01 de abril de 2013
01.04.2013

El difícil ejemplo de Luis Martínez Noval

Un modelo para los jóvenes que quieran entrar en la vida política

01.04.2013 | 00:00
Luis Martínez Noval y Juan Luis Rodríguez-Vigil, en octubre de 1991.

A Luis Martínez Noval, que era esencialmente modesto, discreto, prudente y con mucho, y muy sano, sentido del humor, no le gustaban los panegíricos, aunque mereciera muchos. Luis aborrecía la palabrería vacua, todo lo que tuviera que ver con el oropel del poder y con el afán de protagonismo. Por eso, aunque, por ser como era, y por haber hecho lo que hizo en vida, resulta imposible eludir el elogio, por respeto a su memoria, y a su amistad, (y son muchas las decenas de años que hemos sido amigos y, de verdad, compañeros), trataré de hacerlo mesuradamente, siendo consciente, no obstante, de que muy pocas -tan pocas que habría que contarlas con los dedos de la mano- de las muchísimas personas que desde el fin de la dictadura al presente he visto pasar por el mundo de la política española (y no digamos de la asturiana) pueden presentar una trayectoria más honesta, más transparente y más cualificada técnicamente.


Es comprensible que se ponga a Luis Martínez Noval como ejemplo a seguir de político honesto, coherente, leal, sensible, culto y preparado técnicamente, y ello aún más en un tiempo como el presente, donde las cualidades que a Luis le sobraban se visualizan con bastante dificultad en los medios políticos de cualquier color. Pero, siendo fácil ponerlo de ejemplo, la verdad es que resulta difícil seguirlo, porque ello exige grandes esfuerzos, huir de atajos y de improvisaciones, así como una notable capacidad de estudio, asumir un no menor rigor moral y personal, amén de mantener contra viento y marea una coherente y constante lealtad a los principios ideológicos y morales, en su caso los de la más pura socialdemocracia europea, sin mezcla alguna de populismo y demagogia.


En 1977, cuando aún éramos muy pocos los profesionales universitarios que militábamos en el PSOE asturiano, los primeros economistas que se afiliaron -y, durante mucho tiempo, los únicos- fueron Jesús Arango y Luis Martínez Noval. Tenía Luis entonces 27 años, había estudiado Económicas en Deusto, trabajaba en el área de estudios económicos de la Cámara de Comercio de Oviedo y, a la par, era profesor de Teoría Económica en la recién creada Facultad de Ciencias Económicas. En aquel momento preparaba su tesis doctoral, y tenía ya un bien ganado prestigio como profesor con sólida formación macroeconómica, buen conocedor tanto de los economistas clásicos como de los keynesianos y de los socialdemócratas nórdicos (Myrdal, etcétera) y, por todo ello, es evidente que tenía ante sí una prometedora carrera universitaria, que lo hubiera llevado, sin duda alguna, a la cátedra, como así ocurrió con la mayor parte de quienes entonces se iniciaban en la vida docente en esa nueva Facultad y hoy son catedráticos. Conviene recordar las tremendas dificultades socioeconómicas de aquel tiempo liminar de la democracia, muy parecidas a las actuales: multitud de cierres y crisis de empresas, huelgas, expedientes de regulación de empleo, paro, etcétera. Esas condiciones, la capacidad de análisis y el trabajo político-económico de Luis Noval resultaron decisivos para que el PSOE pudiera articular una política adecuada y creíble en la convulsa Asturias de finales de los años setenta, tanto antes como después de los pactos de la Moncloa.


En 1979 Luis entró en la ejecutiva regional de la FSA, pasando poco después a ser vicesecretario general de la misma y en 1988 a la secretaría general, después de que Jesús Sanjurjo abandonase el cargo. En las elecciones de 1982 resultó elegido diputado a Cortes, algo que se repetiría en las sucesivas elecciones hasta el año 2000.


En el Partido Socialista y en las Cortes españolas Luis Noval lo ha sido todo. Desde miembro de la comisión ejecutiva federal y autorizado y riguroso presidente de la Comisión de Política Social y Empleo a ministro de Trabajo (1989-1993) y portavoz parlamentario del Grupo Socialista. Las notas reconocidas por todo aquel que lo trató, por poco que fuera y por adversario que se lo tuviera, y que distinguen y definen su paso por todos esos cargos, son las de integridad, honestidad, bonhomía, competencia y prudencia.


El primer ejemplo que no resulta fácil de imitar de Luis es su sentido de la responsabilidad y su coherencia. Para poder dedicarse plenamente a su función como miembro de la dirección de la FSA y como diputado nacional Luis Noval abandonó una segura carrera académica. Ésa es la primera y difícil enseñanza que deberían asumir los jóvenes que quieren entrar en la vida política. Primero, adquirir una importante y seria cualificación académica o profesional; y segundo, con ese bagaje, decidir entrar en la vida política para, con seguridad, coherencia y conocimientos, dar, y no necesaria ni exclusivamente recibir.


Otra característica de Luis que, en mi opinión, resulta también muy difícil de imitar, pero que convendría que fuera tenida muy en cuenta por los jóvenes que se interesan por la política, es su gran capacidad de escuchar y, consecuentemente, de comprender e integrar. Esa forma de ser fue la que durante su largo mandato como secretario general le permitió dirigir y mantener unida y operativa una Federación Socialista Asturiana enormemente problemática, en la cual, por encima de consideraciones y principios ideológicos, muchas más veces de las debidas, primaban los particularismos locales o sindicales, generadores de dificultades de todo tipo, así como de problemas, incomprensiones, intrigas, dobleces y momentos malos o muy malos que estoicamente aguantó sin queja, con la misma serenidad y el estoicismo fuerte que le permitía luchar contra las graves y dolorosas enfermedades que lo aquejaron, sin que nadie le oyera una queja, ni se alterase su quehacer ni su responsabilidad política y administrativa.


Tampoco será fácil de imitar su rigor en el cumplimiento de la ley. Luis se creía la ley y la cumplía, huyendo de subterfugios y de criterios torticeros de posible entrada y salida de los cargos institucionales. La discreción y el respeto institucional que mantuvo a partir del momento de su salida de la vida política resultan paradigmáticos. Desde su nombramiento como consejero del Tribunal de Cuentas, donde ejerció su cargo con eficacia admirable, no volvió a hacer declaración política alguna, ni intervino para nada en la vida política partidaria, cumpliendo a rajatabla el juramento de imparcialidad y de servicio justo para todos los auditados, sin distinción de ideología, partido, territorio u otra nota distintiva.


Y, por último, tampoco es fácil de imitar la imagen de un ex ministro del Gobierno de España, ex portavoz parlamentario de uno de los grupos más importantes de las Cortes Generales, consejero del Tribunal de Cuentas, sentándose, discreta y modestamente, en las aulas donde se impartían los cursos del doctorado -que tuvo que repetir, pues los realizados en los años setenta habían caducado-, y tampoco lo es el esfuerzo realizado cuando ya casi tenía 60 años para culminar el doctorado, por cierto, mediante una tesis importante, que había dejado pendiente por su paso a la actividad política, y que por su calidad merece su pronta publicación, donde Luis compara de forma clarificadora los sistemas de aseguramiento colectivo, de previsión social públicos y privados, utilizando la más importante y actualizada serie de datos, informes y normas.


Llevaría muchas páginas (de las que no dispongo, ni creo que sea éste el momento) hacer un retrato complejo de la compleja personalidad de Luis Martínez Noval, y, como no puedo hacerlo, creo, no obstante, que merece la pena que se haga otra mención, ligerísima, a que junto a sus virtudes cívicas tenía otras, personales, también muy grandes: su sentido de la familia y de la amistad, su cariño y su atención a sus hijos, a Pilar, a sus hermanos. Tampoco hay tiempo para hablar de su sentido de lo lúdico. Luis, pese a su imagen extremadamente seria, fue uno de los inventores de los Tritones del Sella, llegó a tocar la batería en un conjunto de rock y aún le gustaba, sobre todo, «Pink Floyd». Por ello baste hacer mención de su gran sentido del humor, amable e inteligente, y también el detalle de su afición al fútbol, constante seguimiento del Sporting y de la Deportiva Piloñesa, cuyos avatares seguía con escéptica pero siempre esperanzada ilusión. Descanse en paz un hombre de bien.

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