Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

ÁLVARO RUIZ DE LA PEÑA | Profesor jubilado de la Universidad de Oviedo

"En el golpe de Estado de 1981 vi a los Defensores de Oviedo hacer listas negras"

"Cuando murió Franco, un grupo de amigos que estábamos muy significados nos fuimos unos días a Liébana por lo que podía pasar, y para festejarlo"

Álvaro Ruiz de la Peña, en su casa de Oviedo. IRMA COLLÍN

Álvaro Ruiz de la Peña Solar está jubilado. Ejerció durante más de cuatro décadas en la Universidad de Oviedo. Le gustaron la docencia y la investigación. Militó en la ilegalidad contra el franquismo. Ahora quiere levantar una zarzuela escrita por su padre y escribir su autobiografía. Le pilló la muerte de Franco, la crisis del PCE de Perlora y el golpe de Estado del 23-F.

20-N de 1975. "Cuando murió Franco estaba en mi casa de la calle San Vicente. Vivía encima de lo que es ahora el Museo Arqueológico y debajo tenía la División Azul. Nos enteramos de la muerte de Franco y un grupo de amigos decidimos marcharnos a Liébana, estuvimos tres o cuatro días. Fuimos porque no sabíamos muy bien qué podía pasar y desde luego fuimos a festejar aquello porque nos habíamos quitado una losa de encima. Todos los que fuimos éramos gente muy significada, hubo quien fue por miedo, por temor y otros fuimos un poco por marchar de Oviedo, de aquel ambiente tan opresivo y esperar acontecimientos. Cuando volvimos la situación estaba muy tranquila. Solíamos ir al bar de la División Azul a tomar vinos tranquilamente. Había más estudiantes que divisionarios. Un día uno de aquellos Defensores de Oviedo nos enseñó el búnker que había debajo. Había un retrato de Hitler y un obús de la Wehrmacht, era una cosa terrible. También había un retrato de José Antonio, una cosa espeluznante. Era un búnker remodelado exactamente igual que los de la Alemania nazi".

Transición y fobia a viajar. "Aquellos años en la Facultad se vivieron con mucha intensidad. Fue la legalización de 'el Partido', lo de Perlora. Yo ahí no quise saber absolutamente nada, hubo una serie de gente que se salió del PCE. Mi posición fue ni salir ni quedar, no veía claras cuáles eran las posiciones de los oponentes, pero realmente a partir de ahí mi militancia se enfrió. Seguí votando al PCE durante mucho tiempo, pero me dediqué a lo que tenía que dedicarme; la competencia en la Facultad era feroz y tenías que publicar e ir a congresos. En 1977, Caso me envió a la Universidad de Lyon a estudiar su magnífico fondo documental sobre las fábulas ilustradas. Iba a hacer la tesis sobre el tema y tenía que ver las fábulas francesas y centroeuropeas. Era verano y en la Facultad sólo estábamos yo y otros tres, cuatro desgraciados investigando los fondos. Cuando llevaba 25 días empezó a entrarme una tristeza enorme que acabó en un estado de ansiedad permanente. Un día leyendo el periódico vi que había un ciclo sobre cine español. Llevaba un mes sin cruzar una sola palabra en castellano. Me fui al cine a sacar las entradas y la taquillera me dijo que el ciclo se había acabado el día anterior. Me fui al hotel, hice la maleta y me comí 700 kilómetros sin parar. Llegué a Santander a las doce de la noche y me esperaban unos amigos. Nada más aparcar me llevaron a una plaza a jugar un partido de fútbol. La mayoría estaban con una moña considerable, pero fue el partido de fútbol que más disfruté en mi vida. Aquella estancia en Lyon me creó una fobia que tardé años en superar, no podía viajar sin volver a dormir a casa. Fue horrible".

El siglo XVIII. "Me volqué con el XVIII, con Jovellanos y Feijoo. Vocacionalmente habría hecho literatura contemporánea, pero ahí estaba Cachero. Le propuse hacer la tesina sobre Felipe Trigo y me dijo que era infraliteratura, así que la hice sobre el premio "Planeta". Nunca la publiqué. Me especialicé totalmente en el siglo XVIII, pero siempre con un pie en el XIX y el XX. José Miguel Caso se portó de cine conmigo. En su época de rector hacíamos huelgas continuas. Yo era su subordinado e hicimos una sentada en el Rectorado. Llegó por la mañana caminando entre gente que dormía, me vio y me sonrió. Al día siguiente me llamó al despacho y yo iba totalmente acojonado, pensando que se había acabado y ya no tenía trabajo. Me dijo: 'Mira, Álvaro, yo no te voy a decir nada porque eres una persona adulta que sabes muy bien lo que quieres. Desde el principio sabía tus ideas políticas, pero, hombre, te pediría que no te significaras de esta manera porque me pones una situación difícil, porque tengo que responder ante el Gobernador Civil'. Yo respondí: 'Don José, no se preocupe, yo no voy a abdicar de lo que pienso', pero a partir de ese momento no se produjo ninguna situación en la que yo pudiese meterle en un brete".

Cuatro décadas de docencia. "Cuando empecé me gustaba mucho la docencia porque los estudiantes eran gente muy interesada. En Avilés daba clase en el nocturno y tenía alumnos mayores que yo. Era un curso fenomenal y lo pasaba muy bien. Estaban, entre otros, Toni Fidalgo, Román Álvarez, Felicísimo Blanco. Hice muchos barojianos en aquel curso. En la Facultad, siempre que tuve que dar novela contemporánea, siglo XX y Guerra Civil, disfruté mucho. Lo pasé muy bien en clase salvo los últimos años. En los setenta y ochenta los alumnos eran gente muy crítica y hacían juicios críticos a los profesores. A medida que fueron avanzando las generaciones fui notando que los alumnos leían menos, se preocupaban menos de aspectos extraacadémicos como el cine o la política, fueron convirtiéndose en gente muy dócil y poco creativa, en estudiantes sin más, estudiantes que van a chapar los apuntes".

El golpe de Estado. "Seguía viviendo en la calle San Vicente, encima de la División Azul. Cuando el golpe estaba triunfando, a las ocho de la tarde estaban reunidos allí los excombatientes de Oviedo con Basilio Recio, que era entonces el presidente de la Hermandad de Defensores, y una serie de gente que tomaba buena nota de quién no estaba allí. Salieron nombres de mucha gente. Yo esta acojonado, estos tíos están aquí abajo preparando listas negras. Salían nombres, el de David Ruiz, por ejemplo. Yo estaba en la cocina y a través de un patio interior, donde estaba el antiguo cementerio de peregrinos, se oía absolutamente todo. Estaban pasando lista. Afortunadamente yo no estaba en la lista.

La vida del jubilado. Tengo muchísimo trabajo y salgo muy poco. No puedo ir a los sitios, echas de menos a gente. A medida que avanzan los años las bajas son notables. Ahora mismo tengo tres amigos luchando contra el cáncer. Es muy triste salir en Oviedo porque no conoces a nadie, no hay nadie con quien tomar un vaso de vino. Ha desaparecido el mundo del Paraguas, la calle Mon, el Tigre Juan, aquello era muy energético. Lo disfrutamos mucho, pero las cosas se van, la ciudad está cambiando mucho. Mantengo alguna tertulia y trabajo mucho en casa. La gente que se jubila y dice que se aburre no la puedo entender. No tengo tiempo para nada. Veo algo de fútbol y la temporada de ciclismo. Camino una hora todos los días, pero estoy tan harto de caminar por la ciudad que cojo un Alsa y me voy a Avilés o a Mieres. Oviedo se te cae encima.

Compartir el artículo

stats