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Malabarismos en Noreña para no saltarse el cierre perimetral: “No sabía que en esta acera cambiaba de concejo”

Confusa primera jornada de restricciones en el pequeño municipio, con cafés bajo el paraguas y muchas dudas

Daniel Rivero, con un pie en cada concejo, cruzando de Noreña al municipio de Siero. |

Daniel Rivero, con un pie en cada concejo, cruzando de Noreña al municipio de Siero. | Julián Rus

El ruido del motor y las luces de los vehículos de la Policía Local y la Guardia Civil daban la bienvenida de Noreña a su cierre perimetral desde ayer, cuando el reloj aún no marcaba las diez de la mañana.

–“Es que no estoy empadronado aquí, ¿cómo hago?”

–“¿No tienes una factura del gas a mano?”

La conversación entre un agente y un joven que regresaba de trabajar en el vecino Siero era una muestra más de la confusión, tónica de un día marcado también por una nueva cepa de las rutinas de siempre, mutadas por el encierro en el espacio más pequeño que se puede confinar en Asturias: el concejo de Noreña.

José Ramón Suero toma un café bajo el paraguas en Noreña Julián Rus

El movimiento a primeras horas se limitaba a unos pocos vehículos que entraban y salían. Las altas cifras de contagios tienen preocupados a los noreñenses, convirtiendo la Villa Condal en una localidad fantasma. “Se está notando que la gente tiene miedo desde hace una semana”, comentaba Mari Álvarez sirviendo las primeras chapatas del día en la panadería junto a la plaza de la Cruz.

Allí se montaba un pequeño corrillo de paisanos tomando un tempranillo tempranero bajo una sombrilla. Lo mismo que en el callejón del Retiro, donde cumplían la distancia hombres de mediana edad ataviados con plumíferos –alguno hasta en zapatillas de andar por casa, sin madreñas– apurando cafés y algún jugo de cebada. Pasaba de las once y media.

Marco Casas sirviendo naranjas, ayer, en su tienda de Noreña. Julián Rus

“¿Se puede mear en este bar?”, consultaba, café y paraguas en mano, José Ramón Suero. “Creo que eso sí”, respondía el hostelero Liti Baragaño, saliendo con la botella de vino, cuya boca cubría evitando que el orbayu lo aguara.

“No está el día para mucho. De tarde, sofá y periódico”, aseveraba en el córner izquierdo del callejón Pepe Naves, al que respondían: “Yo una siesta con la de vaqueros, a ver si dan una buena”. Mientras, había quien optaba por un primer día “de riesgo 4 plus” –como llama el Principado al nivel de alerta para aplicar el cierre– más de interior, saliendo solo a tender una sábana en la terraza cubierta de un cuarto piso.

Por debajo justo pasaba la Guardia Civil y los parroquianos, aun no haciendo nada punible, se inquietaban, a la vez que había quien pensaba en esquivar los controles: “Tengo que ir a Celles a dejar una cosa, igual tengo que dar un rodeo”, planteaba uno, aconsejado sobre las mejores opciones para su propósito. Con la campanada de la una, la lluvia remitió un rato y la gente salió a comprar. En la carnicería-frutería de Marco Casas, salían naranjas de zumo y les daban también queso y jamón.

En la ruta de tiendas, Eva Nunes, concejala de Deportes, hacía la valoración oficial del día: “Creo que la gente está cumpliendo, pero hay muchas dudas”, destacaba con las hojas del BOPA impresas en la mano a la puerta de una panadería.

“Meca, pues yo soy de El Berrón. Sabía que la carretera estaba dividida, pero no que un lado era de cada concejo”, exclamaba un joven vecino que desconocía que estaba circulando por zona vetada

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Ayer, ciclistas no había muchos, espantados por la lluvia, pero entre el agua, por la carretera de Buenavista, con carriles divorciados –uno pertenece a Siero y otro a Noreña– emergía la figura de Daniel Rivero paseando por la acera del concejo perimetrado, segregado ahora por completo del municipio de la otra acera: “Meca, pues yo soy de El Berrón. Sabía que la carretera estaba dividida, pero no que un lado era de cada concejo”, exclamaba antes de cambiarse raudo, con su bolsa de la compra, a su zona correspondiente. De donde él venía, aún existe el interior de los bares y se permite la exploración de otros concejos, siempre que no estén en cifras de alto riesgo. Eso para Noreña es historia, aunque hay otros espacios que juegan con las difusas fronteras. Dos domicilios (en los que ayer no se encontraban sus dueños) situados en La Barreda y La Ferrera tienen su parcela dividida entre el imperio sierense y la infranqueable isla de Noreña. Allí, al menos, podrán decidir de que lado quieren estar.

Al resto, les queda lo que se vio ayer. Salir poco, evitar el contacto social y rezar porque en la televisión autonómica pongan una buena del oeste.

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