese a pisar aquella casa. El día de su boda, Amelia se fue a vestir a casa de la vecina, sin que ni sus padres ni resto de la familia, acudiese a su boda, excepto mi padre. Sin embargo, a la boda de su hija Adriana, si acudió. Se casaba con la persona que era de su agrado, aunque mayor que ella, de nombre Luis, había ido a América, Cuba, y había traído algo de fortuna, dejando allí negocios que aún le repercutían rentas, por lo que iba para casa grande. Fue una alegría, sobre todo para él.
La austeridad
Aurelio no se casó, y con mi padre, mi abuelo no se metió, era un poco más consentido, y sobre todo era varón. En conversaciones con mi madre, me comentaba sobre la austeridad con que mi abuelo llevó siempre la casa, llegando ella, a sufrir anemia, por la falta de una alimentación suficiente que su suegro prohibía utilizar, a pesar de tenerla en la despensa.
También me comenta que en cuanto se le llevaba la contraria su actitud era la de refunfuñar e irse para la cama, llegando a estar días metido en su habitación. Mi abuelo falleció en febrero 1967, un año antes de nacer yo.
Quizás su experiencia de emigrante frustrado le pasó factura, sobre todo en su carácter, introvertido, poco sociable, haciéndose muy austero, como temiendo sufrir necesidades, ahorrando lo que pudo en todo, y descargó en su modo de vida posterior lo sufrido en una etapa de su vida en la que la ilusión por conseguir una vida fructífera, le llevó al fracaso de regresar a la vida que había dejado, como si el reloj se hubiese detenido, sintiendo haber tirado a la basura seis años de su vida, que quizás le pasaron una factura muy cara.
Sumidos en la resignación
Mi opinión respecto a los llamados “americanos del pote”, o “Maleta Moyada”, es que, puede que exista diferencia entre ellos, o que existen dos tipos de emigrantes que regresaron sin nada, los que vendían humo, es decir aparentaban traer riqueza, intentando engañar a sus vecinos, que realmente a quien se engañaban era a ellos mismos, y de ahí la aparición de las coplas conocidas. Y el emigrante que al regresar sin nada, sufría para sí ese destino, sin levantar la voz ni alardear de lo que no tenía, sumiéndose en una constante resignación, que en algunos de ellos influiría el resto de su vida, siendo el caso de mi abuelo. Si bien, seguramente, habría emigrantes que superarían el fracaso y continuaron sus vidas viendo esta experiencia como una más de la vida.
Este grano de arena que aporto a esta gran empresa, como es la entidad por la que soy invitado a participar, en estas jornadas, la SOF, a través de la figura de mi abuelo y el desarrollo de su vida, siempre desde mi modestia, quisiera que fuese un homenaje a todos aquellos que se fueron de su tierra buscando algo mejor y no lo lograron, y que si volvieron, recibieron desprecio, esperando que la historia nos haya enseñado, y no lo hagamos, los que vivimos ahora, con los que se están yendo actualmente, y regresan a su tierra, pues solamente fracasa quien intenta hacer una empresa, quien arriesga para intentar mejorar.
¿Qué hay en el interior de una maleta moyada?,/ ¿Lágrimas?, ¿arrepentimiento?, ¿pesar?, ¿vergüenza?, ¿desolación?
Soy nieto de un "maleta moyada", y a mucha honra.
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