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Fin de semana en el Oviedo perimetrado: colas en el Fontán y vermús bajo la lluvia

“¿Quién aguanta en casa?”, dicen los vecinos que desafiaron al mal tiempo para hacer compras, visitar las terrazas y pasear por el Naranco

Juan Hevia leyendo LA NUEVA ESPAÑA, en una terraza hostelera de la calle Quintana, ayer, en pleno chaparrón. | Miki López

Juan Hevia leyendo LA NUEVA ESPAÑA, en una terraza hostelera de la calle Quintana, ayer, en pleno chaparrón. | Miki López

“¿Quién aguanta tanto tiempo en casa?”. Sentado en una terraza de la calle Quintana bajo un intenso chaparrón, protegido únicamente con una sombrilla, con LA NUEVA ESPAÑA sobre la mesa y una caña y un pincho a mano, Juan Hevia lanzaba esta pregunta al aire tras ser cuestionado por los motivos que le llevaron a salir a la calle, en el primer fin de semana del nuevo confinamiento de la ciudad. Este mierense afincado en Oviedo fue un solo ejemplo de las numerosas personas, inmunes al mal tiempo, que optaron por disfrutar de la mermada hostelería local, realizar compras y hacer escapadas a puntos como el Naranco para sobrellevar el encierro, con poca esperanza de que “sirva para algo”.

Si hubo un lugar concurrido en la capital del Principado, en el primer sábado del nuevo cerco municipal impuesto por las autoridades sanitarias, ese fue la plaza del Fontán. Conscientes de que las visitas de los clientes locales aumentarían ante la imposibilidad de hacer salidas a otros concejos de Asturias, la gerencia de la plaza puso en marcha un riguroso control del aforo máximo de 250 personas. De esta manera se evitaron aglomeraciones en el interior, si bien en algunos momentos las colas se dispararon. “La gente es muy respetuosa, pero en contados casos debemos estar encima”, explica Sonia Pereda, guardia de seguridad de edificio comercial, mientras se esmera en pedir a los clientes que no se salgan de los caminos señalizados en el suelo.

Una empleada de seguridad, de espaldas, pidiendo distancia a los clientes del Fontán. Miki López

En los alrededores de la propia plaza tuvo lugar también la mayor demanda de servicios hosteleros. Las terrazas del entorno estuvieron casi llenas en algunos tramos de la jornada matinal, incluso en los momentos de una lluvia más intensa. “Ye lo que nos queda”, se explicaba una mujer en su afán por saborear un café con leche que sujetaba con la mano izquierda por la necesidad de sostener con la otra mano el paraguas.

Un control de la Guardia Civil

Como ya ocurriera en la desescalada de la primera ola y el punto más álgido de la segunda, muchos ovetenses hallaron en el Naranco la escapatoria perfecta para salir a la calle y evitar las aglomeraciones de determinados puntos céntricos de la ciudad. “Tenemos monte de sobra para todos sin exponernos a contagios”, apuntó José Álvarez, amante del totémico monte y defensor de su uso como alternativa saludable y segura al autoconfinamiento.

Pese a todo, las calles estuvieron, por lo general, poco concurridas. Las colas para comprar “pixín” o “andariques” en el Fontán contrastaron con imágenes como la de tiendas de souvenirs con la persiana subida, más sin rastro de clientes. Muchos hosteleros de calles menos céntricas se atrincheraron en el interior de sus locales esperando sin éxito la salida del sol para montar sus terrazas descubiertas y, en la calle Gascona, la sidra brilló por su ausencia ante la decisión de los propietarios de los establecimientos de cerrar sus puertas hasta nuevo aviso.

Paseantes en el Naranco

Paseantes en el Naranco Miki López

Por su parte, las fuerzas y cuerpos de seguridad resultaron claves una jornada más para evitar la entrada de visitantes foráneos a territorio ovetense. Efectivos de la Policía Local, Policía Nacional y Guardia Civil volvieron a desplegar operativos aleatorios en los territorios de su competencia, si bien, como viene siendo habitual desde el inicio de la pandemia, la gran mayoría de los viajeros tenían coartada para entrar o salir del municipio.

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