12 de agosto de 2018
12.08.2018

"Me puse a gritar sin parar": la angustia de un asturiano que se pasó tres días tirado en su finca

Un naveto de 77 años pasa tres días malherido, a la intemperie bajo el frío y la lluvia tras sufrir una caída

12.08.2018 | 00:57
Lugar donde fue hallado el septuagenario, a las afueras de su casa en La Cueva (Nava).

Tres días son setenta y dos horas, son tres noches, con sus crepúsculos y amaneceres, en definitiva, es un lapso de tiempo que suele hacerse corto en la vorágine semanal. Sin embargo, para José Manuel Álvarez Vega ese periodo se convirtió en una angustiosa eternidad. La peor de su vida, reconoce. La soledad, en el pleno sentido de la palabra, se convirtió en la enemiga de este naveto de 77 años mientras, malherido en el suelo, se arrastraba y gritaba por el empapado suelo de su finca en busca de ayuda.

"Pensé que iba a estar días allí sin que nadie me encontrase", dice emocionado Álvarez Vega, más conocido como "el molinero" porque fue la última persona en desempeñar esa labor en la pedanía de Fraynoquiso (Nava). Álvarez permanece ingresado en el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) y ayer relataba lo sucedido a LA NUEVA ESPAÑA. Su historia es la de un drama del siglo XXI, el desamparo de los mayores en unas circunstancias que seguro que Manuel no va a olvidar.

El hombre vive en La Cueva, un pequeño pueblo de Nava "en donde la única casa habitada es la mía", cuenta. Soltero, no comparte morada con nadie. Su única compañía, reconoce, son dos vacas de las que cuida en una cuadra junto a su vivienda, "por pura distracción". Tiene una hermana, pero está a varios kilómetros de él y no cuenta con coche: "Me llama a veces", reconoce. La visita más frencuente que recibe en su aislada finca es la de la panadera que lo saluda cada jornada.

Razón por la cual acabaría siendo su improvisada salvadora. El miércoles por la mañana lo vio por última vez. "Hace poco nació un ternero, y el suelo estaba todavía manchado, debí de resbalar en él", asegura Álvarez, aunque no recuerda el momento exacto de la caída, desorientado tras tanto tiempo al raso. De hecho, ayer aún era incapaz de delimitar la cronología de lo acaecido, sobrepasado por las circunstancias: "Todavía estoy mareado", dice. En plena cuadra se quedó tirado, malherido, no podía levantarse por un fuerte dolor de cadera.

"Me puse a gritar sin parar pero no había nadie", relata el naveto, quien "sí escuchaba pasar los coches por la carretera, y eso me desesperaba". Además, había dejado su móvil dentro de la casa y carecía de otra forma de pedir ayuda.

La primera noche fue un infierno. "Pasé mucho frío porque estaba en mangas de camisa", asegura Álvarez. Aunque el peor momento fue cuando comenzó a llover: "El agua se metía y me empapaba, tuve que arrastrarme hasta un tendejón para estar mejor. Pillé una mojadura tremenda", cuenta.

Lógicamente, tampoco pudo dormir. "Me salpicaba la lluvia, y el fresco era terrible. Lo intenté, pero era incapaz de pegar ojo", afirma el naveto. Comer o beber suponían también metas inalcanzables: "Me moría de sed, menos mal que el día antes había bebido dos calderos de agua en Fuensanta", relata entre risas. Y es que, pese a estar asustado, Manuel sigue conservando su vitalidad. "Lo pasé muy mal, te sientes inútil, rompes algo y no puedes moverte, es una impotencia terrible", dice de los tres días vividos pidiendo socorro.

Finalmente, fue escuchado. Su panadera, Montse Miravalles, al comprobar que no había recogido las barras de pan de varios días dio la voz de alarma a las nueve de la mañana de ayer. "Le llamé varias veces pero no me contestaba y me dio mala espina cuando comprobé que la puerta estaba medio abierta. No quise entrar por respeto a su intimidad", explica Miravalles.

Hasta el pueblo se desplazaron los servicios de emergencia, que encontraron a Álvarez en la parte trasera de la vivienda, atrapado entre su tractor y un muro: "Llegué ahí a rastras, tratando de llegar a la casa. Fue un alivio cuando apareció por fin alguien", reconoce. Rápidamente fue trasladado al HUCA, donde aún continúa ingresado con la cadera rota, deshidratado y lleno de magulladuras.

No obstante, reconoce que cuando le den el alta regresará, solo, a su finca, "porque sólo ha sido un susto, prefiero la tranquilidad de allí que el mejor de los pisos". A sus setenta y siete años, "estoy sano", dice, mientras se enorgullece de continuar conduciendo y estar pendiente únicamente de una operación de cataratas.

Una frase resume toda la historia de " el molinero", y la pronunció al despedirse en el hospital de quien escribe estas líneas:

"Se agradece que a uno lo vengan a visitar".

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