Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

LA MIRADA DE LÚCULO | CRÓNICAS GASTRONÓMICAS

El vino del león de Tréveris

Un recuerdo de Marx, Heine y el Mosela que se remonta a una tarde en el cementerio londinense de Highgate descorchando una botella de dorado y elegante Riesling

El vino del león de Tréveris

El vino del león de Tréveris

Una pincelada para empezar. Mosel es la región vinícola más antigua de Alemania y una de las clásicas referencias europeas. Las empinadas laderas de sus soleados valles fluviales están densamente plantadas con vides, más que en cualquier otro lugar del mundo. Los romanos empezaron a cultivar allí la vid dos

En Mosel hay más de cuatro mil bodegas y un centenar de tipos de cultivo de vino: alrededor de 8.800 hectáreas con cerca de 55 millones de vides a lo largo de los 243 kilómetros entre Perl-Nennig, en la frontera con Francia, y Coblenza. La variedad de uva Riesling, utilizada para uno de los mejores vinos blancos del mundo, encuentra excelentes condiciones de crecimiento en los suelos de pizarra de las laderas escarpadas. Los vinos del Mosela, Sarre y Ruwer son conocidos mundialmente por su excelente sabor a fruta. Elegantes y minerales, en el caso del Riesling. Otras variedades importantes son Müller-Thurgau (también conocida como Rivaner), Pinot Blanc y Pinot Noir.

No, no creo que brindásemos aquella tarde londinense de Highgate por el hecho de que los padres de Marx fuesen propietarios de viñedos a lo largo del Ruwer, en Mertesdorf, donde poseían varias parcelas. En aquel tiempo -me estoy refiriendo, como ya se habrán dado cuenta, a las primeras décadas del siglo XIX- era bastante común que las familias burguesas adquiriesen viñedos para abastecer su propio consumo de vino, para la inversión o con el fin de asegurarse la vejez. El viñedo de la familia Marx se encuentra en Viertelsberg, un terroir de calidad media, cerca del castillo Gruenhaus. Hoy en día, el Weingut Erben von Beulwitz produce Spaetburgunder, el equivalente a Pinot Noir, con una ilustración de Karl Marx en la etiqueta para homenajear al más ilustre hijo de Tréveris. El vino no es exactamente del viejo viñedo familiar, pero sí procede de la uva de otros cercanos.

El brindis de Highgate con el elegante Riesling no era por el viñedo de Viertelsberg, ni siquiera por el Pinot Noir, que más tarde se etiquetaría con el rostro del autor de El Capital, que no es precisamente una joya enológica aunque sí un vino de precio económico, unos 10 euros, recomendable para acompañar ciertos platos de caza tan del gusto de la región. Tampoco brindamos en Highgate porque a Marx le gustase beber vino y lo apreciase hasta jugar un papel decisivo en su futuro. Hay que tener en cuenta que fue la miseria de los productores de vino de Mosela lo que incitó a estudiar e investigar los asuntos económicos en general. Escribió en varios periódicos sobre los problemas de los viticultores y criticó al Gobierno prusiano por su falta de apoyo al sector. Eso le acarrearía sucesivos conflictos con las autoridades, que en 1840 acabarían conduciéndolo al exilio, primero París, después Bruselas y, finalmente, Londres, donde nos encontrábamos alzando la copa al lado de su tumba sin que ello preocupase lo más mínimo a quienes se acercaban para depositar flores, con temperamento autómata y un rictus de estreñimiento en el rostro.

Cuando Napoleón perdió la guerra, las tierras ocupadas al oeste del Rin fueron entregadas a los prusianos tras el congreso de paz de Viena en 1815. Esto marcó el comienzo de una edad de oro para los productores de vino de Mosela, que se beneficiaron de las exportaciones libres de impuestos a Prusia. Por desgracia, la bonanza duró poco. Con la creación de la Unión Aduanera en 1834, los viticultores de los estados alemanes del Sur se apresuraron a desplazar con éxito a sus competidores del Mosela. Entonces el precio de los vinos descendió. La política fiscal prusiana desfavorable, junto con las malas cosechas, llevó al empobrecimiento a muchos viticultores de la región. Marx, horrorizado, criticó al Gobierno, desoyó la censura de prensa y al final tuvo que salir pitando.

En París conoció a Heine, el poeta más profundo en lengua germánica, que había pasado a engrosar la nómina dolorosa de los inmigrantes condenados a rumiar la podredumbre romántica en viejos apartamentos llenos de mugre y colchones piojosos. Trabó amistad con él aunque éste sólo llegase a identificarse con la mística revolucionaria a través de la palabra estética y el sufrimiento humano. Alejado de cualquier concepto racionalista, Heine escribiría, no obstante, aquello de "maldito sea el rey, el rey del rico, insensible a nuestra miseria...", del Canto de los tejedores de Silesia.

En Highgate, aquella tarde, cuando la humedad amenazaba hasta con erosionar la piedra, ya me acuerdo, brindábamos por los poetas muertos.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats