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La guía secreta de Asturias

El baile de las fayas

El hayedo de Peloño, en el concejo de Ponga, tiene entre sus joyas naturales el roblón de Bustiellos, con más de treinta metros de altura y ocho de diámetro

El baile de las fayas

A veces el destino nos regala estar en el lugar oportuno en el momento oportuno justo antes de que todo cambie, algo que sucedió hace unos días con la llegada de las primeras nevadas. Un día antes de que el blanco manto llegase hasta la majada de Les Bedules, donde se debe dejar el coche para continuar a pie para adentrarse en el bosque de Peloño, en el concejo de Ponga, los colores del otoño se mostraban en todo su esplendor ante quienes, obviando el miedo al mal tiempo, optaron por recorrer parte de esos 17 o 18 kilómetros de Naturaleza increíble que es este bosque precioso y singular. Una semana después, según relatan los vecinos, el acceso desde Les Bedules parece estar limpio y se ven pocos rastros de nieve, salvo en las zonas más altas.

Considerado uno de los bosques de fayas más grandes y mejor conservados de todo el país, es uno de los lugares más espectaculares para hacer senderismo y sobre todo llegado el otoño, cuando el paisaje resulta impresionante con su diversidad de colores: los tostados, ocres y marrones conviven con diversas tonalidades de verdes y amarillos.

Peloño es especial. Se puede escuchar la lluvia cayendo entre las hojas y el ruido de nuestras propias pisadas sobre la gran alfombra que inunda parte del camino. También comparte espacio el viajero con algún ganadero que baja sus animales de las zonas altas cuando llega el mal tiempo. Tal es el caso de Jacobo Adriano García Alonso, que cruzaba el bosque con sus vacas, hacia pastos más bajos.

Allí, entre senderos que se cruzan y árboles que se van quedando más y más desnudos, también hay robles, aunque en mucha menor proporción. Eso sí, el rey de todos ellos, del que hay que distanciarse muchos pasos para observar su altura, cerca de 30 metros, o el diámetro de su tronco, ocho metros, es el roblón de Bustiellos, que se encuentra fácilmente en la ruta por este bosque y que está a unos cinco kilómetros, aproximadamente, de haberla iniciado.

En medio de un suelo naranja por tantas hojas caídas, el roblón se deja querer por las fayas elevándose un poco más hacia ese cielo que tarda en aparecer buscando su copa, con la mirada, desde abajo. Viéndolo así rodeado de esbeltas fayas, casi podría parecer, poniendo un poco de imaginación, que aun en su inmovilidad están bailando el corri-corri, esa danza ancestral de Arenas de Cabrales protagonizada por un solo hombre, "el bailín", y un grupo de mozas que portan en sus manos ramas de laurel, hierbaluisa o felechos, y que durante el baile, lo van rodeando. Y es que Peloño tiene magia y la regala, generoso, a quien lo visita.

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