La Transición, en cuatro frases
Una biografía de Torcuato Fernández-Miranda obra de su sobrino nieto ahonda en el perfil del carismático político gijonés

Torcuato Fernández-Miranda saluda al Rey Juan Carlos.
Eduardo GARCÍA
"El guionista de la Transición. Torcuato Fernández-Miranda, el profesor del Rey" es un libro que acaba de ver la luz escrito por Juan Fernández-Miranda, periodista y sobrino nieto del político gijonés que fue figura clave en el cambio político a partir de la muerte de Franco. El libro, que lleva prólogo del Rey don Juan Carlos, indaga en los entresijos vitales del que fuera vicepresidente del Gobierno, secretario general del Movimiento y presidente de las Cortes, además de profesor del monarca. Torcuato es autor de algunas frases para la historia de la Transición y esto es lo que se cuenta de ellas, y sus circunstancias, en este volumen.
"El odio puede soñar con posibles revanchas, pero es inútil". Hacía menos de dos horas que el presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco, había sido asesinado en atentado terrorista en Madrid. Día 20 de diciembre de 1973. Reunión del Consejo de Ministros. La silla de Carrero, vacía. Y un asturiano de 58 años, gijonés de nacimiento, catedrático de Derecho y político con sentido de Estado, Torcuato Fernández-Miranda y Hevia, se pone en pie y dice:
-Señores, seriedad y serenidad (...). Soy el Presidente y estoy seguro de la colaboración de todos.
En aquel Consejo de Ministros, alterado y alertado, la figura de Torcuato fue la de un gigante que paró los pies al ministro de Educación, Julio Rodríguez, partidario de crear comandos de castigo para llegar "hasta donde la Policía no puede llegar". Afuera, el líder ultra Blas Piñar se ponía a disposición del Gobierno. La crisis más grave sucedería aquel día por la tarde cuando el director general de la Guardia Civil, el general Iniesta, envía orden a los mandos de actuar, si llegara el caso, sin restringir el empleo de armas. Por su cuenta y riesgo.
Torcuato le pide al ministro del Ejército en funciones, Gabriel Pita da Veiga que le ordene inmediatamente dejar sin efecto la orden y asume toda la responsabilidad de la decisión. Así se hace.
Fueron horas tensas en las que el político gijonés maneja la situación, coronadas por su intervención en televisión para oficializar la noticia del atentado. Son 148 palabras, bien cocinadas en el Consejo de Ministros. Noventa segundos. A Torcuato no le tiembla el pulso: "el odio puede soñar con posibles revanchas, pero es inútil".
"Hay quien piensa que entre las nieblas cabalgan las brujas". Torcuato Fernández-Miranda sonaba para presidente del Gobierno en sustitución de Carrero Blanco pero en la votación del Consejo del Reino tiene un solo voto. Nadie se lo explica 40 años más tarde.
Franco se decide por Arias Navarro y en esa encrucijada no exenta de decepción profunda, Torcuato se acuerda de la conversación de horas que tuvo con Carrero la noche antes del atentado. "Franco no es el que era", le reconoció Carrero. Evidente. Otro lunar: el entorno "agobiante" más próximo al dictador, del que Carrero Blanco recelaba.
Ese entorno iba a comenzar a moverse con agilidad e intensidad nada más conocerse la muerte de Carrero y la necesaria búsqueda de un recambio. Quizá Torcuato Fernández-Miranda infravaloró la fuerza del núcleo duro, comandado por Carmen Polo.
En plena cena de Nochebuena Torcuato les comunica a su mujer Carmen y a sus hijos que no habrá nombramiento presidencial. Y envía un mensaje familiar: "No hagáis como los hijos de Maura, que cuando su padre fue cesado por Alfonso XIII se hicieron republicanos".
De vicepresidente con aspiraciones a presidente, a jubilado de la política. Y en cuestión de horas. El discurso de Torcuato en el acto de toma de posesión de Carlos Arias Navarro es como para estudiar.
Lo inicia de forma un tanto críptica. "Se ha dicho que soy un hombre sin corazón, frío y sin nervios. No es verdad, lo que pasa es que soy asturiano".
Desconcierto en la sala. ¿A dónde quiere llegar Torcuato? Y Fernández-Miranda lo explica casi a modo meteorológico. "En las tardes abiertas de cielo raso los asturianos sabemos que las nubes y las nieblas surgirán de las entrañas de la tierra o desde la invasión de la mar. En esos atardeceres, los valles, montañas y senderos se hacen peligrosos (...) y hay quien dice que entre la densa niebla cabalgan las brujas".
Casi nadie entendió nada. Todo es metáfora: la vejez del dictador convertida en tarde, las influencias señaladas como nubes del raciocinio; las brujas, quizá, con nombre de mujer real...
Franco era listo. Más que la mayoría de los que le rodeaban. Cuando Torcuato acude al Pardo a despedirse del dictador, se da cuenta de que aquel octogenario achacoso sí fue capaz de entender más allá de las palabras.
-No, Miranda, no me he equivocado. Y los montes están despejados.
"El riesgo de un príncipe es que muchas veces tendrá que hacer como los trapecistas, trabajar sin red". "Iremos de la ley a la ley". La frase de Torcuato Fernández-Miranda es bien conocida y resume el proceso de la transición. Pero no era una frase nueva.
Se dice que Torcuato Fernández-Miranda se la dijo al entonces príncipe Juan Carlos en el verano de 1969, unos días después de que Franco anunciara al joven que le iba a nombrar sucesor a título de rey.
Era un regalo envenenado. Juan Carlos debería jurar los Principios del Movimiento, la síntesis legal del franquismo. El príncipe pide consejo a Torcuato, que ejercía de preceptor desde 1960 y había logrado una estrecha relación con el que apuntaba a futuro rey de España.
¿Qué hago, juro o no juro? Era la pregunta del Príncipe. El pragmatismo de Torcuato aflora con toda su fuerza: "Jure usted los Principios del Movimiento, que ya los iremos cambiando legalmente uno tras otro". Y la frase la redondea con su "iremos de la ley a la ley".
Alguien puede entender la escena como un ejercicio de traición. Torcuato no. Torcuato se imaginaba la España post-caudillo, la transición política, pacífica y ordenada, con varios años de antelación.
En 1960, cuando a Fernández-Miranda se le encomienda un papel significativo en la formación del príncipe, el político gijonés era director general de Enseñanza Universitaria. Con 44 años.
Torcuato y Juan Carlos se reúnen cada día en la Casita de Arriba, cerca de El Escorial. Clases sin libros, lo que desconcierta a Juan Carlos. Torcuato habla, el príncipe escucha. "La Historia se repite, pero no se parece". El riesgo de un príncipe -le avisa el profesor de Derecho Político al joven universitario- es que muchas veces tendrá que hacer como los trapecistas "que trabajan sin red".
Franco recela de aquellas clases en privado y ordena que asista a ellas un ayudante militar del príncipe, a modo de comisario político. A pesar de ello en aquellos meses se forja una amistad que se mantuvo en el tiempo. Torcuato profesor, consejero, guía y, en cierto modo, parapeto frente a esa Historia llena de borrascas que se avecinaba.
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