El presidente de la Junta General del Principado, Marcelino Marcos Líndez, ha hecho un llamamiento al diálogo constructivo para afrontar los efectos sociales y económicos de la pandemia de covid, con un recuerdo al espíritu que propició el 1978 el nacimiento del consenso constitucional. En un discurso grabado en vídeo (Marcos Líndez se encuentra en cuarentena por un caso de contacto estrecho positivo en coronavirus) con motivo de la celebración este domingo del aniversario de la Constitución española, el presidente del parlamento asturiano apela a la moderación para alcanzar un espacio de construcción política.

“La radicalización y polarización, acompañadas casi siempre de la irracionalidad del debate político, conducen a la incapacidad para lograr soluciones o, al menos, para alcanzar cierta dosis de estabilidad en soluciones que son, ya de por sí, inestables”, sostiene Marcos Líndez, quien advierte del riesgo de “consecuencias prácticas no previstas”.

El presidente del parlamento apela “al consenso de 1978 como fuente de inspiración y de motivación”. "¿Dónde ha quedado ese espíritu? ¿Cuándo lo hemos perdido?". Para Marcelino Marcos Líndez, la causa de ese distanciamiento de ese camino "se debe, en gran medida, a "las estrategias de una gran mayoría de partidos políticos, que nos han llevado a un alejamiento de aquel clima de consenso de 1978, una coyuntura que la sociedad ansiaba, en la que las vías preferentes para afrontar los problemas políticos fueron el compromiso y el diálogo ".

“Búsqueda del encuentro"

El presidente del Parlamento asturiano, que ha advertido de que "puede que este país esté actualmente más necesitado de consenso que nunca", subraya en su discurso que "tal vez ha llegado el momento de pasar de una política impostada a una política de las circunstancias y de los acuerdos". Por esta razón, ha insistido en que "el diálogo, la moderación y la búsqueda del encuentro se tornan fundamentales para la reconstrucción de la España post-pandemia".

Marcos Lídez pide ser conscientes de que "el consenso siempre es el mejor mecanismo procedimental para el sano ejercicio de la deliberación política, y siendo conscientes también que, para que ese consenso dé frutos, debe ir acompañado de la concordia y de la sana práctica del diálogo, la escucha y la comunicación", argumenta. No obstante, admite que el conflicto en ocasiones es necesario para introducir "nuevos impulsos" a la vida democrática.

Además, resalta que es “imposible” llevar a cabo reformas duraderas, estables y con visión de Estado sin un espíritu de diálogo, y destaca que esas reformas son "imprescindibles para poder avanzar en este momento político de tremenda ebullición social, en esta situación actual conflictiva, paradójica e incierta, consecuencia de la crisis que estamos padeciendo".

"Es el momento de los dirigentes con talento para la conciliación y con tolerancia para el compromiso, de los líderes competentes y fiables que sean capaces de negociar soluciones a los problemas y a los conflictos, de los políticos que apuesten por un consenso que no anule diferencias pero que tampoco convierta la pluralidad de los españoles en arma arrojadiza", ha señalado.

DISCURSO PRESIDENTE DE LA JUNTA. DÍA DE LA CONSTITUCIÓN 2020

Supongamos que los líderes de las fuerzas políticas de este país están dispuestos, con voluntad cierta, a abrir un diálogo orientado a la reconstrucción económica y social de la España post-pandemia. Esto, que algunos pueden considerar, con razón, una utopía, sería el horizonte en el que cobran sentido mis reflexiones en este discurso de conmemoración del Día de la Constitución/2020.

Creo que la crisis por la pandemia provocada por la COVID-19 es una buena ocasión para replantear algunos aspectos esenciales de la práctica política, fundamentalmente los que afectan a aquellos asuntos que podríamos denominar ‘de Estado’, siendo uno de los más importantes, a mi entender, la búsqueda del consenso.

Fíjense en la singularidad de la situación que, en esta ocasión, la forma de dirigirme a ustedes nada tiene que ver con el formato utilizado en otras ocasiones.

Hoy, señoras y señores, quizás mi intervención se mueva entre la nostalgia y la utopía; la nostalgia de aquel consenso constitucional de 1978, y la utopía que supondría, según todos los indicios, alcanzar ese consenso actualmente, y en un futuro próximo.

Estamos, no cabe duda, en una sociedad compleja donde la gobernabilidad resulta cada vez más frágil en virtud de la pluralidad de intereses expresados por las fuerzas políticas de este país. En los últimos años, algunos partidos políticos han optado por adherirse a posiciones muy radicales y, en un escenario de radicalidad, cada vez resulta más difícil el acuerdo.

La radicalización y polarización, acompañadas casi siempre de la irracionalidad del debate político, conducen a la incapacidad para lograr soluciones o, al menos, para alcanzar cierta dosis de estabilidad en soluciones que son, ya de por sí, inestables; y esa opción nos puede llevar a consecuencias prácticas no previstas.

El radicalismo nos sitúa en un contexto donde cada cual está convencido de estar en posesión de la verdad, siendo, por tanto, refractario al diálogo y manteniendo tesis irreconciliables. En este sentido, no deberíamos perder de vista aquella máxima de Habermas, el ideólogo de la democracia parlamentaria alemana, quien decía, con buen criterio, que, en política, algo está más cerca de la verdad si es el resultado de un acuerdo o consenso procedente de un proceso de diálogo.

En este día quiero remitirme al consenso de 1978 como fuente de inspiración y de motivación. Cuando se aprobó nuestra Constitución, hace 42 años, el acuerdo alcanzado era expresado a través de aproximaciones diversas:

  • Attard lo presentaba como un compromiso de honor, asumido frente al país, “no habrá problema -decía- que no sea superable para la transacción y el compromiso de los españoles, de quienes somos sus mandatarios”.
  •  Peces-Barba consideraba que el consenso consistía en conseguir que en el texto constitucional “no haya nada que pueda ser absolutamente inaceptable para cualquiera de los grupos parlamentarios aquí existentes, porque entendemos que en esta Constitución deben gobernar todos”.
  • Fraga entendía que el consenso suponía “renunciar a imponer unos a otros un trágala constitucional. La verdadera actitud de un consenso democrático reside, precisamente, en aceptar sin vetos ni reservas, esa parte inevitable de todo acuerdo parlamentario que es el respeto a la regla de la mayoría…”.
  • Roca Junyent decía que el consenso significaba que el texto fundamental “hiciese posible el gobierno de todas las opciones democráticas sin abrir peligrosas crisis constitucionales”.

Compromiso de honor asumido frente al país, una Constitución en la que deben gobernar todos, aceptar sin vetos ni reservas el respeto a la regla de la mayoría, hacer posible el gobierno de todas las opciones democráticas sin abrir peligrosas crisis constitucionales; y yo me pregunto: ¿cuándo dejamos atrás todo eso? ¿cuándo dejamos atrás lo que estaba asumido? ¿dónde ha quedado ese espíritu? ¿cuándo lo hemos perdido?

El paso del tiempo ha debilitado aquel clima de entendimiento indispensable en nuestra vida política-constitucional. Actualmente, las posiciones de la sociedad civil, pero, en mayor medida, las estrategias de una mayoría de partidos políticos, nos han llevado a un alejamiento de aquel clima de consenso de 1978, una coyuntura que la sociedad ansiaba, en la que las vías preferentes para afrontar los problemas políticos fueron el compromiso y el diálogo.

Por introducir un matiz, se podría resaltar que aquel diálogo tal vez haya sido una consecuencia de las exigencias y necesidades del momento; quizás aquel entendimiento se haya dado porque, como decía Sartori: “un ideal es algo que nace de una mala trayectoria”. Y nosotros en 1978 veníamos, ciertamente, de una muy mala trayectoria.

Confío en que, actualmente, volvamos al camino del consenso y del diálogo sin esperar a que la trayectoria llegue a ser tan extremadamente mala para reaccionar.

No quisiera caer en el pesimismo en un día de celebración como el de hoy, pero puede que este país esté actualmente más necesitado de consenso que nunca; siendo conscientes de que el consenso siempre es el mejor mecanismo procedimental para el sano ejercicio de la deliberación política, y siendo conscientes también que, para que ese consenso dé frutos, debe ir acompañado de la concordia y de la sana práctica del diálogo, la escucha y la comunicación.

Consenso, diálogo y concordia, tres grandes principios de la democracia, y lo son porque el lenguaje racionaliza las conductas y las orienta hacia la serenidad del consenso, porque sin diálogo es imposible llegar a grandes entendimientos en espíritu de concordia y porque sin concordia la colectividad ni es propiamente sociedad ni puede articularse en Estado.

Frente a la política actual en la que prima la imagen y las técnicas de puesta en escena, frente a esa política como espectáculo y como narración dramatizada de la actualidad, quizás ha llegado el momento de recuperar el uso de la palabra. Tal vez ha llegado también el momento de pasar de una política impostada a una política de las circunstancias y de los acuerdos.

Una vez logrados esos consensos, tiempo habrá para que se escenifiquen, probablemente no con la mejor retórica parlamentaria, pero sí con la más cuidada estética ante los medios.

No podemos ni debemos pasar por alto que sin consenso es imposible llevar a cabo reformas duraderas, estables y con visión de Estado; unas reformas imprescindibles para poder avanzar en este momento político de tremenda ebullición social, en esta situación actual conflictiva, paradójica e incierta, consecuencia de la crisis que estamos padeciendo.

Y con esto no quiero decir que el consenso deba colonizar la democracia ni fagocitar el conflicto; soy consciente de que el conflicto es, a veces, necesario en la medida en que introduce nuevos impulsos a la vida democrática e interrumpe las rutinas burocráticas que supondría un asentimiento permanente; pero me considero en total desacuerdo, y más como Presidente de la Junta General del Principado de Asturias, con esas posturas que ven los parlamentos como campos de batalla donde sólo tienen cabida la fuerza, la escenificación y el pensamiento estratégico.

 La esencia del parlamentarismo, conviene no perderlo de vista, no es votar en contra de lo que otro grupo parlamentario va a defender, sino votar en contra de lo que ya ha defendido.

Pienso que es el momento de sacar a relucir nuestra verdadera dimensión humana y política, algo que se hará patente en consonancia con el respeto que mostremos al que discrepa, al diferente, y con la capacidad que tengamos para ponernos de acuerdo en beneficio de los ciudadanos.

 Es el momento de los dirigentes con talento para la conciliación y con tolerancia para el compromiso, de los líderes competentes y fiables que sean capaces de negociar soluciones a los problemas y a los conflictos, de los políticos que apuesten por un consenso que no anule diferencias pero que tampoco convierta la pluralidad de los españoles en arma arrojadiza.

Hoy, al igual que en 1978, debemos ser conscientes de que el futuro pasa por entenderse, por hacer concesiones y por buscar la verdad que nadie tiene en exclusiva. Quizás ha llegado la hora de poner en práctica aquellos versos de Antonio Machado:

“Tu verdad no, la verdad.

 Y ven conmigo a buscarla.

La tuya guárdatela".

Nada se encuentra más alejado de una convivencia civilizada que la pretensión del “monopolio de la verdad”, así como la transformación del diálogo en difamación y descalificación del resto de contendientes. Por eso es también momento para la moderación, una moderación como sinónimo de buena disposición y como término opuesto a la arrogancia y a la prepotencia.

La política no se puede basar exclusivamente en la descalificación del adversario ni en esa campaña negativa que pone continuamente en entredicho la capacidad de quien gobierna y su honradez. Eso es algo que puede abrir abismos insalvables.

El diálogo, la moderación y la búsqueda del encuentro se tornan fundamentales para la reconstrucción de la España post-pandemia. Sin olvidarnos de algo imprescindible como es la voluntad.

Comenzaba mi intervención hablando de voluntad y finalizo de igual manera; ya Ortega, allá por 1921, cuando se publicó su obra “La España Invertebrada”, se hacía la siguiente pregunta: “¿Tendrá España la voluntad de rehacerse?”. Yo, un siglo más tarde, me pregunto lo mismo.

Nuestra Constitución ha permitido que durante más de 40 años hayamos podido luchar juntos por la libertad y el progreso de este país. Hagamos que continúe siendo así y no olvidemos que en su Preámbulo ya proclama “la convivencia democrática” como primer objetivo de la voluntad constituyente.

¡Feliz Día de la Constitución!

Gracias.