20 de julio de 2019
20.07.2019

Discurso íntegro de Javier Fernández en la toma de posesión de Adrián Barbón como presidente

20.07.2019 | 14:53
Discurso íntegro de Javier Fernández en la toma de posesión de Adrián Barbón como presidente

Presidente del Principado, ministro de Política Territorial, ministra de Sanidad, autoridades, señoras y señores, jurar o prometer el cargo es para un presidente electo un momento casi sacramental. Para el cesante, para mí en este caso, es solo un breve turno para mirar atras primero y para decir "gracias", después.

Reconozco que mirar atrás se me da bastante bien, me sale natural porque quizá estoy en esa etapa de la vida que se inclina más por los recuerdos que por las promesas. Ese tiempo en el que uno sabe que quedan menos cosas nuevas por descubrir que viejas por recordar.

Quiero empezar por recordar que hace 7 años, en esta misma tribuna, dije que no venía a abrir un tiempo nuevo, que me sentía deudor de los que me habían precedido y que ni podía ni quería olvidar, que la Asturias que iba a presidir había recibido las aportaciones de Rafael Fernández, de Pedro de Silva, Juan Luis Rodríguez Vigil, de Antonio Trevin, de Sergio Marqués, de Vicente Álvarez Areces y de Francisco Álvarez Cascos. Y sé que no estoy solo nombrando a quienes presidieron la autonomía asturiana desde su momento inaugural, cuatro décadas atrás, sino que también nombro a unos gobernantes marcados por un tiempo político en el que la identidad española se reinventó por sí misma como cívica, democrática y constitucional. Y yo pertenezco a ese tiempo, vital y también cultural. A ese tiempo y a esa cultura y al pasar el testigo a un presidente 30 años más joven confieso que me gustaría que se recordara a aquella generación, no solamente como la que llegó de las calles a las aulas, el sueño ilustrado de la España moderna, sino también como la que inició la andadura por un camino distinto, la que no repitió por enésima vez el gesto recurrente y dramático de la tabula rasa.

Yo me voy de la presidencia y de la política, pero sé que, como infinidad de hombres y mujeres, pertenezco a un relato del que no quiero irme porque la transición fue un suceso real que se convirtió en relato y procurar su borradura para hacer un vacío entre la generación que modernizó este país y la que ahora debe de construir su futuro, exigiría escribir otro relato muy difícil de convertirse en real.

En aquella ocasión también dije que hacía míos los dos consejos para un gobernante que Pedro de Silva había escrito unos años atrás. Uno de ellos decía que no se dejara atrapar por los vapores de la vieja Asturias, por esas historias tópicas, ese bálsamo de manías con efectos narcóticos.

Se lo he escuchado decir reiteradamente al nuevo presidente y me parece acertado porque es verdad que perviven esas mixturas con sus vahos letárgicos y que no resulta fácil que pueda asegurar sacudirse esas obsesiones, especialmente el despertar de ese sueño hipnótico en el que los espectros de la vieja Asturias se aparecen, pero no como fantasmas a los que hay que conjurar, sino como un destino, un destino inexorable y fatal.

Pero también quiero que se distinga, que nadie se confunda, ni ahora ni en el futuro con nuestros vapores y nuestras neblinas, con las emanaciones, esas emanaciones que envueltas en leyendas patrióticas y en fragancias míticas empujan a la política hacia el rincón pegajoso y peligroso rincón de las emociones y derivan en narraciones polarizadas y desintegradoras, porque son esas bellas construcciones líricas las que están en el origen de los relatos que permiten imprimir un sentido de pertenencia que se funda contra el otro, son los que dibujan con patrones culturales los perímetros de la ciudadanía y los que buscan en la identidad y en la diferencia el fundamento mismo de la sociedad política.

Cuando pienso en eso pienso en Cataluña y pienso en Monterroso, pienso en aquel animal prehistórico de sus sueños y que al despertar estaba allí, como ese inextinguible fuego interior, esa pugna agónica que desde hace demasiado tiempo ha puesto bajo estrés al modelo territorial y que mantiene en fase magmática al conjunto de la política española.

Y luego pienso en nosotros, en esta Comunidad, en los hombres y mujeres de esta Comunidad y en cómo, a pesar de su fortaleza, de la hondura de sus raíces, la identidad asturiana no compite con la española por hacerse un hueco en el mercado de las lealtades, sino que al contrario, se funden con ella en una ciudadanía que trasciende de los vínculos y que nos remite a un 'nosotros' más auténtico, más fraterno y más profundo que todo aquello que nos hace distintos. Porque la respuesta a quiénes somos nosotros en la concepción que en cada imaginario se tenga del 'nosotros' colectivo, ahí es donde empieza todo.

Yo sé que un buen amigo mío, que está hoy aquí, está pensando que esta intervención -como todas las mías- están entreveradas de abstracciones y de racionalidad. Y es verdad. Y además es lógico porque soy incondicionalmente racionalista. En mi descargo solo puedo decir que siempre he desconfiado de la perfección, de los excesos y que tengo muy claro que a veces hay que defender a la sociedad de aquellos que, con la razón en la mano, tienen demasiada prisa por hacerla perfecta.

También sé que los sentimientos y las emociones forman parte del misterio de la política, es más, pienso que ahora van ganando los que prefieren sentir a comprender, pero aunque suene a un optimismo melancólico, creo que la esperanza, que es enemiga de los utopismos, de la irracionalidad y de las soluciones mágicas, volverá y que volverá de la mano de aquellos que saben que la exaltación del fragmento y el canto a la diferencia siempre ha sido uno de los ejercicios favoritos de los viejos enemigos de las ilusiones colectivas.

Yo ahora siento emoción, no es posible experimentar estos finales sin que se te despierte alguna de las fibras que creías dormida. No encuentro en este tiempo de palabras de usar y tirar otra más certera y más auténtica que gracias. Expresar mi más profundo agradecimiento a todos los hombres y mujeres de Asturias y mis disculpas a aquellos que se han sentido durante estos años pretéritos, defraudados u olvidados. Y dar las gracias también a los que han estado cerca de mí, no voy a decir sus nombres, ellos lo saben. A todos los consejeros de mis gobiernos y a aquellos que trabajaban con las ideas y a los que se ocupaban de las palabras, y a estos los nombro juntos porque las palabras son la única manera que tienen las ideas de poner el pie en la calle. Y a los que estuvieron conmigo en las tareas diarias que son estas cotidianas y prosaicas que no tienen nada de excepcional ni de heroico. A los que me decían que escuchara a la calle y es verdad, porque escuchar es lo que más te pide la gente y a veces, demasiadas veces, es lo único que puedes hacer. Y a todos aquellos que me recordaban, una y otra vez, por qué y por quién estaba en política, también quería darles las gracias.

No hay mas 'ex' que un expolítico, pero no hay nadie tampoco que sepa como él que la política necesita fuerza, energía, reflejos, inteligencia, conocimiento, pasión y optimismo. También necesita suerte, y yo se lo deseo a mi sucesor de todo corazón. Ha sido un honor. Muchas gracias a todos y por todo.

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