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En la UCI del Hospital San Agustín, la más saturada de Asturias: medicina al límite, soledad y fatiga

El personal del centro hospitalario avilesino, que ha multiplicado por cuatro las camas de cuidados intensivos en un año y ahora están llenas, hace "todo lo posible por humanizar un entorno completamente deshumanizado"

Las enfermeras Nazaret Navas y Lucía Fernández, con un paciente de la nueva UCI habilitada en el gimnasio del San Agustín. MARA VILLAMUZA

Acaba de entrar un nuevo paciente. Otro más. Precisa medidas de soporte por fracaso respiratorio. Deben intubarlo. ¿Edad? 64 años. Su vida pende de un hilo. Dicen los médicos que está en condición de riesgo vital.

En la cama de al lado, otro hombre, también joven, aleja la bandeja de la comida. Apenas ha probado bocado. Saluda con la mano, parece esbozar una sonrisa debajo de la mascarilla, pero no habla: en las próximas horas pasará a planta. Su batalla en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital San Agustín de Avilés está ganada, aunque aún le quedan días de recuperación.

Un paciente más está acostado boca abajo, en términos sanitarios “decúbito prono”. Pasará así las próximas 16 horas antes de que le giren. Le rodean máquinas que dibujan líneas de colores: rojas, azules, verdes... Está grave. Ronda los setenta años.

Vanesa Sánchez y Ana Fernández, auxiliares, en el control de la UCI. M. V.

A su cuidado están tres auxiliares y tres enfermeras del equipo que lidera Manuel Valledor, jefe de la UCI. El equipo al completo suma a día de hoy ochenta personas; diez de ellas, médicos. El servicio ha multiplicado por cuatro el número de camas para enfermos críticos en solo un año. Las últimas seis las han abierto esta semana en el antiguo gimnasio, en una sala aneja a la piscina, y ya están ocupadas: “En la UCI puede acabar cualquiera. Por aquí han pasado ancianos, pero también chavales de treinta años”, sentencia Valledor mientras observa las camas y a unos enfermos abrazados por cables. “Las personas deben ser conscientes de que el sistema sanitario salva vidas, pero en estos momentos todos podemos salvarlas”, manifiesta en un grito a la responsabilidad comunitaria. Él ya ha visto morir a demasiados por covid.

Valledor va y viene. Las camas están calientes. Los enfermos críticos pasan, de media, entre 14 y 20 días hospitalizados en la UCI. Algunos, más. Y la palabra más dura es “soledad”. “Intentamos que venga alguna visita cuando el paciente está dormido o lleva ya mucho tiempo con nosotros”, explica el jefe de la UCI, que señala que aún hay varios ingresados en el San Agustín de la llamada “segunda ola”, que, para él, sigue siendo la misma que la tercera porque aquella no tuvo final. “También avisamos a la familia siempre que se prevé un fallecimiento. Hacemos todo lo posible por humanizar lo máximo posible un entorno completamente deshumanizado como es este”, recalca. Y vuelve a mirar a sus pacientes. Uno de ellos parece que ha empeorado.

“Es duro ver que hay pacientes que hagas lo que hagas no despiertan, y eso se va acumulando”

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Las enfermeras Nazaret Navas y Lucía Fernández se aproximan a él, enganchado como el resto a esas máquinas que aportan datos ininteligibles para un profano. Se colocan sus equipos de protección individual con la soltura que da la experiencia de una pandemia. Vuelven a pisar otra vez ese límite entre la vida y la muerte. Tal vez ese trabajar en la cuerda floja es lo que hace que el equipo de la UCI coincida en que es fundamental no pensar a largo plazo sino en el día a día. Los profesionales están agotados: pesa más el cansancio emocional que el físico. “Es duro ver que hay pacientes que hagas lo que hagas no despiertan, y eso se va acumulando”, puntualiza Valledor, que aplaude a los suyos. Navas y Fernández, entre tanto, hacen un nuevo llamamiento a la responsabilidad social frente al covid.

Víctor Rodríguez, director del Hospital Universitario San Agustín, no se queda atrás. Apela a los vecinos a “salvar vidas”. Desconoce aún cuándo será el momento de hablar de una nueva desescalada que permita recobrar la actividad asistencial en el complejo: “De todas las camas que tenemos en hospitalización, hay 120 dedicadas exclusivamente a pacientes covid. Esto nos ha llevado a readaptar muchos circuitos”, precisa, al tiempo que valora el trabajo de todos y cada uno de los profesionales de distintas categorías que están colaborando en el campo de batalla: “Tienen un concepto de trabajo en equipo muy importante”.

El gerente del San Agustín, Ricardo de Dios, asegura temblar ante la posibilidad de una cuarta ola. “No sé si puede haber una peor que la que estamos pasando ahora, en la que las alegrías durante menos de 24 horas. Un ejemplo es que abrimos seis camas de UCI y ya están ocupadas”.

"No sé si puede haber una ola peor que la que estamos pasando ahora, en la que las alegrías durante menos de 24 horas"

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La conversación queda aparcada. Un traslado al Hospital Universitario Central de Asturias, en Oviedo. La mayoría de los pacientes que ingresan en la unidad de críticos pasan antes días en las plantas de hospitalización. Esto ha llevado al equipo de Valledor a tener controlados a los enfermos que están en planta en colaboración con sus colegas: “Es una forma de saber más o menos qué nos espera, aunque también hay pacientes que llegan por Urgencias y pasan directamente a la Unidad de Cuidados Intensivos, pero son los menos”.

La jornada continúa. En la UCI el silencio apenas lo rompen los profesionales. Otra mirada a las máquinas. Ana Fernández y Vanesa Sánchez, ambas auxiliares, ocupan la sala de control. “Creo que lo que más miedo nos da a todos los que trabajamos aquí es tener a algún familiar ingresado en la unidad”, confiesa Sánchez. Tal vez porque la UCI es un lugar hostil, más con covid. Antes de la pandemia, Valledor decía: “La idea de que se viene a morir no se sostiene por ningún sitio”. Ya no es así.

Otra vez al límite, otro paciente. Es un “chaval” de sesenta y pocos. Cables, prisa, soledad, fatiga...

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