Pardo Bazán, la pionera en la defensa de las mujeres que admiraba al padre Feijoo
La escritora gallega, que construyó el Pazo de Meirás, consideraba al benedictino establecido en Asturias el modernizador intelectual de España

Emilia Pardo Bazán, ante su máquina de escribir, en el Pazo de Meirás. / María José IGLESIASMaría José IGLESIAS

Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 1851-Madrid, 1921) se paseaba con un libro en la mano por los jardines del mal llamado Pazo de Meirás. Para su dueña eran “Las Torres de Meirás”, casa que mandó construir en 1893 en unos terrenos familiares cercanos a La Coruña. Zola y Voltaire, entre otros, llenaban las lecturas de la condesa, pero sobre todo el padre Benito Feijoo, el benedictino orensano de nacimiento y asturiano de adopción (en Oviedo se formó y ejerció su magisterio), al que la escritora admiró hasta el punto de considerarlo “cíclope, capaz de levantar sobre sus hombros la modernización del país”, un “Proteo científico”, “un hombre omnisciente que no deja rincón que no registrase”.

La biblioteca de la escritora en Meirás.
“La Pardo Bazán”, merecedora de ese artículo que precede a quienes como ella dejaron un legado imperecedero, conocía bien la obra de los ilustrados franceses y pensaba que con Feijoo (Orense, 1676-Oviedo, 1764) había comenzado la modernidad de la vida científica en España. Llegó a decir que era “el primer crítico del que puede presumir España y hasta hoy (por el año 1876) no fue igualado”.
Novelista, ensayista, periodista, crítica literaria, poetisa, editora, catedrática, conferenciante, introductora del naturalismo en España, seguidora del krausismo y firme defensora de los derechos de la mujer desde su posición social privilegiada, Pardo Bazán tuvo como faro y guía intelectual al austero fraile que vivió en el ovetense convento de San Vicente e impartió sus enseñanzas en la Universidad de Oviedo. Doña Emilia, anticipadora del feminismo y del sufragismo, liberal en sus fondos y formas, descubrió al considerado “creador del ensayo en España” en el año 1874 y quedó completamente seducida por sus planteamientos.
Las obras de Feijoo reposan junto a más de 3.000 volúmenes más en la biblioteca personal que Emilia Pardo-Bazán y de la Rúa-Figueroa reunió desde su infancia, entre los libros está hasta el primer manual de francés que tuvo a los 6 años. Esos volúmenes, que los Franco se niegan ahora a entregar y que han permanecido casi un siglo ocultos, constituyen el mayor tesoro del palacio que esta semana ha pasado a ser gestionado por Patrimonio Nacional, tras la sentencia que instó a la familia del dictador a entregarlo al Estado.
La autora de “Los Pazos de Ulloa”, fallecida el 12 de mayo de 1921 a causa de una complicación de la gripe por la diabetes que padecía, no podría ser más antagónica a las mujeres que posteriormente habitaron aquel hogar forjado entre hiedras y piedra caliza, del que tomaron posesión los Franco en plena Guerra Civil, empezando por la ovetense Carmen Polo Valdés, esposa del dictador, conservadora hasta el extremo.

El pazo a finales del XIX.
A la condesa nada se le ponía por delante, ni siquiera su marido, José Fernando Quiroga Pérez de Deza, rico hacendado carlista con el que se casó a los 17 años en la capilla de las Torres de Meirás, donde posteriormente se alzó la casa actual. En 1869 se trasladaron a vivir a Madrid. Tuvieron tres hijos, Jaime (asesinado por milicianos), María de las Nieves (familiarmente Blanca) y Carmen. Pardo Bazán reivindicó la instrucción de las mujeres como algo fundamental y dedicó una parte importante de su actuación pública a defenderla. Fue directora de la Biblioteca de la Mujer, consejera de Instrucción Pública y, desde 1916, profesora de Literaturas Neolatinas en la Universidad Central de Madrid, cátedra creada para ella. Una de sus obras más conocidas es la novela “Los Pazos de Ulloa”, de inspiración naturalista, en la que describe la decadencia del mundo rural gallego y de la aristocracia a la que pertenecía. Quiroga se separó de Emilia Pardo Bazán por una serie de artículos suyos en la revista “La Época”, inspirados en el naturalismo de Émile Zola, reunidos posteriormente en el volumen “La cuestión palpitante” (1883) con un prólogo de Leopoldo Alas, “Clarín”, la otra gran conexión asturiana de la condesa. El marido, sobrepasado por los comentarios que arreciaban por todo Madrid, le exigió que dejara de escribir sobre asuntos de dudosa moralidad y que se retractase públicamente de sus escritos, cosa que no hizo. La separación amistosa no fue óbice para que doña Emilia acudiese al entierro de Quiroga. Además, la escritora ha vuelto al candelero después de darse a conocer el contenido erótico de las cartas que le envió Benito Pérez Galdós, conservadas por una familia y de las que apenas ha trascendido una frase. “Estoy deseando volver a verte para comerte los pechos”.
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