El arquitecto que no conquistó Covadonga

Madrid celebra el tercer centenario del nacimiento de Ventura Rodríguez, un "grande" según Jovellanos, que fracasó en reconstruir la basílica

Proyecto del templo de Covadonga de Ventura Rodríguez que no llegó a construirse. / LNE

Mónica G. Salas

Oviedo

Grande en la invención, grande en la disposición y grande en la exactitud de su gusto. Tres elogios escritos por el gran Jovellanos que sirven para recordar al arquitecto español más importante del siglo XVIII: Ventura Rodríguez. Madrid, su ciudad natal, conmemora este año el tercer centenario de su nacimiento (1717) con varias exposiciones en las que se destacan algunas de sus innumerables obras maestras: la iglesia de San Marcos, los palacios de Liria y Altamira, la iglesia para la abadía de Santo Domingo de Silos, el transparente de la catedral de Cuenca y la reforma de la basílica del Pilar de Zaragoza. El padre de las futboleras fuentes de Cibeles y Neptuno también dejó su selló en Asturias: en sus manos estuvo la reconstrucción de la basílica de Covadonga, aunque su proyecto no vio finalmente la luz ante el rechazo de los sacerdotes.

Rodríguez "fue condenado como todos los grandes genios -lamentó Jovellanos en el elogio que leyó a la Real Sociedad de Madrid el sábado 19 de enero de 1788- a no gustar (...), siempre perseguido por la envidia y la desgracia". El antiguo templo construido en la gruta donde se atrincheró Pelayo ardió hasta sus cimientos el 17 de octubre de 1777. El suceso fue lamentado en la corte de Carlos III, pues Covadonga no era sólo un santuario religioso, sino un emblema de la monarquía. El arquitecto elegido para su recuperación fue Ventura Rodríguez, el más prestigioso del Reino. "Voló a Asturias, penetró hasta las faldas del monte Auseva y a vista de aquellas grandes escenas, en las que la naturaleza ostenta su majestad, se inflamó en el deseo de gloria y se preparó a luchar con la naturaleza", describió el ilustrador gijonés.

El arquitecto que no conquistó Covadonga

El proyecto de Ventura Rodríguez salió en 1980 y consistió en una majestuosa basílica de dos plantas, erigida delante de la cueva que ocupaba el templo primitivo. En el diseño se otorgaba un protagonismo esencial al mausoleo de Pelayo frente a la Santina, cuya sagrada imagen permanecería en la cueva, a la que los fieles no podrían acceder, teniendo que verla a través de un ventanal.

Los canónigos de Covadonga rechazaron desde un primer momento la obra, que con la muerte de Rodríguez en 1785 también murió. El santuario no se rehabilitó hasta el último cuarto del siglo XIX con Roberto Frassinelli.

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En el "Elogio a Don Ventura Rodríguez", Jovellanos destaca que el madrileño "arrancó a la opinión pública el título de primer arquitecto de su tiempo y fijó en él la época más brillante de la arquitectura española". Sin duda así fue y hoy Ventura Rodríguez deja testimonio de su arte en media España. Hasta el 2 de julio podrá verse en Madrid una muestra instalada en una de sus construcciones: el palacio del Infante Don Luis, en Boadilla del Monte.

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