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Fotoperiodista

Santiago García: “El periodismo me enseñó a estar, a ser un paisano riguroso y también marchoso”

“Lanzado por los ‘sol y sombras’, entré detenido en el cuartel de Melilla cagándome en Franco y me desterraron a Alhucemas el resto de la mili”

Santiago García, en la Facultad de Ciencias de Oviedo. | Miki López

Santiago García, en la Facultad de Ciencias de Oviedo. | Miki López

Santiago García López (Ore, Valdés, 1949) es el octavo de diez hermanos de una familia muy pobre. Pasó seis años interno en el hogar del Auxilio Social Pedro Menéndez de Avilés hasta que se reunió de nuevo con su familia en Ventanielles (Oviedo), en 1963. Siendo un adolescente, el fotógrafo José Vélez Abascal le introdujo en la fotografía, que en el periodismo le procuró una larga carrera en una importante lista de publicaciones, especialmente en las plantillas de LA NUEVA ESPAÑA y de “La Voz de Asturias”. Está casado y tiene tres hijas. Vive jubilado con salud y deporte.

–¿Supo pronto que le gustaba la fotografía?

–Fue lo que me tocó y me gustaba meter un papel en un líquido y que apareciera una imagen. Con las chavalas la cámara era magia: “Hazme una foto”. Te daba aceptación.

–¿Ya andaba con chicas?

–No. A los 17 años ennovié en el instituto con Amelia Freitas Jares, de 15, con la que me casé. Yo tenía una moto Torrot con la que metía ruido, derrapaba y rajé un pantalón de franela que me había regalado mi madre y me arregló una zurcidora de la calle Cimadevilla.

–Estudiaba y trabajaba.

–Sí. A José Vélez lo nombraron delegado de Europa Press en Asturias y yo, con 14 años, iba con un hermano desde Vallobín a la estación del Norte, cada noche, a las 11. Subíamos andando. No había aceras en la Tenderina, ni Ventanielles, todo eran charcos. Por Santullano daba miedo ir porque era una senda entre árboles y por el Matadero era mucho rodeo. La calle Azcárraga estaba llena de bares de putas. A la puerta de uno vimos una bicicleta y dije a mi hermano Julio: “Corre, corre, que nos va a venir muy bien para hacer rápido los recados”. A la vuelta le dejé la bici en el Matadero.

–Llegaba a la estación del Norte y...

–El revisor del exprés me daba un paquete con fotografías y reportajes. Subía a la calle Asturias para venderlos en LA NUEVA ESPAÑA, escogían los que les interesaban y bajaba a “La Voz de Asturias”, donde me recibía Manolo Paredes, Díaz Jácome o De Juana y con lo que quedaba iba a Fray Ceferino, a “Región”. Volvía a Ventanielles a las doce pasadas. Me pagaba 500 pesetas, 1.000 y al final 1.500.

–¿Cómo entró en LA NUEVA ESPAÑA?

–Cortaba teletipo y seleccionaba las fotos del telefoto. Me querían. Hacía algunas fotos de charcos, de averías... Cuando tenía 18 años e iba a ir a Brun Publicidad de fotógrafo, se enteraron Graciano García y Juan de Lillo y me dijeron que no fuera, que yo era del periódico. Había dos plazas de ordenanza, una en la administración y otra en la redacción.

–¿Por cuál optó?

–Por la de administración para trabajar de ocho de la mañana a dos de la tarde y hacer fotos para la redacción por la tarde hasta que sacaran una plaza de auxiliar de fotografía. Manolo Avello me hizo la carta de recomendación para Aureliano García Gutiérrez, que era el administrador del periódico. Entré en enero de 1968. Cobraba 75 pesetas por foto publicada y llegaron a ser 125. Publicaba 60 o 100 y ganaba más que algún redactor. Estuve hasta 1990.

–¿Dónde hizo la mili?

–En Regulares 5 de Melilla en 1971, después del campamento en Viator (Almería). Luis Alberto Cepeda se ofreció a arreglármelo para que quedara en el Gobierno Militar y que fuera otro en mi lugar, pero le dije que quería conocer mundo.

–¿Qué tal mili tuvo?

–Estaba en el curso de cabos porque quería salir a la calle vestido de civil. Un día salí con Juan Carlos, uno de San Lázaro, que iba a marchar porque tenía la novia embarazada. Fuimos por el barrio del Real a tomar “sol y sombras”. Pagué con un billete de 100 pesetas, no me daba la vuelta y dijo que no le había pagado. Yo estaba un poco lanzado, armé la de Dios y un brigada y un teniente que estaban allí me llevaron al cuartel, donde entré cagándome en Franco y la madre que lo parió. Un capitán gallego me pegó una hostia, le devolví una patada en los güevos, me dio un ataque de nervios y pasé 14 días de calabozo.

–Pocos parecen.

–Porque el capellán era de Luarca y porque me disculpé al día siguiente, pero me quitaron del curso de cabos y me desterraron a Alhucemas, un islote donde tenían a los comunistas y a los separatistas vascos.

–¿Qué tal con ellos?

–Había uno de ETA que era majo. Estuve de escribiente del capitán, que era un borrachín. Dejé tres amigos –José Hilario Oruña Bezanilla, cabo; Jesús Sarachaga Gándara, soldado, y Jesús Bartolomé Cuevas– que hacíamos una tortilla de patata en una cueva. Con la pandemia contacté con ellos a través de Facebook y nos vamos a juntar. Pasé nueve meses en bañador y volví como un negro.

–Y se casó.

–Encontré a mi novia con un melenas, me dieron celos, me enfadé y resultó ser el hermano mayor, que había vuelto de Brasil. Me casé.

–Tuvieron dos hijas.

–Vanesa, de 45 años, que hizo Humanidades y está en la administración de 30 residencias de ancianos, y Leticia, de 41, que dejó varias carreras, trabajó, hizo diagnóstico de rayos, trabaja en el HUCA y oposita para Justicia. No tengo nietos, y me hubiera gustado.

–¿Lo mejor del periodismo?

–El periodismo fue todo. Conoces desde la gente más humilde a los premios Nobel, alternas y eso te hace aprender de todo, te enriquece y te enseña a estar. Me hizo ser un paisano, ser como soy, riguroso y marchoso, que eso también es muy bueno. La marcha viene de cuando acababa a las 4 de la mañana y había ambiente festivo.

–¿Vio crecer a sus hijas?

–Las traía a las Dominicas, donde estudiaron para tenerlas cerca del periódico, pero también las veía poco porque viajé mucho. Fui a Ginebra a hacer un reportaje con Evelio G. Palacio; en 1989 volé en el mismo avión que Juan Pablo II de Fiumicino a Santiago de Compostela; estuve en Génova con el Real Oviedo; en Berlín en 1990, al año de la caída del Muro, con Lorenzo Cordero; recorrí las zonas mineras reconvertidas de Francia y Bélgica con Mario Bango. Estando allí murió su suegro y volvimos en mi Alfa Romeo 133 sin dormir. En un momento no nos matamos de milagro porque cabeceé.

–Trabajó en “La Voz de Asturias”.

–Casi once años. Me echaron a los 51 años cuando empezaron los recortes después de la muerte de Antonio Asensio.

–Mala edad.

–Estaba separado, me había vuelto a casar, había comprado un piso. Fue jodido. De la indemnización saqué un dinero, vendí algunos edificios y plazas de garaje para amigos que andaban en lo inmobiliario... Pasé a pedir la ayuda familiar, trescientos y pico euros. Trabajé 13 meses de colaborador social en el Ayuntamiento de Oviedo, en el IBI y volví al paro. Me llamaron para la gerencia del Ministerio de Justicia y allí estuve cara al público tres años y pico hasta casi los 60. Y otra vez al paro. A los 61 dije: “Me jubilo”. Pagué de mi bolsillo para tener la pensión máxima y perdí el 24% después de cotizar 42 años y trabajar 47.

–¿Cómo conoció a su segunda mujer?

–Susana Fernández Álvarez era amiga de Belén, una amiga del fotógrafo Jesús Farpón, que en paz descanse. Tenía 38 años. Fuimos a tomar unos vinos por el Rosal y conectamos. Tenemos una hija, Silvia, de 18 años, que es guapa, baloncestista, estudia bien y la veo crecer cada día.

–¿Qué tal le trató la vida?

–Bien, salvo los años del colegio del Auxilio Social y del paro. No me quejo. Siempre tuve buena salud y buenos amigos.

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