05 de octubre de 2010
05.10.2010
Memorias (3)
Carlos Conde, catedrático emérito de Matemáticas

"No suspendí a Cascos, y admito que De Lorenzo me imita con justeza"

"Mi asignatura había que hacerla a conciencia; era bueno para el nivel de los alumnos y para el bien de España"

05.10.2010 | 02:00
Carlos Conde, delante de la Escuela de Minas de Oviedo.

Carlos Conde Sánchez nace en Segovia en diciembre de 1927. Su abuelo materno dirigía la Academia de Artillería de esa ciudad y su padre era capitán en las mismas dependencias. Ambos poseían especialización en ingeniería y matemáticas, lo cual influyó en que Carlos Conde se inclinase por la carrera de Ingeniería de Minas, sobre todo impulsado por su interés en la metalurgia y la siderurgia. Estudia en Madrid y un año antes de finalizar la carrera comenzó a trabajar en la puesta en marcha de Ensidesa.

Oviedo, J. MORÁN

Carlos Conde, de 82 años, relata sus experiencias en el montaje de Ensidesa y en la Escuela de Minas de Oviedo, de la que fue catedrático de Matemáticas.

l Aprecio americano. «En el montaje de Ensidesa, para los altos hornos, trabajamos primero con la inglesa Harrison Grievenson y después con la americana Copper. Tuvimos una asistencia técnica muy minuciosa, de la empresa Arco Steel Corporation, de Ohio, mediante un contrato intensísimo. Las baterías de coque eran alemanas, de Didier, y especialistas suyos como Rolf Beyebach y Hans Hermnan Müller se afincaron en Asturias. Müller sigue viniendo todos los veranos a Salinas y compartimos tertulia. Todos los técnicos de Ensidesa tuvimos que viajar mucho al exterior para mantener contacto con las ingenierías que suministraban los diseños. Los americanos nos prestaron una ayuda enorme, porque EE UU apreciaba mucho al INI y, por su seriedad e interés, al régimen de Franco. Se contaba aquel chiste de que Ford le había dicho a Rockefeller: "Mira, con tu petróleo y mis camiones organizamos la batalla del Ebro". Pero no hablo de política, sino de eficacia organizativa, así que Copper se abrió por completo a nosotros. Fui temporadas a EE UU y las relaciones eran excelentes. Y también mandábamos al extranjero a personas que tenían que formarse en ciertas operaciones».

l Vaciado de un alto horno. «Por ejemplo, yo me hice cargo de la operación de vaciado y renovación de un alto horno después de una campaña. Tradicionalmente, era una operación que llevaba un sinfín de tiempo, incluso en hornos pequeños que había en otras factorías españolas. Aprendí a hacer dos cosas: primero, la última colada y extraer el último caldo que quedaba en el crisol. Había que hacer unas perforaciones y recibí una lección de vida muy importante: yo iba con todas mis matemáticas, midiendo la transmisión de calor a través de una pared cilíndrica y tomando temperaturas para averiguar cómo estaba de corroído el crisol. Pero, al final, con tres pinchazos a distinta altura con tres lanzas inmediatamente detectábamos aquello. Me dije: "Bueno, las técnicas científicas, matemáticas, tienen que acompañarse con la experiencia directa"; si hay divorcio, se cae en una especulación estéril. Y lo segundo que aprendí fue a practicar una gran ventana en el alto horno y a provocar el desplome de las paredes refractarias. A través de aquella inmensa ventana se extraía el material rápidamente con tractores que entraban en el horno. Previamente, hice el montaje de todo el refractario nuevo, pieza a pieza, premontado, para colocarlo a continuación y cerrar la ventana. En aquellos tiempos, las campañas de un alto horno eran desde luego más breves que ahora, porque muchas veces los hornos se "emborricaban", no se fundía bien el mineral y se formaban costras que dañaban muchísimo. Vaciarlos y recomponerlos llevaba meses y meses, y era un dineral el tiempo que estaba parado, pero en Ensidesa logramos hacerlo en 45 días, con una técnica que aprendí en EE UU. Tuvieron la gentileza de concederme, como a otros, una condecoración, la Orden al Mérito Civil, a raíz de ese trabajo de reconstrucción».

l Tributo a Bilbao. «Cuando Ensidesa comenzó a lanzar lingotes al mercado, él éxito fue enorme. En el estraperlo costaban diez y doce pesetas e inmediatamente se pusieron a tres pesetas para toda España, y con una abundancia total; se abrió el grifo para todas las empresas. Y sucedió también que varias instalaciones nuestras demoraron su entrada en servicio para no ahogar a Altos Hornos de Vizcaya, o sea, que Asturias pagó un tributo grande a Bilbao. En laminación sucedió lo mismo y padecíamos una maquila, ya que teníamos que enviarles a ellos trabajos que podíamos hacer nosotros perfectamente. En 1970 pasé a dirigir Enfersa, filial de Ensidesa, una planta de fertilizantes nitrogenados. Obtuve el doctorado a finales de los cincuenta y desde el final de la carrera, en 1953, hasta 1960 mantuve contacto con la enseñanza mediante clases particulares a alumnos que se preparaban para alguna ingeniería».

l El ordenador de París. «En 1960 se crea la Escuela de Minas de Oviedo y ésa es mi gran pasión, mi mayor pasión. Era precioso. El Oviedo de entonces era encantador, como siempre, y ese año hubo dos hechos formidables: la creación de la Facultad de Medicina, vinculada a centros de investigación norteamericanos de primer orden, y de la Escuela de Minas, con la Ayuda de la UNESCO, que concertó con el Gobierno español asistencias y equipamientos. En el caos de las Matemáticas, yo inmediatamente dije que lo primero que había que hacer era instalar un ordenador de cálculo científico, y fue el primero que ha habido en Asturias, el IBM 1130, porque era el que había en la Escuela de Minas de París. Con un permiso de la empresa y una beca de la UNESCO me fui mes y medio a París a conocer aquel centro de cálculo impresionante. Obtuvimos un crédito y adquirimos el nuestro, que costó cinco o seis millones de pesetas de las de entonces. Ocupaba dos habitaciones acondicionas en temperatura, con aquellos solenoides enormes y una memoria que hoy nos parece ridícula, de 8K. Pero era un ordenador científico y con él introdujimos el cálculo automático, que hasta entonces realizábamos con máquinas inferiores. Yo había obtenido la cátedra en 1964. Fui el segundo catedrático de la Escuela. El primero fue Francisco Pintado y al día siguiente terminó mi oposición. El tercero fue García Conde, que fue a Químicas. Mi cátedra era de Cálculo y Estadística, y aunque mi motivación inicial no era la Estadística, la tuve que estudiar y me costó años preparar aquella oposición tan dura. En 1964 éramos muy pocos los catedráticos superiores en España, así que el presidente del tribunal, que era don Sixto Ríos, te llevaba a presentarte al ministro. Yo era el catedrático numero 206 de España y aquello era entonces solemnísimo».

l Materia exigente. «La experiencia en la Escuela de Minas fue excelente, espléndida, con el alumnado que tuvimos. Mi materia es terriblemente exigente y yo no ocultaba su rigor. Yo mismo pasé varios años para ingresar en Minas, o sea, que era normal que los alumnos no pudieran hacer cada año en uno. Creo que mi asignatura había que hacerla a conciencia, porque eso era bueno para ellos, para lograr un alto nivel, por el bien de España, que siempre ha estado en el fondo de mis intereses. Eso ha sido una experiencia espléndida. Además, de ninguna manera queríamos que nuestra escuela desmereciera de lo que se hacía en la de Madrid y la de París. El alumnado que tuvimos fue impresionante y hoy día tengo la suerte, la fortuna, de tener grandes amigos que han hecho unas carreras brillantísimas. Por ejemplo, los presidentes de Hunosa, Tejuca y Secades; o el presidente de Duro Felguera, Torres Inclán, o Vicente Luque que ha estado en la UE con tareas impresionantes».

l Sintaxis matemática. «En ocasiones he oído contar que suspendí varias veces a Álvarez-Cascos, pero esto me deja perplejo. Soy inocente. Él hacía en Oviedo el curso selectivo, con una vocación clarísima de Ingeniero de Caminos. Yo daba clases en los cursos avanzados y ocasionalmente en algún grupo de los selectivos. Pero quien impartía la docencia y examinaba era el profesor correspondiente del departamento. No pude suspender o no suspender a Cascos porque yo no firmaba las actas. Lo que sí recuerdo es que había dos asignaturas de Matemáticas en el selectivo, Álgebra y Cálculo, y él aprobó una cada año, y muy bien. Tengo el recuerdo de que era un hombre de gran empeño y voluntad, y los profesores hablaban muy bien de él. También Gabino de Lorenzo ha sido alumno mío y me imita. Lo hace con cierta gracia y con bastante justeza, porque ciertamente yo era muy exigente con el lenguaje: no se puede saber Matemáticas si uno no habla un lenguaje preciso y elegante. Gabino me imita en lo que yo solía preguntar en clase: "A ver, ¿qué es una suma?". Y alguien respondía: "Bueno?, es, es una operación". "No, no; la operación es la adición y la suma es un número". Sobre cada materia que salía relucir yo preguntaba: "Esto ¿qué es? ¿Qué es una integral, una matriz, una ecuación?". En los exámenes era muy exigente en el lenguaje y feroz con la sintaxis y la ortografía. Hay mucha sintaxis en Matemáticas: en una explicación, o al referir relaciones de causa y efecto, éstas tienen que estar encadenadas con gran pulcritud. En eso era muy cuidadoso y en las calificaciones tenía muy en cuenta la calidad de la exposición».

Mañana, última entrega: Carlos Conde

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