Gracias por asistir a este memorial en homenaje a las víctimas de la pandemia. Hoy deberíamos nombrarlas a todas, llamarlas a cientos en voz alta y una a una, invocar sus manos y sus rostros porque para eso estamos aquí, reunidos en el deber moral de un recuerdo colectivo.

Os agradezco que participéis en este acto, que no os hayáis apartado ni sentido extraños a la convocatoria del Gobierno del Principado. Pienso que la sociedad se amasa y crece sobre la memoria común, ese barro germinal que nos une, y que nosotros -nosotros somos todos y todas, quienes estáis aquí, quienes nos seguís desde casa, ese nosotros aspira a ser Asturias entera-; pienso que nosotros, digo, tenemos que honrar a nuestras víctimas en un ejercicio de justicia.

Hoy deberíamos llamarlas a todas en voz alta para que incrusten en esa memoria el retrato completo de sus vidas. Estamos obligados con nuestras amistades, con nuestros padres y nuestras madres; en especial, estamos en deuda con nuestras personas mayores porque la enfermedad ha buscado el luto entre las más débiles, persiguiéndolas hasta las residencias que son sus hogares, sus lugares de vida.

Al principio hablé de sus manos porque fueron ellas -pensadlo, manos viejas y esforzadas, seguro que recordáis el roce de su caricia- las que edificaron la Asturias que hoy disfrutamos. Sé que los mios güelos nun me diben perdonar que nun supiera honrar los mayores, intentar siquiera tar a la so altura. Pa qué diba valir, si non, tar güei equí falando al aire, dicir palabres fríes de piedra, si nun fuéramos quién, si nun demostráramos el valor de lloralos. Los asturianos tenemos, tuvimos siempre, como seña d'identidá, el respetu y el reconocimientu constante a los nuestros mayores como auténticu patrimoniu de lo que somos. Tenelos na nuestra acordanza y honralos ye un deber al tiempu qu'un arguyu.

Así fue el homenaje a las víctimas del Coronavirus del Principado

Tenemos el deber de la memoria y la obligación de la enseñanza. Ha sucedido mucho más que una calamidad fugaz y arrasadora. Hace cuatro meses contamos la primera muerte en Asturias, unos días antes de que la epidemia nos encerrase con el viento helado de una peste antigua y el viejísimo miedo al otro, pero con el arsenal de un lenguaje nuevo que ha llegado para cambiarnos la vida y deformarnos la realidad. Coronavirus, covid, confinamiento, desescalada, qué desgraciada y obscenamente os habéis apoderado de nuestra conversación.

Así ocurrió que a nosotros, que guardamos en el bolsillo un artilugio capaz de conectarnos en un parpadeo con cualquier rincón del mundo; a nosotros, a quienes la Tierra se nos había hecho pequeña en nuestra orgullosa globalidad; a nosotros, la sociedad más desarrollada de la historia, encabalgada sobre algoritmos y geolocalizaciones; a nosotros, todas esas palabras, envueltas sobre el trazo mínimo de un virus que se replica, nos han enfrentado cara a cara con la fragilidad ineludible de la condición humana.

Hemos de recordarlo y transmitirlo. Cómo no vamos a enseñarles a hijos y nietas, a todas quienes nos sucedan, esta herida abierta y franca de debilidad. Cómo no vamos a relatarles también que cada una de las tardes de esas semanas de encierro, cuando aún oscurecía pronto en días breves, salíamos a las ventanas con la luz rendida a aplaudir a quienes se dedicaban a lo esencial, otra palabra que forma parte del lenguaje de este tiempo, y entonces aprendimos, o quizá recordamos, que las personas esenciales eran las sanitarias, las que atendían las residencias, las que cuidaban, las cajeras de los supermercados, las que mantenían abiertas las farmacias o despachaban en las panaderías, las que limpiaban, barrían o vigilaban las calles. Hoy aquí, este mediodía de julio, merecen de nuevo nuestro recuerdo y nuestro aplauso.

Cómo no advertirles de quiénes son las esenciales, porque gracias a ellas pudimos resistir y vencer, porque venceremos (y vencer es un verbo excesivo cuando se reduce a sobrevivir). Que pudimos hacerlo mejor porque, con un ejemplo a la vista, aquí mismo, unos metros ladera arriba, contábamos con un buen hospital y en ese hospital ocurre que hay un laboratorio que nos permitió reaccionar con mayor capacidad y que eso no era un mérito de quien gobernaba en la primavera aciaga de 2020, sino de todos los gobiernos anteriores que se habían sucedido en la construcción de nuestro sistema sanitario, primera muralla contra la enfermedad. Eso tampoco debemos olvidarlo, que la sociedad se construye sobre el legado de quienes nos preceden. Hoy, que nos acompañan varios presidentes del Principado, también he de agradecerlo públicamente

Deberíamos poder decirles que, además, pensábamos que saldríamos mejores. Y eso aún no sabemos si será cierto porque depende de nuestras manos y nuestras voces, porque somos nosotras y nosotros quienes tenemos ahora que hablar, construir, levantar como ellos antes hicieron. Todavía no sabemos si les podremos contar que fuimos conscientes de la trágica enormidad de lo vivido, de que estos días nos pedían diálogo, entendimiento y unidad y que tuvimos la decisión y el coraje suficientes para entenderlo. Esa, tengámoslo en cuenta, será la memoria que dejaremos.

Todo eso les dirán los cinco tejos para el recuerdo, para l'alcordanza de estos días, árboles de la eternidad y de la vida, cuando sus troncos hayan envejecido cargándose de arrugas. Los hemos elegido tercos y duraderos para que nos sobrevivan y le hablen al futuro en un homenaje vivo, como vivo queremos mantener el recuerdo de nuestras víctimas.

Ahora siento que deberíamos llamarlas a cientos en voz alta, porque para eso nos hemos reunido en este acto, en el deber moral de este recuerdo colectivo. Deberíamos nombrar una por una todas las víctimas para decirles que estamos aprendiendo, que hemos entendido que todos dependemos de todos y prometerles que sabremos honrarles con la memoria que merecen, que Asturias, su patria y la nuestra, no les olvidará.