22 de mayo de 2008
22.05.2008

Nerval

22.05.2008 | 02:00

Gèrard de Nerval es el menos francés de los románticos franceses, «no menos huecos y palabreros que los españoles», según Cernuda, y, al igual que Bécquer entre nosotros, es el mejor. En uno y otro, salvando las distancias, hay como una impregnación ensoñadora y misteriosa, esos «suspirillos germánicos» de Bécquer a los que se refería despectivamente Núñez de Arce, de la que carecen Lamartine o Espronceda, por citar ejemplos de románticos eminentes. Nerval tendía inevitablemente hacia Alemania, y a los dieciocho años, conociendo muy imperfectamente la lengua alemana, acomete la traducción de «Fausto», que mereció el elogio de Goethe, quien le confió a Eckermann que «en esa traducción francesa, todo parece otra vez fresco, nuevo y vivido».


Nerval, cuyo nombre verdadero era Gèrard Labrunie, nació en Montefontaine, el 22 de mayo de 1808, hijo de un médico napoleónico que más tarde haría la campaña de Rusia. Su madre murió al poco tiempo, para convertirse en una de las obsesiones del poeta. Su vida fue alucinada y, en algunos aspectos, terrible, debido, según Gautier, que le conocía bien, a que en su cerebro se había establecido un conflicto permanente entre la razón y una imaginación poblada de sueños y alucinaciones que le empujaban a teorías imposibles y a libros inconcebibles. O, como afirma Ramón Gómez de la Serna, de manera esplendorosa, «tuvo el corazón siempre del ciervo, pero su inmensa visión del bosque». Como otros muchos poetas contemporáneos, viajó al Levante y escribió su consabido viaje a Oriente; pero también realizó viajes de cercanías, como los que relata en «Paseos y recuerdos», donde reconoce que «El sentimiento de lo maravilloso, el gusto por los viajes lejanos ha sido para mí resultado de esas primeras impresiones y de mi estancia prolongada en un sitio aislado en medio del bosque». El regreso a la infancia es otro de sus motivos, la vuelta a la tierra encantada del Valois que se efectúa en «Silvia», la más mágica de sus narraciones. Podríamos resumir los itinerarios de Nerval en dos novelas cortas: «Silvia», la vuelta a la tierra y a la infancia, y «Aurelia», el descenso a los infiernos y la elevación por el sueño. El descenso a los infiernos le permitió identificarse con Orfeo, a quien se refiere en uno de los más misteriosos sonetos de «Las guimeras», donde se califica a sí mismo como «el Tenebroso, el Viudo, el Desconsolado, / el Príncipe de Aquitania de la Torre abolida», y concluye, en el último terceto: «Y vencedor dos veces traspasé el Aqueronte: / modulando por turno en la libra de Orfeo / los suspiros de la Santa y los gritos del Hada». Y termina «Aurelia» de este modo: «A pesar de todo, me siento feliz por las convicciones que he adquirido, y comparo esta serie de pruebas sufridas a lo que para los antiguos significaba la idea de un descenso a los infiernos». Aún le quedaba por descender al infierno definitivo. La primera parte de «Aurelia» aparece en la «Revue de París», el 1 de enero de 1855. El siguiente 25 de enero, después de haber cenado en un cabaret y vagado por las calles de París bajo una temperatura de 18 grados bajo cero, acaba ahorcado en un callejón tenebroso, la Vieille-Lanterne, un escenario digno de figurar en algún cuento de su equivalente del otro lado del Atlántico: Edgar Allan Poe.


Poe y Nerval presentan muchos aspectos comunes. En el aspecto literario, ambos escribieron más prosa que poesía, pero su poesía es definitiva en el nacimiento y el desarrollo de la poesía moderna: gracias a la influencia de Poe sobre Baudelaire y a sus teorías sobre la poesía, puede afirmarse sin exageración que de haber un padre de la poesía moderna, ése es Poe. La influencia de Nerval sobre Baudelaire es igualmente perceptible o mejor, son portes coincidentes: leyendo algunas páginas de Nerval nos da la sensación de que leemos a Baudelaire. En cuanto a su poesía, él mismo reconocía que había en ella tres etapas: de entusiasmo, de amor y de desesperación. El resultado de la última, los doce sonetos de «Las quimeras», escritos entre 1845 y 1854, «no tienen igual, por su hermosura / y su misterio, con toda la poesía de Francia», según Cernuda, que estimaba poco, a lo que se ve, la poesía francesa. El período final de Nerval, en el que escribe estos sonetos y las narraciones «Silvia», «Pandora» y «Aurelia», es el de mayor altura poética del Romanticismo francés, según Albert Béguin: «La prosa de «Aurelia» y algunos sonetos de «Las quimeras» pertenecen a una poesía sin precedentes en las letras francesas, no sólo porque hizo una selección y un complemento nuevo de palabras, imágenes y alusiones, sino también, y sobre todo, porque la actitud del escritor ante su obra y las esperanzas que en ella puso son aquí muy distintas de todo cuando hasta entonces se había visto».


Gèrard de Nerval es un poeta que vivió en el sueño: «El sueño es otra vida que hay que tener en cuenta», escribió, y también: «Yo nunca he gozado del reposo del sueño». Sin duda, porque el sueño se entretejía con la vida y producía, como en «Aurelia», alucinaciones cósmicas y terrores antediluvianos, aunque «el sueño es un traje tejido por las hadas y de un olor delicioso».

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