08 de marzo de 2019
08.03.2019

Mejor acompañadas

08.03.2019 | 01:21
Mejor acompañadas

Un espacio en un medio de comunicación como este es un altavoz demasiado potente y no quisiera desaprovechar la oportunidad de reivindicar mi historia, que es una de tantas. Mi biografía de precariedad parece que hubiese sido adornada con guirnaldas de mito debido a mi condición temporal de personaje político, pero no todas somos como ellos, los políticos de nacimiento y carrera, aunque se cansen de repetirlo.

Yo soy una mujer sorda, usuaria de la lengua de signos, valenciana, que antes de entrar a formar parte de un movimiento político como Podemos, o tomar posesión de mi cargo como senadora, era una trabajadora social sin opciones en el mundo oyente, una heroica vendedora-psicóloga de cupones, y cuando se podía, a partir de la crisis, profesora de lengua de signos. Sí, han leído bien, "heroica" y lo digo sin ninguna modestia ni seguida ni aparte. Ser mujer, sorda y lesbiana en este país no es nada fácil. Pero lo que pocas veces se dice es que también he sido remalladora y que esta experiencia me permite la conexión con las aparadoras y me mostró la diferencia salarial que hay en el mundo de las fábricas (si eres hombre y llevas una carretilla elevadora cobras más; parece lo exótico de la fábrica, pero a nosotras no nos dejaban llevarla). He sido limpiadora así que las trabajadoras domésticas y las Kellys (las que limpian hoteles) tienen todo mi compañerismo. He sido peón de hortalizas y esto me une al mundo del campo, al de las mujeres que trabajan recolectando y encajan, nunca mejor dicho, cobrar menos que sus compañeros. Mi experiencia vital está cubierta de barro, como la de ellas.

Ni más ni menos, de eso quiero hablar aquí, de todas esas mujeres valientes que me he encontrado por el camino estos años, mujeres que siguen pateando el suelo pegajoso pero que no tengo duda alguna de que también harán añicos el techo de cristal en cuanto se lo pongan por delante. Ellas son las protagonistas de estas líneas porque, como yo, podrán llegar a ser lo que se propongan. Podrán ser las leonas que nos defenderán a todas en el Congreso, pero también serán aquellas que nos guíen en las negociaciones colectivas, en las asociaciones o en las calles.

Quiero hablar de Gema Gil, nuestra espartana defensora de los derechos laborales que sin saberlo estaba comenzando una revolución junto a otras espartanas, una ola (también feminista) que arrastraría a las kellys. Quiero recordar a Isabel Matute, que lidera a las aparadoras de Elche en la defensa de sus derechos contra el capitalismo más despiadado. Si ellas no son nuestras heroínas no sé quiénes deberían serlo. No quiero olvidarme de Soledad, mujer con diversidad funcional que, al igual que yo, lucha diariamente contra las barreras más duras con las que nos encontramos: las de la mente. Tantas mujeres fuertes y valientes he conocido que no me cabe duda de que es cierta la frase: las mujeres movemos el mundo.

En estos momento aciagos de reacción contra el feminismo, no nos podemos permitir olvidar que la soledad es su arma, pero la unión y la comunidad es la nuestra. Este 8 de marzo, un año más, las mujeres de este país formarán una ola cálida que nos arrope a todas desde las calles, y todas estas mujeres precarias en lucha estarán allí defendiendo los derechos laborales de todas. Ahora más que nunca, hay que darle la vuelta al refrán y decir: ¡Mejor acompañadas! ¡Nosotras, juntas, sí que podemos!

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