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El digno final del último muerto de la Guerra Civil

El asturiano Alejandro Rebollo, abogado de Julián Grimau, destaca la «integridad» del dirigente comunista al afrontar su fusilamiento hace justo cincuenta años

Julián Grimau García.

Julián Grimau García.

Marcos PALICIO

Oviedo

«No hubo gritos ni estridencias» en el campo de maniobras del barrio de Campamento, en Madrid, en la madrugada del 20 de abril de 1963. «Con las manos todavía atadas», a punto de ser fusilado, Julián Grimau García «quiso darme las gracias por la defensa y, aun maniatado, trató de alargar los brazos hacia mí. Le di un abrazo. Al margen de ideas políticas, era un hombre que estaba a un paso escaso de su muerte y la afrontaba con dignidad. Que había aceptado su destino». Ha pasado medio siglo, pero aquel amanecer de abril resiste en la memoria del abogado asturiano Alejandro Rebollo, que ejerció la defensa del dirigente comunista y trató sin éxito de evitar aquella condena a muerte que hoy sigue considerando injusta. A las cinco de la madrugada, a la luz escasa de los faros de unas camionetas, veintisiete balas disparadas por un pelotón de soldados de reemplazo y dos tiros de gracia acabaron con el político madrileño. Hoy hace cincuenta años. Fue la última ejecución de un procesado por delitos cometidos durante la Guerra Civil. El último muerto de la contienda, ajusticiado 24 años después del cese de las bombas.

Alejandro Rebollo Álvarez-Amandi, que después iba a ser presidente de Renfe, fundador del Centro Democrático y Social (CDS) y diputado por Asturias entre 1986 y 1993, era capitán del Ejército, un abogado licenciado con honores que no había cumplido los treinta cuando fue designado defensor de Grimau en el consejo de guerra. Madrileño de nacimiento y ovetense de sentimiento, conserva de aquel episodio negro de la dictadura franquista el recuerdo amargo de un proceso lleno de irregularidades. El reo, que dirigía el Partido Comunista en la clandestinidad, había sido detenido el 7 de noviembre de 1962 y acusado de un delito continuado de «rebelión militar» por haber ordenado supuestamente torturas y asesinatos como responsable de la «checa» instalada durante la guerra en la plaza Berenguer el Grande de Barcelona. Rebollo acudía ayer al viejo axioma jurídico, «lo que no está en el proceso no está en el mundo», para explicar que de ninguna de aquellas imputaciones se presentaron pruebas consistentes. «Mi defensa se basó mucho en la poca fiabilidad que daban los testigos, que en realidad no eran testigos», afirma Rebollo.

El digno final del último muerto de la Guerra Civil

El digno final del último muerto de la Guerra Civil

El acusado, utilizado según algunas versiones por el régimen franquista para escarmentar a la oposición en un momento de elevada conflictividad política, fue condenado a la pena capital pese a que la estrategia de defensa «era muy fácil desde el punto de vista jurídico», rememora el abogado. Los supuestos testigos hablaban de oídas, no había argumentos: «Si las pruebas que se aducen no las pueden ver las dos partes, no sirven», persevera.

Grimau fue condenado y ejecutado a pesar de todo, desoyendo una heterogénea batería de reacciones de repulsa que incluyó más de 80.000 telegramas pidiendo la paralización del juicio y peticiones de clemencia de la procedencia más diversa, desde el Papa Juan XXIII a John F. Kennedy o el líder soviético Nikita Jrushchov. «Lógico», valora ahora el abogado. «Habían pasado muchos años desde la guerra».

El digno final del último muerto de la Guerra Civil

El digno final del último muerto de la Guerra Civil

De los momentos complejos que compartió con el condenado, hablando en las horas previas a la ejecución de literatura, de arte o de la encíclica «Pacem in terris», Rebollo conserva «el respeto y el afecto» por Grimau, la impresión de que «desde el punto de vista humano, al margen de los juegos políticos, lo vi muy persona. Me alegro mucho de haber podido defenderlo pese al poco éxito profesional que tuve, porque estaba juzgado de antemano».

«No lo oí ni lo vi nunca despotricando, gritando, rebelándose», rememora. «Era un hombre lo suficientemente inteligente como para saber que aquello le había caído a él y lo aceptaba. Se enfrentó a las circunstancias duras y complejas de su vida sin perder la dignidad. En los tiempos en los que yo lo conocí fue una persona íntegra hasta el ultimo momento».

A la mención de Grimau asaltan la memoria de Rebollo los recuerdos de sus enfrentamientos con el fiscal. Como cuando el defensor, para justificar la falta de sentido del proceso, parafraseó a Franco diciendo que «el Valle de los Caídos se alzaba como símbolo de la reconciliación nacional. El fiscal me replicó, yo dije que el acusador estaba llamando mentiroso al Jefe del Estado y se montó un follón impresionante. Incidencias así, las que quieras».

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