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Asturias en la niebla y el "secuestro" de Scorsese

Las dualidades de una jornada impregnada de inquietudes por el futuro de la región e incentivos a perseguir, imitar y aprovechar el talento

SCORSESE

SCORSESE IRMA COLLÍN

En "El rey de la comedia", Martin Scorsese satiriza la cultura de masas y la enfermedad del éxito haciendo que un aspirante a cómico (Robert de Niro) secuestre a su ídolo (Jerry Lewis) para forzar a un canal de televisión a darle una oportunidad. Ayer, a eso del mediodía, en una jornada de otoño tibio en Oviedo, el cineasta neoyorkino recibía en el hotel de la Reconquista el agasajo real a los premios Princesa sin saber que fuera, detrás de la valla del otro lado de la calle, la cámara de Diego Garot buscaba planos de recurso para tratar de "dar realismo" a un cortometraje. Su trama fantasea con una ficción similar a la de la película e imagina que el secuestrado es Scorsese y el secuestrador un director de cine que quiere que el maestro vea una de sus películas. La idea era terminarlo a tiempo de intentar que él, "aprovechando que venía", pudiera incluso verlo sin tener que secuestrarlo, pero la realidad les adelantó, la obra está inacabada y detrás de la valla que mira a una hilera de policías y a la puerta del hotel, Garot graba la llegada de la Reina Sofía y espera por Scorsese. Cuenta que él y su colega de proyecto José Rico tienen para el papel protagonista un doble de Martin que da el pego y que estos días ha "vivido" en la "Fábrica Scorsese" que la Fundación Princesa ha montado en La Vega.

Aquí fuera, donde al mediodía un puñado de curiosos espera el paso fugaz de la Reina Sofía hacia el interior del hotel, y donde el fervor ha decantado por goleada hacia Scorsese los favores de la concurrencia, un defensor del valor de estos premios podría llegar a decir que esto también es un secuestro. O un rapto pacífico, sin "manos arriba". O una semana al año en la que esta región intenta, de otra manera, "secuestrar" un rato el talento y aprovecharse en el buen sentido del espíritu de esas "vidas ejemplares" a las que, dicho como después lo diría Felipe VI, recibe todos los octubres desde hace 37. Hoy ha vuelto a pasar, pero el caso es que hoy Asturias ha amanecido entre la niebla, y no sólo a simple vista. En primera línea de valla, alguien bromea con la posibilidad de que Teresa Ribera, la ministra de la Transición Ecológica, que viaja a Oviedo para asistir a la ceremonia, confunda la niebla con el humo de las centrales térmicas y se agrande el problema que, desde esta semana también lo saben los apercibidos de despido en la planta avilesina de Alcoa, amenaza a la industria asturiana. La preocupación, sí, también ha venido a los premios. Dentro del hotel donde por la mañana departen invitados y se lisonjea a los galardonados el presidente del Principado, Javier Fernández, introduce el lamento cuestionando las decisiones que se toman "lejos de la gente a la que afectan".

Delante del hotel hay señoras de pelo cardado y traje chaqueta, pero también una cresta, unos piercings, unos tatuajes y unos pies con chanclas cuyo dueño deja el sitio en primera fila y amaga con ir "a ver si me dejan entrar a buscar a Scorsese". Era broma. Al "¿qué se celebra?" de un viandante despistado responde una nativa exagerando el entusiasmo en la campaña de promoción. "Son los premios Princesa de Asturias, hoy el mundo entero está en Oviedo". Hay una turista que, plano en mano, va en dirección contraria a comprar bombones a Milicias Nacionales y un policía que en un receso intercambia buenos deseos con un visitante bienintencionado: "Que tengan buena jornada", "coman todo lo que puedan".

La puerta del hotel, por donde acaba de entrar sin asomo alguno de expectación el premiado de investigación, Svante Pääbo, envía hacia fuera a los premios fin de carrera de la Universidad de Oviedo, recién recibidos por el Rey. Traen el traje, la corbata, el maquillaje y el parte: "En la foto me pusieron justo detrás de él y me preguntó si me estaba tapando mucho. Más campechano?".

Ellos venían de atravesar el vestíbulo repleto del Reconquista, donde el fragor de la ida y venida de invitados no había tardado en hacer que cediera parte del centro de orquídeas blancas de la mesa de centro. Aquí, con ellos, las inquietudes de la región que sabe que tiene su futuro en serio riesgo se han abierto paso entre la niebla del desasosiego nacional de raíces catalanas. Están la cultura y la empresa, la judicatura y el Ejército, debuta en esto el presidente de la patronal asturiana, Belarmino Feito, y de la política no hay nada a la izquierda del PSOE. A primera hora de la tarde aún no han llegado los cinco ministros anunciados, a los que ha retrasado la reunión del Consejo, y los movimientos sincronizados de las cámaras de televisión inducen a dirigir la mirada ora a la presidenta del Congreso, Ana Pastor, ora a la contienda de declaraciones simultáneas, peinados, trajes y actitudes que libran Pablo Casado y Albert Rivera en calidad de aspirantes al cetro del centro derecha. El nuevo presidente popular, igualmente debutante en la liturgia de los Princesa, ha fingido la sorpresa al llegar al hotel y ver al padre Ángel -"hombre, Padre"-, que se sabe de sobra que está en todas partes.

El hilo de inquietud que de unos años a esta parte recorre la entrega de estos premios todavía tenía que volver a poner a prueba el volumen al que son capaces de sonar varios centenares de gaitas y tambores. Desde las cuatro de la tarde, los aledaños del teatro Campoamor evidenciaron la batalla del ruido que secuela tras secuela enfrenta a las dos Españas de la monarquía y la república. Es posible saber que ya van siete duelos como éste porque lo pone la consabida pancarta que vuela por encima de la plaza de la Escandalera gracias a unos globos rojos, amarillos y verdes. "Fartones VII", dice.

Contra sus banderas republicanas, su "Asturias nun tien rey", su Cajastur, su Duro Felguera o sus desahuciados de La Camocha compite con indiferencia la multitud que se agolpa allá lejos, en las aceras más próximas al teatro. Desde el borde del paseo de los Álamos rivalizan también unos chavales de buen vestir y peinar que ondean banderas de España y Tabarnia bajo una pancarta que dice "España no se rinde". En un altavoz han puesto a Manolo Escobar y acompañan al megáfono el estribillo del "Que viva España". La pelea musical se libra también entre las gaitas entonando "Aquel quirosanu" y el "Bella ciao" que toca la banda de viento y percusión de la Asturias republicana guiñando el ojo al himno italiano de la resistencia antifascista. Aquí hay boinas, gorras verdes con estrella roja y gorros de lana, y está la izquierda que faltaba en el Reconquista. Hay concejales de IU y de las marcas de Podemos y están, entre otros, el secretario general de la formación morada en Asturias, Daniel Ripa, y la diputada Lucía Montejo, que como no se llevan bien se mantienen a prudente distancia.

En eso se ha convertido invariablemente, desde hace años, el acceso al Campoamor la tarde de los premios, aunque a lo mejor, forzando mucho, desnudando todo esto hasta sus esencias, en algún punto todos podrían llegar a compartir la inquietud por el futuro y la conveniencia de encontrar, imitar y perseguir el talento.

Ayer, cuando todo hubo terminado, la niebla seguía prendida del Naranco. La real y la metafórica. Se queda ella, pero también el eco de las palabras en español mexicano del discurso de Alma Guillermoprieto. Ella se dirigía específicamente a los periodistas que todavía quieren serlo pese a las muchas dificultades del oficio, pero el grito de ánimo también sirve así, tal cual, pronunciado sin contexto: "Háganle, denle nomás".

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