23 de agosto de 2010
23.08.2010

El Instituto Oftalmológico Fernández-Vega atiende cada año a unos cien mil pacientes

El centro fue el gran proyecto de Luis y Álvaro Fernández-Vega Diego, tercera generación de una saga de oftalmólogos

23.08.2010 | 02:00
Luis y Álvaro Fernández-Vega, con sus hijos que trabajan en el Instituto.

Oviedo, P. R.
La creación del Instituto Oftalmológico Fernández-Vega siempre estuvo en la cabeza de Luis Fernández-Vega Diego. El constante aumento de la clientela y el interés del clan familiar por la especialización al más alto nivel fueron argumentos claves para dar el paso. En 1986, con motivo de la celebración del centenario del ejercicio de la oftalmología en la familia, los Fernández-Vega decidieron crear el Instituto y una Fundación. El centro debería desempeñar las tres funciones de la medicina moderna: asistencia, docencia e investigación.

Con independencia de una buena formación clínico-quirúrgica, Luis Fernández-Vega solía decir que la clave de su éxito profesional estaba en su «entusiasmo, quizás desmesurado, por la profesión». Y añadía: «La persona más preparada en cualquier carrera o quehacer de la vida, como no esté enganchada en ella, fracasará o pasará desapercibida».

El Instituto atiende cada año a unos 100.000 pacientes, y de ellos unos 65.000 provienen de fuera de Asturias. La plantilla está formada por unos 150 trabajadores entre médicos, diplomados universitarios de enfermería, recepcionistas y secretarias. Ofrece a los pacientes una institución capaz de proporcionarles la asistencia médica que requieren, tanto desde el punto de vista clínico como quirúrgico, dentro de una organización autónoma.

Luis Fernández-Vega Diego pudo ver su sueño hecho realidad por etapas. Cuando se construyó la primera fase, el edificio destinado a hospitalización, inaugurado por el Príncipe de Asturias el 23 de octubre de 1997, los Vega hacían realidad, una vez más, un sueño logrado con mucho esfuerzo y trabajo. Y se producía un siglo después de que Adolfo Fernández-Vega iniciará la saga médica. Él fue primero médico general, especializado en neumonía, y más tarde acabaría ejerciendo como médico oftalmólogo en Oviedo.

Su hijo Luis Fernández-Vega Valvidares siguió sus pasos ejerciendo de especialista en oftalmología. Fue presidente del Colegio de Médicos durante 12 años. El Gobierno le concedió la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad. En 1952 se le nombró hijo predilecto de Ceceda.

Sus hijos, Luis y Álvaro Fernández-Vega Diego son la tercera generación de oftalmólogos que, con la cuarta, lograron poner en marcha el Instituto Oftalmológico.

En 2001 concluyó la segunda fase del centro, que comprende el área clínica y que fue inaugurada por la Infanta Cristina de Borbón el 18 de enero de 2002. Está destinada a consultas y servicios administrativos y dispone de salón de actos, biblioteca y cafetería.

Situado en la falda del Naranco, en Oviedo, el Instituto ocupa una superficie de 7.000 metros cuadrados y está dotado de la más avanzada tecnología en lo referente a instalaciones generales y equipamiento médico especializado.

En él se desarrolla fundamentalmente toda la actividad quirúrgica relacionada con la oftalmología, tal como cirugía de catarata, cirugía refractiva, trasplantes de córnea, desprendimientos de retina, glaucomas, vitrectomías, estrabismos, cirugía plástica ocular, tratamientos específicos con láser, degeneración macular asociada a la edad, oftalmología general, etcétera. El área quirúrgica cuenta con seis quirófanos, dos de ellos dedicados exclusivamente a cirugía con láser excimer y L.A.S.I.K.

El 16 de abril de 2009, los Reyes inauguraban en el mismo edificio la tercera fase, las dependencias que el Instituto destina a realizar trabajos de investigación, estudios, docencia y divulgación de temas asistenciales relacionados con la oftalmología, en colaboración con otras instituciones tales como Universidad y colegios profesionales. Las nuevas instalaciones constan de unos 3.300 metros cuadrados y su construcción y dotación supuso una inversión cercana a los seis millones de euros. Esta última faceta aportó al Instituto su tercera pata -desde el inicio se pensó que fuera así- y lo convirtió en un equipamiento totalmente singular en España y prácticamente en Europa. El glaucoma, las patologías de la superficie ocular y la degeneración macular asociada a la edad serán algunos de los campos en los que investigan los científicos del Instituto.

Los Fernández-Vega ficharon a Miguel Coca, que trabajó durante veinticinco años en la Universidad de Yale (Estados Unidos) y que inicialmente simultaneó su trabajo en Asturias con el de Yale.

La plantilla investigadora está integrada por unos 20 científicos, una cifra que según anunció Luis Fernández-Vega Sanz, hijo del fallecido, el día de la presentación de las instalaciones, crecería con el tiempo.

Luis Fernández-Vega Sanz se convirtió en 1982, al obtener la cátedra de Oftalmología de la Universidad de Oviedo, en el catedrático más joven de España. Su papel, primero en la modernización y adaptación a los nuevos tiempos de la consulta de su padre y de su tío Álvaro, en Uría, y más tarde en la puesta en marcha del Instituto, ha sido fundamental. Es jefe del Servicio de Oftalmología del Hospital Central de Asturias y autor de más de cien publicaciones de su especialidad.

El equipo médico está integrado además por los doctores Álvaro y Javier Fernández-Vega Sanz, dos de los seis hijos de Álvaro Fernández-Vega Diego; el primero es especialista en retina y vitreo y el segundo en estrabología y cirugía refractiva con láser. Forman también parte del equipo médico, los doctores José Alfonso Sánchez, José I. Blázquez García, Manuel Riaño Granero, Pedro Pablo Rodríguez Calvo y otros profesionales de la especialidad, en su mayoría miembros también de la familia Fernández-Vega, así como tres médicos anestesistas.

Luis Fernández-Vega Sanz conocía la receta para mantener unas buenas relaciones familiares y un próspero negocio económico familiar. Aconsejaba «flexibilidad» y «nunca tomar las decisiones sin que antes vuelvan a sedimentar los ingredientes que en su día dieron lugar a la creación del proyecto y que a causa de una "temperatura anómala" pueda llegar a deshacer lo mismo». Y añadía algo importante: «El dinero puede contribuir a deshacer más que a hacer la felicidad».

Él y su hermano Álvaro tuvieron una meta desde el inicio de su andadura profesional, mantener la saga familiar oftalmológica iniciada por el abuelo de ambos y continuada por su padre. «Al margen de la vanidad, sólo puedo decir que si la saga de Alvaro es como su padre, y la mía es como yo, jamás habrá otros problemas que los normales baches que podemos encontrar en cualquier carretera o autopista y ésos se reparan de un día para otro».

Veía la unidad familiar navegando en unos botes por un océano tranquilo, pero con posibilidades tormentosas. «La llegada a la costa -que para él era el Instituto- no parece lejana, pero una brusca marejada puede hundir uno de los botes y con ello, si los salvavidas no están perfectamente pergeñados, pueden ahogar un proyecto al alcance de la mano».

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