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Me quedo en el pueblo | Carda

Posada para el peregrino

Monserrat Alonso vive en el pueblo maliayés desde el pasado marzo y aloja a los caminantes, que hacen un donativo tras pernoctar allí

Monserrat Alonso, en el salón, junto a la gran pizarra en la que peregrinos del mundo entero dejan sus mensajes.

Monserrat Alonso, en el salón, junto a la gran pizarra en la que peregrinos del mundo entero dejan sus mensajes. A. PAREDES

Monserrat Alonso Fernández afirma que lo mejor que le ha podido pasar en la vida es encontrar la casa en la que vive desde hace unos meses. "Siempre fue mi ilusión vivir en el campo y cerca del mar. Yo esto lo defino como una casa, la mía, abierta a

Natural de Astorga y tras vivir bastantes tiempo en Irún, donde trabajaba en el ramo de la hostelería, por cuestiones personales se trasladó hace cuatro años a Asturias. "Hace dos años hice un curso de guía turística y otro de recepcionista. Yo vivía en Lugones, en Siero, y tenía muchas ganas de volver al campo. Pregunté a uno de mis profesores si sabía de alguna casa en alquiler y me dijo que él tenía ésta, y aquí estoy. Yo quería huir de la ciudad, pero tampoco con intención de convertirme en una eremita. Yo creo que hay siempre un punto intermedio. Aquí en Carda estoy cerca de la ría, del mar, en plena naturaleza, pero también a un paso de Villaviciosa y muy cerca de Gijón, donde me gusta ir alguna que otra vez", señala esta mujer que está entusiasmada con su primer año al frente de su casa, "La Payariega", zona de paso de peregrinos.

"En verano hubo mucha gente, casi 700 peregrinos, y algunos de lugares como las Islas Feroe, Pionyang, Melbourne o Alaska. Me encanta no sólo el trato que tengo con ellos y cuánto me aportan, sino además informales también de lo que pueden ver por aquí, promover actividades de la zona y contribuir a que conozcan mejor Asturias y, sobremanera, Villaviciosa", matiza ella, que, en temporada baja, habrá de buscar un empleo a media jornada para continuar viviendo donde siempre quiso.

"Aquí hay una calidad de vida grandísima. Yo vivo con lo justo. Aquí te das cuenta de que puedes prescindir de muchas cosas que en la ciudad te parecían imprescindibles. Aprendes cosas básicas que habías olvidado y que, al menos a mí, me procuran felicidad, como por ejemplo cocinar en la cocina de carbón. Yo vengo de un mundo donde había que apretar botones para todo. Ahora estoy donde siempre quise estar", dice.

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