01 de abril de 2013
01.04.2013

El político con fundamento

Los valores de Luis Martínez Noval

01.04.2013 | 00:00

Conocí a Luis Martínez Noval a fines de los años setenta del pasado siglo, y recuerdo bien un largo debate íntimo con él y con Jesús Arango, dos jóvenes y brillantes profesores de Economía. Me impresionó la consistencia con la que defendía una concepción de la socialdemocracia que entonces resultaba francamente moderada para el gusto político imperante. A lo largo de más de un tercio de siglo transcurrido los tiempos y las ideas fueron cambiando, moviéndose de forma paulatina a la derecha, pero él siguió defendiendo con la misma convicción y fundamento un intenso socialismo de reparto (más que de la producción), lo que lo ha acabado situando cada día más a la izquierda. Su sistema de ideas, administrado por una soberana inteligencia, ha venido funcionando como un giroscopio, que conserva la orientación de su eje de rotación a pesar de las fuerzas externas que tienden a desviarlo. La clave reside en la coherencia y el fundamento de su análisis, actualizado con la información de cada circunstancia, pero anclado en unos conceptos que al final responden sólo ante convicciones morales tan radicales como la idea de igualdad.


De la política le interesaba nada más lo esencial, es decir, su potencia para mejorar la sociedad y hacerla más justa, rehuyendo, en cambio, todo el aparato de gesticulación, controversia coyuntural y combate en el espectro que suele revestir la acción política (y que acaba haciendo pensar a muchos que consiste en eso). En los cargos por los que pasó deja un rastro persistente de rigor, firmeza, decencia, austeridad y modestia. En un debate podía ser temible para el adversario, pero sólo por la potencia de sus argumentos y la fuerza de sus convicciones.


La entrega y la lealtad al partido en que militaba, y a su historia, con un estilo clásico hasta la exasperación, enaltecen a la fuerza política que se hacía acreedora de ellas. Tan grande, perseverante y tranquila era aquella entrega, tan voluntariamente asumida, que quizá no sería justo, al despedirlo, dispersar el recuerdo en otras dimensiones de su personalidad, por ricas que sean.

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