La Revolución de los libros
l La influencia de la revuelta en el inicio de la Guerra Civil divide a los historiadores que estudiaron los hechos acaecidos en Asturiasl De la Cierva considera, contra la opinión de Díaz-Nosty y Taibo II, que el levantamiento obrero fue el detonante de la Guerra Civil

Mineros asturianos en la segunda década del siglo XX.
Oviedo, L. Á. VEGA
Tres historiadores y sociólogos que han analizado desde muy distintas coordinadas la Revolución de Octubre de 1934. Ellos aportan a LA NUEVA ESPAÑA su visión del significado y las consecuencias del conflicto. El punto clave es la diferente interpretación del riesgo de una deriva fascista en la República en aquel otoño de hace ahora 75 años.

La Revolución de los libros
Para el sociólogo Bernardo Díaz-Nosty (Valladolid, 1946), autor en 1975 de un exitoso acercamiento a la revolución, «La comuna asturiana», y actual director del departamento de Periodismo de la Universidad de Málaga, hay pocas dudas. «Si la guerra se inició dos años después, a partir de una sublevación militar, habrá que convenir que la Revolución del 34 fue el prólogo de la Guerra Civil, pero una cosa es un prólogo y otra lo que se ha dado en llamar la primera batalla, porque ésta es una forma impropia de trasladar a los trabajadores de Asturias el origen de la guerra y eludir algunos conflictos de la memoria. Probablemente la guerra hubiese sucedido igual sin el movimiento asturiano de octubre. El encono entre clases se acentuó mucho con la represión».
Díaz-Nosty no tiene duda de que había un riesgo fascista en España. «La realidad europea y la española de los años 30 y 40 del pasado siglo así lo demuestran».

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El sociólogo considera que «su localización en un perímetro geográfico muy reducido es uno de los factores que explican su fracaso. Se podría incluso hablar de la historia de un fracaso anunciado. Los revolucionarios tenían pocos argumentos estratégicos para hacer frente a la estructura profesional del Ejército de la República. Pesó mucho la ilusión utópica, entendida como motor de la Historia, y los ecos de otros episodios, no demasiado lejanos, que estaban cimentando el protagonismo del proletariado en las primeras décadas del siglo XX».
Un punto de vista diametralmente opuesto es el de Ricardo de la Cierva (Madrid, 1926), que en 1969 publicó su monumental historia de la Guerra Civil española, que se inicia con un primer volumen sobre la República que ahora está revisando para su reedición. En ese primer libro queda claro que «la Revolución del 34 fue la clave de la historia de la República, todo lo que pasó antes y después se explica por este hecho, que además no ha sido muy estudiado». Para De la Cierva, «sin la revolución no se explica la Guerra Civil. Las elecciones de diciembre de 1933 las gana la derecha y la izquierda no acepta los resultados y se coloca en posiciones antidemocráticas». Por tanto, «la revolución de Asturias y Cataluña fue realmente el detonante de la Guerra Civil. La guerra empieza en octubre de 1934».

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El historiador, que escribió la «Historia de la Guerra Civil» por encargo del entonces ministro de Información, Manuel Fraga, y éste a su vez por deseo del mismísimo Francisco Franco, aseguró que «en octubre de 1934 no existía riesgo alguno de fascismo en España. Lo único que podía asimilarse al fascismo era la Falange, pero en esa época apenas existía. José Antonio Primo de Rivera lo había fundado un año antes, pero como un partido de derechas, y de hecho, en las elecciones de diciembre no se presentó por Falange, sino por la candidatura de derechas de Cádiz».
En cuanto a las responsabilidades, para De la Cierva está claro que «Azaña estaba en contra de la revolución, que consideraba un terrible error». Otra cosa es Indalecio Prieto, «un hombre de enorme talla, muy inteligente, autodidacta, con un sentido político enorme, pero también un sentido revolucionario clarísimo».
Más atento al detalle, Paco Ignacio Taibo II, que ha dedicado muchas páginas a la Revolución del 34, afirma que «no sólo estaban los antecedentes del aplastamiento de la revolución austriaca, y el ascenso al poder de Hitler y Mussolini, sino también la guerra política cruenta que se había desarrollado en Asturias a lo largo de todo aquel año, con un Gobierno de la derecha que arremetió contra el movimiento obrero, con un diario "Avance" constantemente censurado, con prohibiciones, detenciones arbitrarias... El clima político estaba muy caliente. La CEDA, que ahora se ve con tanta simpatía, organizaba concentraciones de corte fascista con miles de personas que aclamaban a Gil-Robles como el jefe. Luego, hablar de la Revolución del 34 como una aventura política que justificó el golpe de 1936 está falto de contexto y se corresponde con una visión muy reaccionaria de la historia que está ahora muy de moda con los revisionistas, que sólo tratan de encontrar justificaciones morales para el golpe de 1936».
Paco Ignacio Taibo II ha estudiado en profundidad las «leyendas negras» de la revolución, como la supuesta exposición de cabezas cortadas de curas en una carnicería de las cuencas mineras, que no tiene sustento. «En una primera fase, el clero recibió una represión potente, con 30 casos de asesinato, pero se fue detrás de un sector militante, sacerdotes que habían participado activamente en la creación de sindicatos amarillos, que echaban sapos y culebras desde el púlpito. No es justificable y el movimiento terminó controlando esos excesos, que desaparecieron». Algo muy distinto a lo que ocurrió tras el aplastamiento de la revuelta. «Un Estado sostenido por la legalidad estableció una tortura sistemática, de la que fueron víctimas más de tres mil personas, algunas de las cuales terminaron muertas. No les importaba nada, simplemente había que castigar, desmoronar un movimiento obrero con una increíble capacidad de organización, resistencia y combate, con un grado de madurez notable, y que fue además el que trajo la Ilustración a Asturias», finalizó.
Las diferencias de opinión son patentes, cada historiador o estudioso que se ha acercado a este momento histórico de España para analizarlo saca sus propias conclusiones. En los libros más que revolución hay revoluciones.
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