13 de enero de 2012
13.01.2012
José Ramón Chaves
Magistrado  

Sonrisa y mano tendida

13.01.2012 | 01:00
Sonrisa y mano tendida

Es fácil hablar bien de los muertos, pero lo difícil es que en vida todo el mundo hable bien de alguien. El caso de José Manuel Buján, abogado laboralista y juez, demuestra cómo es posible transitar por la vida con una sonrisa y la mano tendida, bajo universal respeto y aplauso.

Por su origen (pueblecito leonés de Toreno) y su educación (seminarios de Astorga y La Bañeza) estaba orientado hacia la condición de minero o sacerdote, y lejos no anduvo, ya que fue abogado de aquéllos en Comisiones Obreras y posteriormente vistió con orgullo esa sotana judicial que llamamos toga.

De José Manuel nos queda como testamento profesional sus brillantes sentencias, al estilo de la Capilla Sixtina: inmensas (recuerdo los cuarenta folios de su sentencia sobre las cuotas lácteas), artesanales (huía del corta y pega informático), pioneras (caso de los complementos de altos cargos o de la relación no laboral de transportistas de Correos, por ejemplo), valientes (me confesó en cierta ocasión que más que en la Justicia creía en jueces justos), pero, sobre todo, muy argumentadas (discípulo de Unamuno, pues prefería convencer con razones que vencer con un fallo judicial desnudo).

En suma, su peregrinar por sindicatos, partidos políticos, juzgados y cónclaves de voces libres lo dotó de una certera intuición para ofrecer desde el Tribunal Superior de Justicia de Asturias las soluciones jurídicas que su «leal saber y entender» le sugería.

Junto a ello desarrolló una impagable labor al servicio de la Asociación Jueces para la Democracia, mas allá de sus mermadas fuerzas, al igual que demostró un talante conciliador extremo. Su voz suave y rasgada, acompañada de su sonrisa permanente y unos ojillos vivos tras sus discretas gafas, resultaba una combinación seductora y un antídoto para la confrontación, pues, como el flautista de Hamelín, en los debates más encarnizados conseguía que todos compartiésemos su siempre armoniosa o, más bien, armonizadora melodía.

En fin, decía Oscar Wilde aquello de que un empleado público debería ser un caballero y, si no lo era, cuanto más supiese peor. Pues José Manuel sabía más que los ratones colorados y era un caballero. Descanse en paz quien nos honró al contarnos entre sus amigos, quien nos enseñó con su ejemplo e inaccesibilidad al desaliento el auténtico sentido del concepto del servicio a los demás.

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