20 de mayo de 2008
20.05.2008
Primer centenario del fallecimiento de Rafael de Zamora

Azorín: «Extraordinario, genial»

20.05.2008 | 02:00

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Existen pocos libros en la literatura española tan originales e inmersos en una atmósfera tan extraña como estos «Crímenes literarios». Si tuviéramos que espigar algunos de su clase, habría que citar, sin duda, la «Historia de un hombre contada por su esqueleto» (1858), de Manuel Fernández y González; el críptico y fantasmal «Doctor Lañuela» (1863), del Antonio Ros de Olano, romántico muy próximo a Espronceda; la colección de locuras contenidas en «El gorro de mi abuelo» (1865), de Carlos Mesía de la Cerda, cuñado de Juan Valera, o algunas de las obras más extravagantes de Silverio Lanza, el solitario de Getafe. A todos estos autores, como a Rafael Zamora, les une su apartamiento incondicional de lo mediocre y su insobornable independencia en lo que al arte se refiere.


Pero, sobre los anteriores, la novedad del marqués es la de prescindir definitivamente de cualquier resabio realista para lanzarse a la creación de un humorismo desquiciado, paroxismal, nunca hasta entonces practicado de forma tan extrema y violenta -digamos desinteresada- por la literatura en lengua española. Más cercanos, pues, a la «solution pataphysique» del propio Alfred Jarry, uno de los pioneros de la vanguardia histórica, que a los «Sueños» de Quevedo o al futuro esperpento de Valle-Inclán, los «Crímenes literarios» suponen la primera incubación de surrealismo a este lado de los Pirineos y conectan de modo evidente no ya con la tradición fantástica hispana, sino con una vena francesa preñada de modernidad que el marqués de Valero de Urría hubo de conocer de primera mano, sin duda, durante sus años mozos en la capital del Sena.


En efecto. Aunque lamentablemente escasas, los testimonios ya mencionados sobre la vida de Rafael Zamora contienen referencias a su actividad literaria junto a poetas de la escuela parnasiana y van más allá al concretar la amistad y el magisterio de José María de Heredia, uno de los más conspicuos representantes de aquella escuela.


Se sabe incluso que antes de llegar a España escribió y publicó poesías juveniles en francés que hoy en día aguardan a ser exhumadas de entre publicaciones como la «Revue des Deux Mondes», «Le Décadent», «La Vogue», «Le Symboliste», etcétera. Inmerso, pues, en la efervescencia del París bohemio de parnasianos, simbolistas y decadentes de toda índole, bien pudo el marqués conocer, además, a otras figuras como Catulle Mendès, Théodore de Banville, Rémy de Gourmont, Barbey d'Aurevilly o el propio Jarry.


Así lo indican, primero, sus conocimientos y su devoción por el gran Baudelaire -maestro de todos ellos- y, sobre todo, su único libro, tan parnasiano en la complicación de su prosa cincelada, martirizada por el marqués en mármol clásico a fuerza de someterla a patrones helenísticos o ciceronianos en un grado -sí- prácticamente desconocido en las modernas literaturas europeas.


La enredada sintaxis, los largos períodos, la pasmosa riqueza léxica y la abrumadora presencia de neologismos junto a constantes guiños a la filología y la mitología clásicas no llegan a impedir, sin embargo, apreciar en los personajes y situaciones de esta obra una modernidad sin precedentes tanto por su tratamiento del humor como por sus atisbos auténticamente surrealistas.


Condensado, su argumento consiste en una biografía hagiográfica y satírica hasta lo impenetrable, a menudo monstruosa, de un profesor e inventor trasunto del propio Valero de Urría: don Iscariotes Val de Ur, antropófago vocacional y misógino convencido, líder de la intrigante secta de los telarañistas, inventor de la «máquina cerebral», estudioso del lenguaje de sus admirados «zoarios» y, como reconoce en la dedicatoria del libro, «despreciador indulgente de la especie humana», empezando por él mismo. Aparte de mucho más, la obra puede considerarse incluso una biografía en clave de su autor.


Extrañísimas «máquinas cerebrales» patentadas por Val de Ur y capaces de crear por sí solas obras literarias a base de «cefalias», «pastas cerebrinas» o fluidos radioeléctricos que conforman un ambiente futurista propio de cientifismo finisecular. El horror o lo grotesco se estira hasta límites prodigiosos, desproporcionados, provocando una atmósfera viciada y extraña resuelta en un efecto muy cercano al humor absurdo que tiene en la sátira un arma ideal para la subversión de las leyes físicas y la creación de un universo complementario.


En este sentido, es sorprendente comprobar cómo nuestro marqués publicó en Oviedo, y en fecha tan temprana como 1906, lo que podemos considerar uno de los ensayos pioneros de esta «ciencia» a la que sólo cinco años más tarde se daría nombre en el libro «Gestas y opiniones del doctor Faustroll, patafísico» (1911), escrito por Alfred Jarry en 1898, pero publicado póstumamente.


Aquí, en España, el libro del marqués motivó un banquete-homenaje en el hotel Francés de Oviedo (14-2-1907) rematado a los postres con versos laudatorios de Pérez de Ayala:


«Marqués, yo te saludo, pues trajiste a este suelo / del septentrión, en donde es de ceniza el cielo, / un eco amplio y sonoro de la risa simpática / de los sátiros, y el oro de la pura luz ática, / y una chispa de fuego que animara a Dyonisos, / y un no sé qué de fresco murmurar de Ilisos».


No obstante, los Crímenes fueron causa de estupor para una mayoría, mientras recibieron los elogios de algunos espíritus privilegiados, como Benito Pérez Galdós («exquisito libro»), Francisco Grandmontagne («humorista incomparable, estilista único»), Francisco Navarro y Ledesma («libro verdaderamente delicioso y escogido»), José López Pinillos, Cristóbal de Castro, Pedro González-Blanco o el propio Azorín, quien lo tildó en «ABC» (2-2-1907) de «extraordinario, genialísimo libro, escrito en sapiente castellano»; admiración que el autor de «La Voluntad» confirmaría décadas más tarde al referirse en Madrid (1941) «a un libro curiosísimo, libro de peregrino humor, en que se trata de la imaginaria secta de los telarañistas, que debiera ser reimpreso en edición extensa».


Pues bien, el justo deseo de Azorín no se ha cumplido siquiera cien años después de la muerte del marqués, anticipada en el testamento de Val de Ur con estas elocuentes palabras:


«Jamás en vida, y por mucho que lo intentara, he logrado conseguir el apetecible total desprecio de los que me sonroja y avergüenza llamar mis semejantes; pues siempre vino a estorbarlo, con el fatal despotismo de lo inevitable, la endémica y radical estolidez humana? Mas después del óbito me será grato realizar un último ensayo, y ver si al fin alcanzo el omnímodo sarcasmo y universal vilipendio».


Quizá nuestro excéntrico marqués haya de seguir siendo admirado sólo en secreto por unos pocos; quizá, como un guerrero destinado a la vanguardia, al igual que su querido Aquiles, aún deba permanecer ungido de ambrosía en el fondo tenebroso de la laguna Estigia. «Etsi Deus non daretur».

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