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"Los únicos que nos manchamos con el 'Prestige' fuimos nosotros"

Los asturianos que participaron como voluntarios en la limpieza del litoral tras el desastre sienten "rabia" tras una sentencia que "deja irse de rositas" a los culpables

De izquieda a derecha, Saturnino Ramos, Carlos Feijoo, Nieves Álvarez, Lucas Estrada y Marcelino Ramos, ayer, en la playa de Xivares (Carreño). | miki lópez

Aunque han pasado once años desde que el desastre del "Prestige" tiñó de negro la costa asturiana, Marcelino Ramos todavía mantiene en el recuerdo el intenso olor a gasolina de las manchas de petróleo que retiró durante semanas de las playas de Carreño, uno de los concejos más afectados por el vertido. Ahora, tras conocer que el anciano capitán del barco es el único condenado por la tragedia medioambiental, sólo por desobediencia, no puede ocultar su "rabia", y siente que él y el resto de voluntarios que participaron en la limpieza son los únicos que se han manchado las manos a consecuencia de un "auténtico crimen ecológico", tras el que "muchos de los responsables se han ido de rositas". Ramos, junto a otros cuatro asturianos que en su día formaron parte de las brigadas de voluntarios, acudió ayer a Xivares para rememorar "la triste experiencia" en la primera playa asturiana que vio llegar la marea de galipote.

"La magnitud de la catástrofe en Galicia fue tan grande que las consecuencias en Asturias quedaron en segundo plano, pero los efectos en esta región también fueron tremendos. No dábamos abasto a la hora de retirar el galipote. Limpiabas un día y al siguiente aun había más", asegura Ramos, que es vecino de Candás y recogió los restos del vertido en varias playas de Carreño. "Cuando vi cómo estaba todo, lloraba de rabia. Todavía me pregunto si a mí y a todos los que participamos como voluntarios nos pasará factura en la salud todo lo que respiramos. Llegábamos a casa mareados y por la mañana volvíamos otra vez", recuerda. Lo que tampoco se le olvida es "la tremenda solidaridad de la gente". A él, que forma parte del Club de Buceo de Candás, le tocó coordinar a los buzos voluntarios que llegaron al concejo para participar en las labores de limpieza. "Vinieron de León, de Salamanca, de Madrid... La respuesta fue impresionante", afirma.

Lucas Estrada, ahora vecino de la urbanización cercana a la playa de Xivares, tampoco olvida los días que pasó recogiendo el galipote del "Prestige". Por aquel entonces, veraneaba en Perlora y formó parte de los voluntarios que actuaron en el arenal de Carranques. "La playa en la que jugaba de pequeño estaba completamente negra. No puedo explicar lo que sentí al ver aquello. Lo único que se podía hacer era ponerse a trabajar para tratar de remediarlo, pero todo estaba lleno de manchas del vertido y resultaba desesperante", asegura. "No entiendo cómo uno de los mayores desastres medioambientales de la historia de España ha podido quedar impune. Se destrozó buena parte de la costa cantábrica, hubo muchas especies animales que se vieron afectadas y se gastó un montón de millones en reparar los daños, pero aquí nadie es responsable de nada", subrayó Estrada. En su opinión, "son bastantes los que deberían pagar las consecuencias".

El candasín Saturnino Ramos se expresó en la misma línea. "No sé quién es el culpable, no es mi labor averiguarlo, pero lo que está claro es que alguien tiene que responder por una catástrofe de consecuencias devastadoras". Él estaba a punto de irse como voluntario a Galicia, cuando las manchas de petróleo comenzaron a llegar a Asturias. "Tuve que quedarme aquí porque los efectos del vertido sobre la región fueron impresionantes. En los medios de comunicación no llegó a verse todo lo que había. Se grababan reportajes en las playas, pero los pedreros estaban repletos de galipote y todavía hay zonas en las que quedan restos", explica. Al darse cuenta de los efectos del desastre medioambiental, a Saturnino Ramos se le vino el mundo encima. "Fue algo histórico y penoso. El concejo en el que yo nací y otros muchos de las costas asturiana estaban teñidos de negro. Las rocas en las que yo cogía cangrejos cuando era niño brillaban por el petróleo. Al coger las manchas del vertido te quedaban pegadas al cuerpo, y el olor, a pesar de llevar mascarillas, llegaba a marearte", rememora.

Carlos Feijoo, otro de los voluntarios que ayer estuvieron en Xivares, también recuerda aquellas jornadas de trabajo. "Las "galletas" de galipote eran de medio metro de ancho y el mar sacaba cada día toneladas de petróleo. Fue un desastre horroroso que no puede volver a ocurrir jamás", denuncia.

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