Mané Fernández Noriega (Santiago de Chile, 1963), coordinador de Xente Gai Astur (Xega) y el coordinador del área transexual de la Federación Estatal, nació mujer, fue bautizado como María Inés y, después de un larguísimo proceso que recorre la mayor parte de su vida con dolor y con lucha, llegó a ser hombre contra su cuerpo y su educación.

Hijo de asturianos, criado en un ambiente de clase media alta en la capital chilena, vino a España para ganar libertad a los 23 años, y a los 34 consiguió el sexo que quería y su reconocimiento legal.

-¿Al dejar el colegio en Santiago de Chile su vida empieza a cambiar?

Me encuentro con personas que entienden, personas homosexuales, que ven la realidad de otra manera, aunque entonces sólo se hablaba de lesbianas y de gays, no de transexuales. Empecé a moverme con muy poca más libertad. Salgo más de casa, voy a los café concert, medio clandestinos donde había canción protesta y se me caen muchas estructuras. En ese ambiente fue comenzar de cero. No sabían de dónde venía, no me conocían como «hijo de».

-¿Cómo fue su primera relación con una mujer?

Para mi relación con la familia, traumático. Después de una discusión con mis padres me fui a vivir con ella, que era mi enfermera jefe, diez años mayor que yo, a un barrio que podríamos llamar marginal. Fue la primera mujer que me empezó a tratar como a un chico. La quise pero no estuve enamorado. La situación fue un toque de atención hacia mis padres porque llevábamos bastante tiempo diciendo que yo me iría a vivir a España por causa de esto pero se iba postergando, condicionando a que hiciera esto o aquello. Creían que me acostumbraría a mi situación.

-¿Cuánto estuvo con ella?

Un año. Echaba de menos a mi familia. Cuando llegaban las Navidades, cumpleaños, volvía a casa para mantener el paripé con los demás. Cuando venía a Lastres, donde nos conocía todo el mundo, tenía que mantener las apariencias.

-¿Por qué nunca cortó con su familia?

Por la cobardía del «¿qué pasará?». La comodidad con mi familia era muy grande y tampoco quería hacerles daño. También el miedo a perder a mi madre, una persona muy especial.

-¿Por qué?

Sé que me quiere y, aunque tengo fama de duro, necesito cariño, una caricia y un beso. Mi madre y yo nunca nos dijimos «te quiero». Ahora sí. En los momentos duros, la tuve y sé que le costó muchas peleas con mi padre y con mi hermano. Se lo supo tragar.

-¿Cómo acabó la relación con la enfermera jefe?

Con mi marcha a España y con un montón de promesas que nunca se cumplieron. Llegué a Oviedo para estudiar Medicina y con la idea de ser Mané. Aquí conocía a otra mujer y mantuve una relación con ella, teniendo los dos las ideas muy claras. Vivíamos juntos en San Lázaro con un hermano suyo.

-¿Qué aspecto tenía usted?

Andrógino. Aquí tuve, por primera vez, el placer de entrar a comprar en las tiendas de chicos. Lo veían con tanta naturalidad... Era Inés o Mary y luego Mané, pero todo el mundo lo sabía. Incluso en Lastres. El aire de libertad no era tanto. Lo noté cuando empecé el proceso transexualizador.

-¿Desde cuando quería hacerlo?

Desde Chile. Leíamos de Bibi Andersen y de Carla Antonelli y poco más.

-¿Por qué no fue a vivir a Barcelona o a Madrid?

Siempre me ha gustado hacer las cosas difíciles. Pasé de una microsociedad muy conservadora en Chile a una macrosociedad muy conservadora.

-¿Cómo es el proceso de cambio de sexo?

Primero te diagnostica un psiquiatra o un psicólogo para confirmar que no estás loco. Seguimos en un catálogo de enfermedades mentales, pero de lo que se trata es de descartar otras patologías y determinar que estamos ante un cuadro de transexualidad.

-¿Cuál es el diagnóstico?

Disforia de sexo, que no estoy de acuerdo con el sexo que me tocó al nacer y sufro una depresión por ello.

-¿La sufría?

Cuando vine a España, no me encontraba bien. La carrera de Enfermería, los cursos de Medicina y después la carrera de Psicología me dieron instrumentos para explicarme y entenderme, aunque no trataran el tema específicamente.

-¿Y luego?

Un tratamiento endocrino -que es para la vida- que debes seguir dos años y después optas o no por la cirugía.

-¿Qué tal el tratamiento?

En seguida notas los cambios radicales, sobre todo en el caso de chica a chico. En cuatro meses te empieza a cambiar la voz, salen los primeros rasgos de barba, la estructura, cambia la disposición de la grasa... Los que no te conocían antes se asombran cuando se enteran de que eres una persona transexual.

-¿Cómo se sentía usted?

Con mucha fuerza. En el espejo empiezo a ver a Mané. Hay algo que marca una inflexión. Durante muchos años me duchaba con camiseta y a oscuras. Mi relación conmigo y con mi cuerpo empieza a cambiar. Empiezo a sentirme más seguro y a fortalecerme dentro de la sociedad, a fortalecerme: «Soy Mané, me tenéis que ver así y respetarme». En esa época había acabado Psicología y trabajaba en Proyecto Hombre. Mi chica había prometido seguirme en todo el proceso. Aunque en Lastres se sabía lo nuestro, no se aceptaba. Cuando ya era notorio, ella no me siguió. La relación acabó en 2000. Pero en el proceso se fue mucha gente.

-¿Perdió a personas cercanas?

Grupos de amigos.

-¿Cómo son las cirugías?

Como entrar en el bombo de una lotería. Nadie puede asegurar el resultado. Yo no me puedo quejar, pero hay que tener suerte.

-Y usted se registra como Mané, se acabó María Inés.

En 1997, cuando sale la ley. Se cambia la partida de nacimiento para poner en ella el género que nos corresponde y, a partir de ahí, toda la documentación.

-¿En qué trabaja usted?

Ahora, en seguridad privada. Antes, en la casa natal de mi padre habíamos hecho un hostal que llevaba la familia de la chica con la que tuve esa relación. A partir de 2000 me hice cargo de todo y lo cambié a hotel con cafetería. Pensé que ahí teníamos un futuro y que había que pasar a vivir en la verdad, no en la mentira, pero no pudo ser, la relación rompió con ella y con su familia de muy mala manera.

-¿Cuánto tiempo llevó el hotel?

Cuatro años. Allí trabajaba una chica con la que empezaron a pasar cosas. Estaba casada, se separó, vino a vivir conmigo y se trajo a sus dos hijos, con los que me llevaba bien, y esto se convirtió en un escándalo en Lastres. Una mujer dejaba a su marido para vivir conmigo... No se podía ni imaginar.

-¿Con otro no habría habido tanto problema?

No. Yo llevaba la mochila de ser transexual. Su entorno, su ex pareja y sus padres nos hicieron la vida imposible. Ella volvió con su marido en una decisión que tomamos los dos. En 2009 enfermó de cáncer y en 2010 murió.

-¿No puede empezar de cero?

Yo sí, pero las relaciones posteriores siguieron el mismo patrón. Ahora soy visible, conocido, y eso no facilita las cosas. «Es que se puede enterar mi familia», me dicen. A mí me la refanfinfla que su familia se entere.

-¿Cómo siente que le ha tratado la vida?

No me ha tratado bien. No me considero una persona feliz, aunque creo que la felicidad son momentos. Muchos, viniendo de donde vengo y logrando lo que he logrado, me pueden reprochar que piense así; pero he tenido que pagar mucho por una deuda que no era mía, ni quería contraer. Fue una deuda que me vino impuesta y la sociedad se encarga de recordármela casi todos los días.

-¿Echa de menos no haber logrado algo?

Me hubiera encantado haber podido ser padre biológico.