Los billetes y monedas volvieron a hacer sonar las cajas registradoras del pequeño comercio y, las segundas, siempre muestran una cara y una cruz. Hay quien, ayer, abrió para quedarse y quien lo hizo para despedirse. Para decir adiós al negocio, a los clientes o al local. Se trataba de decisiones tomadas de antemano o propiciadas por una espera que se hizo “demasiado larga” durante las semanas de cierre obligado en la que los gastos fijos seguían corriendo.

Como tantos otros, ayer, una tienda de ropa de la ovetense calle Melquiades Álvarez volvió a abrir sus puertas. Lo hizo con unas luces de resonancia navideña acompañadas de los carteles de “liquidación”. Al otro lado del mostrador, una dependienta explicaba que no era un cierre total, sino que, cuando acabe el año, la tienda migraría “al formato online”.

Pese a la despedida, entre las rebajas y el frenesí de la reapertura, el goteo de clientes fue constante durante todo el día. Hasta el punto de que algunos llegaron a hacer cola a la puerta de la tienda durante la mañana. Cosas de sumar los descuentos a la distancia social.

Si esta era la cruz, la cara la mostraba un negocio improbable: una tienda de antigüedades en la calle Rosal. Recuerdos de otro siglo en una zona donde, hasta ahora, solo florecían los bares. Justo cuando iban a estrenarse, llegó el Principado y decretó el cerrojazo. Entonces, Beatriz Barrera y Jorge Gómez tuvieron que poner los sueños en cuarentena, hasta ayer, cuando levantaron la persiana por primera vez.

Ya el día anterior, tras conocer una noticia que recibieron “de manera inesperada”, fueron hasta su local a ponerlo “todo a punto”. Arrancaron las lonas que cegaban el escaparate como si fuese un regalo e, inmediatemente, los vecinos empezaron a pegar la nariz al cristal. Una apertura que celebran, por dar “diversidad” a una calle a veces “olvidada” y gravemente afectada por el cierre de la hostelería, explicaba una futura clienta mientras hacía un alto frente al flamante escaparate.

Pese al revés que sufrieron al conocer las restricciones, los dueños del anticuario aseguran que “tuvieron la suerte” de poder mantenerse ocupados durante esas semanas “organizando la tienda”, mientras otros estuvieron “de brazos cruzados”. Aunque no esconden que había ganas e impaciencia por mostrar el género al público.

“Es un día de doble celebración”, contaba Barrera mientras su socio atendía a un cliente. Y, ahora, desea que todo siga igual, que los clientes sigan llegando de manera constante, comprando “y mirando”. Porque una tienda de antigüedades también está “para mirar”.

Desde el nuevo local se encomiendan, como tantos otros, a la campaña de Navidad. “Esperamos que durante estas fiestas los vecinos compren en tiendas de barrio y no por internet”, decía Beatriz Barrera.