14 de julio de 2020
14.07.2020
La Nueva España

El tiempo en nuestras manos

El privilegio de contemplar la "firma" del autor de las pinturas de La Peña o los bisontes de La Covaciella conecta con las grandes preguntas sobre la existencia humana

14.07.2020 | 01:02
El periodista Eduardo García, ante los bisontes de La Covaciella.

Lo último que se me ocurriría decirle a un becario en Periodismo es que eligió un mal oficio. Esta ocupación tiene los inconvenientes de la incomodidad, del trabajo siempre pendiente e inconcluso. El Periodismo aboca a una suerte de desorden vital en el que no es posible controlar los ritmos del tiempo. Pero fuera de eso -que no es poco- ofrece posibilidades para saciar la curiosidad y entreabrir puertas que para la mayoría permanecen cerradas. Conoces a gente (genios y perfectos imbéciles: se les distingue bien al primer golpe de vista porque los primeros tienen por regla general el don de la accesibilidad), aprendes cosas, a veces te dejan ejercer de Robin Hood y te acostumbras a escuchar. Y a ver.

Déjenme que les cuente una historia. Cueva de Candamo. En la visita que mi compañero fotógrafo Miki López y yo realizamos al interior del yacimiento en compañía del guía del Principado Miguel Polledo llevamos a cabo una experiencia casi extrasensorial. Apagamos las luces de nuestras linternas y nos sumergimos en una inquietante oscuridad total. Fueron tan solo unos segundos, quizá un minuto, en el que contuvimos hasta la respiración, náufragos en el mar seco de las sombras.

El oído tomó entonces el mando y poco a poco comenzaron a surgir pequeños sonidos intermitentes, producto del choque de gotas de agua contra el suelo de la caverna. Caen desde hace decenas de miles de años en la cavidad hermosa de La Peña de Candamo, y yo las recibí como una caricia, el clavo ardiendo al que agarrarme frente a la negritud.

Y entonces supe que no estábamos solos, que en ese universo de roca caliza ellos siguen ahí, espíritus libres que dejaron su huella en las paredes y hoy nos acompañan, callados y quizás divertidos, en nuestro recorrido.

Penetrar en las cuevas es un viaje al interior de nosotros mismos, una especie de regreso a nuestra esencia. En la cueva de Tito Bustillo encontramos la única mano impresa en la pared que se ha documentado en un yacimiento asturiano. Una antiquísima mano en negativo, resaltada por el color rojo que el artista difuminó a su alrededor.

Conmueve porque la mano es una firma, extendida a modo de saludo para la eternidad. Y a uno le entran ganas de romper la distancia de seguridad y poner la mano sobre la suya, diluyendo con el tacto veinte mil años de distancia. Y decirle al hombre o a la mujer que dejó su huella digital en las paredes de Tito Bustillo que tampoco él o ella están solos, y que el ser humano -esa absurda mezcla de paradojas y contradicciones- sigue caminando en busca de certezas.

Esas certezas, aviso, no las vamos a encontrar en las formas y colores del arte del Paleolítico Superior en Asturias. Mejor no acercarse a ellas con ánimo traductor. Para entrar en las cuevas se recomienda ropa y calzado adecuados y, sobre todo, dejar la soberbia en el ropero.

Y para ello hay que reconocer que el Periodismo es un buen antídoto, porque la tarea diaria informativa nos recuerda lo poco que sabemos y el inmenso cúmulo de dudas con las que convivimos en aparente armonía. Frente al panel absolutamente seductor e intrincado de Llonín, en lo más profundo de la cueva, ya no valen las preguntas. Decía Gregorio Marañón, médico del alma, que saber no es conocer las cosas, eternamente desconocidas en su profundidad, sino querer saber.

Indagar y suponer; imaginar... Las mejores historias son las que presentan un final abierto. O un no final. Son historias que tienen que ver no tanto con los hechos como con las emociones. Y contar emociones es siempre caer en el riesgo de transitar por los lugares comunes y las frases hechas.

Me arriesgaré con una de esas convulsiones emocionales. El Periodismo lo permite, y el que no acepte el reto siempre puede presentarse a las oposiciones para funcionario del Negociado de Quintas.

Covaciella, la cueva sellada. El permiso del Principado para entrar en ella y realizar el reportaje lo recibí como si del Gordo de la Lotería se tratara. De aquella visita en compañía del guía Santiago Calleja y de ese portento fotográfico que es Miki López extraigo un recuerdo, intenso como una punzada: el momento en el que, tras superar no pocos obstáculos orográficos, la luz tenue de la linterna ilumina de repente la pared de los bisontes.

Por unos minutos el mundo se redujo a diez metros cuadrados de pared húmeda. El mundo es el bisonte, la fuerza de la Tierra, el devenir del ser humano, todos los amores y todos los odios de la especie concentrados en unos perfiles negros que durmieron un sueño de 14.000 años y se despertaron por el ruido de unos afortunados barrenos.

En cuclillas, frente a la escena poderosa del celo de los grandes bóvidos, confieso haber llorado, con la contención y disimulo necesarios para no alarmar a mis dos compañeros de partida.

Bendito oficio este que te permite llorar. A veces incluso te lo exige, salvo que el periodista sea de cartón piedra. Mis lagrimones son el mejor homenaje a los artistas magdalenienses de La Covaciella, gentes que contaron historias en la pared, como nosotros hacemos a diario en los periódicos.

Percibimos la belleza a través de las emociones. Es más, las cosas nos parecen bellas en la medida en que nos emocionamos ante ellas. No hay valores absolutos, y en el arte paleolítico menos. En esa relatividad que acompañó al hombre desde hace millones de años, el tiempo no deja de ser el concepto más relativo. Dentro de la caverna, enfrentados a las figuras de bisontes, ciervas, caballos y renos, somos capaces incluso de pararlo.

Y por un instante ese tiempo nos pertenece, la belleza es nuestra, logramos el milagro de condensar la Historia en una sola mirada llena de admiración.

Todo gracias al Periodismo, el único oficio del mundo que admite la existencia de cien mil millones de preguntas. O más.

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