21 de julio de 2019
21.07.2019

Fernández se va denostando la política que exalta "la identidad y la diferencia"

El expresidente reivindica la herencia de la Transición y carga contra las "narraciones polarizadas y desintegradoras" de los nacionalismos

21.07.2019 | 00:00
María Luisa Carcedo y Javier Fernández, durante el acto.

En el momento del adiós, a Javier Fernández se le despertaron "algunas de esas fibras que creía dormidas", las de la "emoción", y se despidió con un discurso sin leer papeles y con advertencias ocultas en el que proclamó su adhesión a la herencia política de la Transición y envolvió un alegato contra los nacionalismos. Sin dar consejos, recordó los que en su día dejó Pedro de Silva, y que también ha recogido Adrián Barbón respecto a la necesidad de "no dejarse atrapar por los vapores de la vieja Asturias" y añadió, de su cosecha propia habitual, un cántico contra "las emanaciones envueltas en leyendas patrióticas y fragancias místicas que empujan a la política al pegajoso rincón de las emociones y derivan en narraciones polarizadas y desintegradoras".

Hablaba, aclaró, de Cataluña, "de las bellas construcciones líricas" que están en el origen "de los relatos que imprimen un sentido de pertenencia que secunda contra el otro". Cargaba contra los que hacen "de la identidad y la diferencia el fundamento mismo de la sociedad política" y contra la recurrente costumbre nacionalista de someter "a estrés" el modelo territorial. El expresidente reivindicó por contra como una fortaleza la sensación de que, "pese a la hondura de sus raíces, la identidad asturiana no compite con la española por un hueco en el mercado de las lealtades". Antes al contrario, "se funde con ella en una ciudadanía que trasciende los vínculos y que remite a un nosotros más auténtico, fraterno y profundo que todo aquello que nos hace distintos".

Utilizando la expresión que hace unas semanas empleó para reclamar del Gobierno central un ritmo más atemperado para el proceso de la transición energética, Javier Fernández proclamó sin referirse explícitamente a ella, pero diciendo sin decir, la necesidad de "defender a la sociedad de aquellos que, con la razón en la mano, tienen demasiada prisa por hacerla perfecta". En esta despedida incluyó además un canto a favor de la racionalidad en un universo político en el que ahora mismo "van ganando los que prefieren sentir a comprender". Pero "aunque suene a un optimismo melancólico", matizó el expresidente, "creo que la esperanza, que es enemiga de los utopismos, de la irracionalidad y de las soluciones mágicas, volverá. Volverá de la mano de aquellos que saben que la exaltación del fragmento y el canto a la diferencia siempre ha sido uno de los ejercicios favoritos de los viejos enemigos de las ilusiones colectivas".

Enemigo de los consejos al que viene, sí dejó dicho algo de lo que le dice la experiencia, que "escuchar es lo que más te pide la gente y a veces lo único que puedes hacer". La despedida de verdad reconoce que, a pesar de todo el tiempo del que ha dispuesto para preparar una salida que siempre supo que tenía fecha fija, "siento emoción". No lo puede evitar ni encuentra para este momento, "en este tiempo de palabras de usar y tirar", otra más acertada que "gracias". Se va, termina, con gratitud a sus consejeros y colaboradores, con disculpas a quienes se hayan sentido defraudados y con una receta de expolítico que concluye que el ejercicio del servicio público "necesita fuerza, energía, reflejos, inteligencia, conocimiento, pasión y optimismo". También la suerte que finalizó deseando a su sucesor.

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