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Castropol, "prudencia" contra la histeria

Los turistas mantienen sus vacaciones en la villa costera pese al brote, la prueba de que, "con cuidado, pero hay que vivir", resaltan los hosteleros

Vicente Alonso y Marta Catuxo, de paseo por Castropol.

Vicente Alonso y Marta Catuxo, de paseo por Castropol. Mara Villamuza

Son las cinco de la tarde y en Castropol, capital del concejo del mismo nombre, brilla el sol y el puerto deportivo se anima con turistas y paseantes. No hay tanta gente como otros años, pero "se aguanta el chaparrón", dicen los hosteleros locales. Pese al brote de covid-19 decretado en la localidad (seis positivos, según el último dato del Principado) la vida sigue. Castropol es el ejemplo de que, lejos de psicosis, la "nueva normalidad" conlleva una prudente convivencia con la detección de casos. "El virus está en las personas, no en los lugares", resaltan los médicos para indicar que, cumpliendo una rápida detección y medidas de aislamiento, los casos no estigmatizan a locales o territorios.

David Seijo, de Ribadeo, trabaja en uno de los puestos de recuerdos que se instalan en el paseo marítimo. Mira resignado un Castropol que se sobrepone al brote detectado la semana pasada, "tal vez menos dinámico que otros agostos" y que intenta vivir con cierta normalidad. "Al final, el virus existe, solo que hay que tenerle respeto y vivir con prudencia", dice.

"Hay que vivir", es el mantra que se repite en Castropol, concejo del Occidente de la Asturias costera, con playas "de infarto", como las definen los turistas, y posibilidades de disfrutar de una ría navegable. Con parte de la costa gallega cerca y rutas por bosques a un paso. "Es Asturias y aquí hay muchas opciones al aire libre", dice con orgullo Francisco Toribio, madrileño con segunda residencia en Castropol.

"Somos prudentes, hacemos una vida prudente y por eso estamos tranquilos al margen de las noticias y de los rebrotes", añade. A punto de salir a navegar por la ría del Eo con su familia, asegura que sus hábitos por vacaciones han cambiado y que precisamente "en asumir el cambio está la clave" para superar la pandemia. "Con precaución se puede", señala su amigo Rafael Villena, quien reflexiona sobre las curas a las enfermedades que hay en el mundo: "Muy pocas en realidad, por eso el gran secreto, si se puede, es la prevención", destaca. Y mientras las familias con niños a cargo apuestan por hacer actividades al aire libre sin pensar mucho en el coronavirus, los jóvenes de Castropol se muestran, en general, más tensos. Esquivan las preguntas y no quieren participar en este reportaje. Algunos confiesan que "algo de eso me ha tocado", en relación con el brote. Carmen García-Conde es madrileña y tiene 20 años. Para ella, Castropol es el paraíso. "Vivimos con incertidumbre y miedo el principio, cuando se registró el primer caso, ahora vamos asumiendo lo que pasa", subraya. A su lado, María Barja, de 18 años, asiente: "Por ejemplo, la ría es segura", dice.

Vicente Alonso y Marta Catuxo, matrimonio que regenta el restaurante "Casa Vicentón", con 80 años de historia, son optimistas. "Nosotros seguimos un protocolo de limpieza estricto y creo que esa la clave. ¿Tuvimos cancelaciones? Sí, cinco o seis, pero no anularon todo en masa", apunta la segunda. Su marido pide algo de optimismo. "Podemos hacer una vida normal, trabajar y pasear, siempre siendo prudentes", opina. Ellos no dejan de cruzar a pie tras el almuerzo la ruta que une, de punta a punta, el puerto deportivo. "Al final, los casos confirmados aquí no son tantos y se hace un buen rastreo", dice Vicente Alonso.

Los hosteleros de la zona aplauden la decisión del bar que echó temporalmente el cierre al vincularse a él la presencia de un contagiado, pese a que el origen del foco no estuvo en ese establecimiento. "Lo hacen por precaución, sabiendo que los dueños y los trabajadores no tienen nada", apunta Daniel Maroto, quien trabaja en otro restaurante del puerto deportivo. Él sí observa lo peor de la pandemia. "Hay menos gente que el año pasado porque un verano normal a estas horas y con este día de sol, estaríamos dando cafés sin parar", resume.

Edu Camps y Ana Sánchez, de Valencia y Madrid respectivamente, se alojan en Cadavedo (Valdés) y visitan Castropol un lunes por la tarde "sin saber si hay brote o no". Deciden tomar un refresco en una terraza con vistas a la ría del Eo. Los que llegan de zonas más castigadas por contagios, como esta pareja, no se muestran miedosos porque entienden que "hay siempre más virus donde vivimos". "Puede estar en todas partes", resume Ana Sánchez. Eduardo Herráiz veranea en Castropol desde hace tres años. Se enteró del brote cuando viajaba a Asturias. "Sería peor quedarnos en Madrid", dice con humor mientras espera para pasear en barco con sus dos hijos, Jaime y Rodrigo. Eso sí, este año habrá "menos terraceo".

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