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El crimen que desmoronó a Azaña

El político gijonés Melquíades Álvarez fue fusilado tras una farsa de juicio en el asalto a la Cárcel Modelo de Madrid en la noche del 22 al 23 de agosto de 1936, hace 80 años

El político gijonés, tras su asesinato.

Melquíades Álvarez González Posada (Gijón, 1864-Madrid, 1936) , la gran figura política del reformismo español en el primer tercio del siglo pasado, solía tomarse unos días de descanso en su villa natal a principios del mes de julio, pero en 1936, la crítica situación que vivía España le obligó a variar sus planes. El líder de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, encarcelado por el Gobierno republicano, pidió amparo al Colegio de Abogados de Madrid y éste designó a su Decano, precisamente Melquíades Álvarez, para que le defendiera, una encomienda que aceptó sin dudar. El 10 de julio, en el periódico Informaciones, el asturiano se explicó: "Creo que con ello cumplo un deber. Tengo ideas contrarias a las de mi representado, pero esto no es obstáculo para defenderle", según cita José María Zavala en "Los expedientes secretos de guerra civil". Álvarez se quedó en Madrid aquel julio y con ello selló su destino.

Tras el 18 de julio, aunque tuvo oportunidad de alejarse de Madrid, decidió quedarse en una capital que se le estaba yendo de las manos al Gobierno republicano. Buscó refugio en casa del catedrático de Derecho Penal Jaime Masaveu y y su esposa, Carolina Álvarez Quintana, en el número 21 de la calle Lista de Madrid. Fue allí donde los milicianos le detuvieron el 4 de agosto del 36. Pasó los últimos días leyendo "Le style, la chose et la manière", de A. Langlois, un esteta novecentista.

Su destino sería la Cárcel Modelo de Madrid, en el barrio de Argüelles, una de las prisiones donde el Gobierno estaba concentrando a los simpatizantes del golpe de Estado, y también a representantes de la derecha percibidos como enemigos de la República. El historiador hispano-escocés Julius Ruiz, en su libro "El terror rojo", calcula que había 1.800 presos políticos de derecha (unos 1.100 militares y 700 "señoritos" de derechas), junto a 2.000 presos comunes.

Melquíades Álvarez no saldría vivo de allí. En la noche del 22 al 23 de agosto de 1936, fue asesinado junto a otros 31 destacados políticos y militares, entre quienes se contaba el valdesano Manuel Rico Avello (exministro de Gobernación, odiado por haber organizado, según Ruiz, las elecciones más limpias de la República, las de 1933) y el sierense Ramón Álvarez-Valdés, exministro de Justicia.

La matanza se ha visto como una venganza por el bombardeo de los rebeldes sobre el barrio de Argüelles o por la masacre que las tropas de Yagüe perpetraron tras la toma de Badajoz. Paul Preston, en "El holocausto español", da credibilidad a esta versión. Otros, como Julius Ruiz consideran que los hechos fueron más confusos.

El periódico "Claridad", afín al socialista Largo Caballero, fue encendiendo los ánimos al desvelar supuestas provocaciones de los presos fascistas, así como su connivencia con los funcionarios de prisiones, que estarían permitiéndoles armarse. Primero el 15 de agosto y luego el día 22, las celdas fueron registradas por parte de agentes del Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP, más conocida como la "cheka de Bellas Artes" y más tarde la "cheka de Fomento"), entre los que se contaban personajes como Felipe Sandoval, "Doctor Muñoz", un atracador de bancos que hasta hacía poco había estado encerrado en la propia Modelo y que decía actuar en las filas de la CNT (según Preston, fue reclutado por el anarquista cudillerense Amor Nuño). Sandoval y los suyos aprovecharon para desvalijar a los presos derechistas.

Durante el segundo registro, la situación comenzó a complicarse cuando los presos comunes exigieron ser excarcelados con la promesa de luchar por la República. En ese momento se prendió fuego a una tahona de la prisión. Al ver la columna de humo, las milicias pensaron que se trataba de una revuelta de los presos fascistas. En torno a la cárcel se congregó una muchedumbre que exigió la muerte de los presos políticos. Hubo un tiroteo con tres presos muertos y otros once heridos. Mientras se ponía en libertad a los comunes, los milicianos decidieron poner fin de una vez por todas al problema. Hicieron una selección de 32 presos significados como fascistas o conservadores (entre ellos Ruiz de Alda, uno de los fundadores de Falange, pero también Melquíades Álvarez). Siguió una farsa de juicio, en la que los milicianos fueron condenando a muerte a los 32, y fusilándolos en los sótanos de la prisión.

Esa misma noche, el encargado de negocios británico, George Ogilvie-Forbes, acudió a ver al ministro de Exteriores, el veigueño Agustín Barcia Trelles. Paul Preston asegura que el asturiano le confesó al borde de las lágrimas que no podía hacer nada. Julius Ruiz sostiene que el británico amenazó con una invasión inglesa, y que eso frenó las muertes extrajudiciales.

El impacto de la muerte de Melquíades Álvarez en el Gobierno republicano fue tremendo. El presidente del Gobierno, José Giral, rompió a llorar cuando supo lo ocurrido. "Hemos perdido la guerra", aseguró por su parte el socialista ovetense Indalecio Prieto. Y Azaña, que había estado en el partido de Melquíades Álvarez entre 1912 y 1923 -se separaría de él por la tibia postura del gijonés ante la dictadura de Primo de Rivera-, se desmoronó y amenazó con dimitir (hay quien asegura que incluso habló de suicidarse ), aunque le convencieron "de que no podía abandonar su país y dejar sus responsabilidades en aquellas circunstancias", según aseguró el historiador ovetense Enrique Moradiellos, catedrático en la Universidad de Extremadura.

Sin embargo, estas reacciones de dolor no convencen al jurista Manuel Álvarez-Buylla, bisnieto de Melquíades Álvarez, para quien la responsabilidad por la muerte del político gijonés recae en el Gobierno de Azaña. "Le metieron en prisión sin un proceso, ni una acusación, y no para proteger su integridad", señala.

"La cárcel dejó de ser segura, se les fue de las manos. Ahí radica la responsabilidad del Gobierno de la República", añade Manuel Álvarez-Buylla. El bisnieto del político gijonés se queja de lo maltratada que ha sido su figura por la historia. "Las mismas ideas que tenía en 1931 las tenía en 1936. Se le acusa de haber pactado con unos y con otros, de haber sido un chaquetero, pero si uno lee sus discursos vemos que defendía la libertad individual, la independencia del poder judicial, la separación entre la Iglesia y el Estado, todo ello principios consagrados por nuestra Constitución. Era un reformista liberal que ensayó la tercera vía, que prefirió la evolución a la revolución", estima.

Enrique Moradiellos concede que Álvarez fue una figura muy importante en la Restauración, embarcado en la empresa del reformismo y la evolución hacia la democracia, maestro de Azaña -otro de sus hijos políticos sería Leopoldo Alas, fusilado en Oviedo por los nacionales-, pero tuvo una actitud demasiado respetuosa con la Dictadura de Primo de Rivera, y "no dio el paso de declararse republicano, lo que hizo que su caudal político se agotase".

De haberse mostrado más abiertamente republicano, Moradiellos no duda que hubiese podido ser un candidato a la presidencia, dado su ascendiente y el respeto que despertaba su trayectoria. "Tras declararse la República era una estrella declinante. Tuvo la mala suerte de operar en Asturias, escenario de la Revolución de 1934, en la que vio las debilidades del régimen", indica. Su muerte, añade, "fue el ejemplo de la pérdida de control por parte del Gobierno republicano en los primeros meses de la guerra civil. Que estuviese en la cárcel ya muestra la situación".

El historiador gijonés Manuel Suárez Cortina, catedrático en la Universidad de Cantabria y autor entre otros títulos de "El reformismo en España", resalta que "Melquíades Álvarez es una figura clave en el tránsito hacia la democracia", defensor de la reforma agraria, de una reforma territorial municipalista y regionalista, que durante la República, con su Partido Liberal Democrático, quedó situado en el centro y en ocasiones en el centro derecha, "lo que explica en parte la barbarie de la que fue víctima a manos de unas milicias descontroladas" a las que el historiador prefiere no identificar ideológicamente.

Suárez Cortina cree que Melquíades Álvarez "era básicamente republicano", aunque encarnaba una cultura institucionalista, partidaria de una evolución del modelo de Monarquía de la Restauración en una verdadera monarquía constitucional. Su influencia en la política actual española lo demuestra el hecho de que el Partido Popular tiene una fundación dedicada su figura. "Está inserto en la tradición de la democracia liberal y de la cultura política contemporánea".

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