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Un niño ovetense recibe 14.000 wasaps en tres días

Sus padres descubrieron la avalancha al encender el móvil tras un castigo l Participaba en 110 grupos de amigos: "Estamos instalados en una locura y no nos damos cuenta", afirma la madre

"Mi hijo recibió 14.000 whatsApp en tres días"

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"Mi hijo recibió 14.000 whatsApp en tres días" Pablo Álvarez

-¡Mamá, mamá, mira!

Marta se acercó al teléfono de su hijo.

-Tres mil, cuatro mil, cinco mil... siete mil... diez mil... Aquello no paraba. El contador de wasaps echaba humo. El chaval, de trece años, acababa de conectar el móvil que su padre le había quitado tres días antes, el Martes de Campo, como castigo. La interminable catarata de mensajes amenazaba con colapsar el aparato. Por fin se detuvo: "Entre 13.000 y 14.000 wasaps. ¡En 72 horas!", explica su madre, aún asombrada diez días más tarde.

"Mi hijo se sorprendió, pero se lo tomó más bien a risa. Yo me reafirmé en lo que ya pensaba desde hace tiempo: que con esta historia de los teléfonos estamos instalados en una locura y muchas veces no nos damos cuenta. Ni los hijos ni, lo que es peor, los padres", explica. Y aporta un dato, que puede ser expuesto en forma de adivinanza al lector de estas líneas. ¿De cuántos grupos de WhatsApp forma parte el hijo de Marta, un adolescente de trece años que tuvo su primer móvil hace 16 meses, cuando cumplió doce años? No, no logrará ni acercarse. El chaval estaba anteayer, domingo, integrado en 110 grupos. En muchos casos, con coincidencias casi matemáticas entre los integrantes de unos y de otros.

"Así me explico que recibiera 14.000 mensajes en tres días", señala Marta A. M., ovetense, funcionaria en un pequeño ayuntamiento de Asturias. Su hijo mayor (tiene otros dos, de cuatro y cinco años) termina estos días el primer curso de ESO en un instituto del oeste de Oviedo. Marta y su marido fueron máximamente restrictivos a la hora de comprarle un teléfono. En Reyes de 2016, el chico ya planteó un órdago a la grande:

-Quiero que los Reyes me traigan un móvil. Y, si no, nada.

El matrimonio se mantuvo firme. No hubo teléfono. En febrero, el chico cumplía doce años, y juzgaron que ya no era posible prolongar aquella "agonía". La presión parecía haberse hecho insoportable. "Fue el último de su clase en tener móvil. Era tanta la vergüenza que sentía que, cuando sus amigos le pedían el número para meterlo en un grupo, él daba el mío, con mi consentimiento", señala la madre.

Por eso Marta conoce de primera mano la "profundidad" de las ciberconversaciones de los adolescentes. Cuando hizo una rápida revisión de los 14.000 mensajes emitidos en las 72 intensas horas, constató que muchas conversaciones comenzaban con un "Hola!", seguido a continuación por varias decenas de "holas" de los demás miembros del grupo. Luego venía el "Q tal?" o similar, con varias decenas de respuestas mayormente irrelevantes. En aquellas fechas se celebraban las fiestas del barrio ovetense de La Florida, circunstancia que quizá contribuyó a exacerbar las emociones de los adolescentes.

Marta A. M. quiere "dar la voz de alarma" sobre una situación que "muchos padres consideramos preocupante, aunque parece que pocos se atreven a decirlo en voz alta". Su llamada de atención es racional, se basa en el sentido común, está desprovista de histeria. "Mi hijo no es problemático, se relaciona bien, saca notables y sobresalientes", subraya. "Mi marido y yo procuramos estar atentos al tipo de información que intercambia y nunca hemos visto nada especialmente preocupante", señala. Sin embargo, observa que el abuso del teléfono móvil "impide que los niños se comuniquen entre sí, que hablen con su familia, que juegen, que lean, que se entretengan con otras cosas... Tenemos muy claro que el dinero que gastamos en el móvil es la peor inversión que hemos hecho", indica. Asimismo, advierte acerca de lo que emerge como un problema muy de fondo: el ejemplo de los mayores. "Cuando mi hijo comenzó a ir al instituto, se sorprendió de que a los alumnos no les dejaran llevar teléfono y que, sin embargo, algunos profesores se pusieran a teclear en plena clase mientras los alumnos resolvían ejercicios".

Marta A. M. no da la batalla por perdida. Subraya que su hijo acudió recientemente a un campamento de inmersión en inglés de tres días de duración, en los que sólo podía usarse el teléfono diez minutos diarios. "Se lo pasó bomba jugando y aprendiendo". Sale a pasear con su hijo mayor con el único objeto de conversar con él y ahora planea un corto viaje a Portugal con el mismo objetivo: desintoxicarle. Pese a su complicada edad, quizá el chaval esté entrando en razón: "Cuando cumplió trece años nos pidió como regalo cambiar de móvil, que le compráramos un 'IPhone'. Hasta ahí podíamos llegar. Pero eso lo entendió".

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