Por vez primera, Llonín al completo. La quinta entrega del coleccionable de LA NUEVA ESPAÑA sobre "El Legado del Arte Rupestre Asturiano" se adentra -nunca mejor dicho- en los secretos de una cueva que es Patrimonio de la Humanidad, reconocida por la Unesco como uno de los grandes santuarios del arte paleolítico europeo pero a la vez desconocida para el gran público, cerrada por motivos de conservación; un tesoro al alcance de muy pocos. Hasta ahora.

"Llonín, la cueva de los cielos rojos", que llegará a los lectores de este periódico el próximo fin de semana (15 y 16 de agosto), es el primer libro divulgativo sobre el yacimiento, que tiene singularidades que lo hacen único. Para empezar, es una cueva con una inmensa horquilla de ocupación, que abarca no solo todas las fases del Paleolítico Superior sino también el Musteriense (época neandertal) y, más cercanas a nosotros en el tiempo, hasta la Edad de Bronce.

Quizá por eso Llonín ha dado excelentes resultados arqueológicos, no solo en conocimiento científico sino en hallazgos de útiles. Hay donde elegir, pero nos quedamos con el excepcional rodete, una pieza ósea de apenas cinco centímetros de diámetro, perforada en su parte central y tenuemente decorada por anverso y reverso. No se sabe a ciencia cierta para qué era utilizada, pero al menos la podemos admirar en el Museo Arqueológico de Asturias.

Llonín es la cueva que alberga una de las ciervas punteadas más hermosas del arte paleolítico europeo. O el antropomorfo más nítido de cuantos se han documentado en cuevas asturianas. Esa nitidez viene marcada porque, aquí sí, el sexo femenino de la figura no arroja apenas dudas. Llonín es también muy importante porque es una de las cuevas clave para sustentar la doctrina chamánica, el arte (o, mejor, parte de él) como resultado de la actividad pictórica en estado de alucinación. Un modo de recoger la fuerza de los dioses en beneficio del grupo. Y entre la divinidad y el clan estaba el intermediario, el chamán o brujo.

Las alineaciones de triángulos, las repetidas series de puntos y líneas y, en definitiva, la explosión de color rojo que generan, convierten al panel central de Llonín es un espacio sorprendente y hasta sobrecogedor.

En Llonín hay arte de todas las grandes fases del Paleolítico Superior, desde el Gravetiense hasta el Magdaleniense final. En traducción temporal, esas expresiones artísticas encuentran acomodo en la caverna de Peñamellera Alta desde los 25.000 a los 12.000 años. La última gran característica de Llonín viene de la mano de un impresionante repertorio de ciervas estriadas. Son animales grabados que Javier Fortea, director de las excavaciones en el yacimiento durante dos décadas, clasificaba como de estereotipo Altamira/Castillo, las dos cuevas cántabras donde fueron reconocidas por vez primera.

Pero por encima de ellas está Llonín, la cueva cantábrica en la que más y mejor está representado este tipo de grabado, muy ligado a la cornisa cantábrica y perfectamente definido en términos culturales cronológicos: el Magdaleniense Inferior Cantábrico. Para ahondar en esa singularidad, habría que añadir el perfil, apenas definido, de un pequeño oso, situado en un entorno alejado del gran panel. Tiene un alto valor simbólico porque es el único oso pintado (en negro para más señas) del arte rupestre asturiano.

Llonín fue "casa" durante decenas de miles de años, y durante la segunda mitad del siglo XX sirvió como cueva para la maduración de quesos. Eran tiempos en que el arte paleolítico apenas era valorado. Los procesos de fermentación afectaron a pinturas y grabados, como lo prueban los intentos de datación que en la década de los noventa se llevaron a cabo por el procedimiento del carbono 14. Fechas distorsionadas incompatibles con el razonamiento arqueológico.

El arte rupestre en Llonín fue descubierto en 1971 por un grupo de la Organización Juvenil (OJE). La noticia fue publicada en LA NUEVA ESPAÑA el 28 de marzo de aquel año, un reportaje que incluía fotos en el interior. De las imágenes en blanco y negro, ya distorsionadas por el tiempo, a las que el próximo fin de semana se van a encontrar los lectores en "Llonín, la cueva de los cielos rojos", decenas de fotografías a todo color que buscan el más mínimo detalle en las paredes incomparables de la "Cueva del Quexu", como la conocen los vecinos de la zona. Hay en esas imágenes una vocación estética pero también un ánimo divulgativo. Nunca hasta la fecha se había podido ver Llonín, cueva sellada a cal y canto, como se podrá hacer a través del quinto libro de la colección de LA NUEVA ESPAÑA, que tiene un prologuista de lujo, el artista plástico asturiano Luis Fega.