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El Principado, en vilo por tres desapariciones

El fatal destino de Paz Fernández, una mujer bohemia, viajera y con don de gentes

Su debilidad eran sus hijos y que pasara un día sin llamarles ratificó la alarma

Paz Fernández Borrego.

Paz Fernández Borrego. FACEBOOK

Paz era dulce, divertida, alegre, dicharachera, espiritual, con don de gentes y un alma viajera. Así la recuerda su amigo Juan García, con el que compartía grupo musical: "Factor sorpresa". La gijonesa cantaba desde hacía cuatro años "todo tipo de música: desde Amy Winehouse hasta blues". Había empezado como aficionada y acabó convirtiéndose en una profesional de la canción. "Dos días después de su desaparición ya sabíamos que algo raro había pasado. Ella no era de las que pasaba de sus hijos, todo lo contrario: era súper responsable", con llamadas constantes, relata Juan, que asegura: "La familia está hecha polvo".

La gijonesa se desvivía por sus hijos Juan, veinteañero, y Lara, de tan solo 4. Aunque tenía la custodia compartida de la pequeña, no pasaba ni un solo día sin llamar a su niña. "Estaba pasando por el mejor momento de su vida", afirma otro conocido. Paz trabajaba como masajista por cuenta propia -realizaba terapias de reiki- y vivía en Gijón en el barrio de Nuevo Roces, aunque tanto ella como su familia siempre fueron vecinos de Pumarín. También estaba vinculada a Caso, de donde era su padre, Carlos Fernández, "el de Pendones". Ayer en Gijón todo el mundo comentaba el trágico suceso: en la tienda, en los bares que paraba, en su calle... Sus vecinos la describen como una persona alegre, sonriente, que siempre estaba muy pendiente de su hija pequeña, la debilidad familiar.

Al igual que el resto de sus hermanas -Carmen, Coral y Graciela-, Paz Fernández Borrego estudió en el colegio San Miguel de Pumarín, que ayer guardó un minuto de silencio en todas sus aulas en señal de luto. Allí algunos profesores todavía recuerdan sus múltiples virtudes. "Fueron unas niñas muy luchadoras, que tuvieron la capacidad de sobreponerse a alguna difícil situación familiar que vivieron; Paz era muy buena compañera y la querían tanto los profesores como sus propios compañeros. Era alegre, muy activa y siempre afrontó con optimismo cualquier circunstancia en su vida", confiesan en el centro, el mismo en el que estudió el hijo mayor de Paz, Juan Fernández.

El colegio San Miguel de Pumarín no fue el único que estos días recordó a la gijonesa asesinada. También en la guardería de Nuevo Roces, de 0 a 3 años, donde hasta el curso pasado acudía la hija menor, Lara, la definían como una "happy". Actualmente, la pequeña -cumplió los cuatro años a principios de 2018- va a la escuela de infantil del colegio Nicanor Piñole, donde estuvo arropada por el profesorado y recibió atención de los psicólogos desde la desaparición de su madre.

Paz estaba sacándose el carné de conductora de autobús en la autoescuela 4 caminos de Gijón y su sueño era presentarse a las oposiciones de la empresa municipal de transportes, Emtusa. En su tiempo libre recorría media Asturias con su autocaravana. De hecho, hacía pocos meses que había comprado una cabaña en La Texuca (Bimenes), donde tenía varias pitas y cabras. Pero su perdición era el Occidente. Hasta allí viaja en busca de naturaleza y relajación. Su última escapada fue a Navia, donde tenía muchas amistades. "Me invitó muchas veces a ir, pero yo nunca pude. Me decía que se lo pasaba muy bien por allí", señala el músico Juan García.

Todos sus conocidos coinciden en decir que era "una chavala de lo mejor", como indica el alcalde de Bimenes, Aitor García. "Era muy buena chica, un encanto", afirma el propietario de una sidrería que frecuentaba. Según escribió una de sus hermanas, Graciela, en las redes sociales, la gijonesa era un "espíritu libre, sin cadenas, vive el presente, olvida rápido el pasado y no piensa mucho en el futuro".

Ahora Paz reclama justicia.

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