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En la primera escalada al Urriellu no hubo vino para brindar

“En las dificilísimas circunstancias de la subida de Gregorio y Pidal, la historia de las botellas, más que asombrosa, es difícil de creer”, sostiene Elisa Villa, que desmonta un antiguo mito

Campamento de caza en Llagu Secu de Cebolleda el 18 de septiembre de 1907 donde están los tres únicos conquistadores hasta la fecha del Urriellu: Gregorio Pérez (el más bajo, en la esquina de la izquierda); Pedro Pidal, inclinado con el rifle; y Gustavo Schulze, autor de la foto y dueño del piolet que se ve a la derecha.

Campamento de caza en Llagu Secu de Cebolleda el 18 de septiembre de 1907 donde están los tres únicos conquistadores hasta la fecha del Urriellu: Gregorio Pérez (el más bajo, en la esquina de la izquierda); Pedro Pidal, inclinado con el rifle; y Gustavo Schulze, autor de la foto y dueño del piolet que se ve a la derecha.

“El marqués subió en alpargatas y el Cainejo, descalzo. Ambos dejaron todo abajo, excepto la cuerda. Así que como para llevar encima botellas de vino... Es algo impensable”, sostiene Elisa Villa.

Con tal rotundidad, la profesora de Geología de la Universidad de Oviedo –jubilada pero aún dedicada a la investigación– y montañera en activo desmonta una de las leyendas o mitos en torno a la primera ascensión al Pico Urriellu (2.519 metros), una escalada que realizaron hace 117 años el marqués de Villaviciosa, Pedro Pidal, y su colaborador en la montaña, el pastor Gregorio Pérez, “El Cainejo”.

Elisa Villa, en Oviedo, posando para LA NUEVA ESPAÑA. Irma Collín

Según la leyenda, los dos hombres habrían llevado consigo un par de botellas: una la habrían bebido en la cumbre para celebrar su hazaña y la otra la habrían dejado allí junto a la vacía con una nota dentro de Pidal, en la que indicaba que el vino era para el siguiente que lograra alcanzar la cima. Este no fue otro que el geólogo y alpinista Gustavo Schulze, quien en 1906, dos años después de los asturianos, llevó a cabo la segunda escalada al Naranjo.

Cuando llegó arriba, en la cima no encontró vino. Pero durante años se extendió esta anécdota que, pese a no ser cierta, se incrustó con fuerza en la apasionante historia de la exploración pionera de los fascinantes Picos de Europa. El origen del bulo se remonta a 1965, y, aunque al principio la historia de las botellas pasó desapercibida, con el tiempo caló el mundo del montañismo y apareció recogida en numerosas publicaciones.

Cara norte del Pico Urriellu.

Cara norte del Pico Urriellu. Foto cedida por Elisa Villa

Así hasta 2006, año en el que se celebró el centenario de la ascensión de Schulze y cuando finalmente se desmontó. Elisa Villa, junto a sus antiguos profesores Enrique Martínez García y Jaime Truyols, y un nieto del alpinista, Peter Schulze, publicaron el libro “Gustav Schulze en los Picos de Europa (1906-1908)”. Ahí queda claro: en 1904 no hubo ningún brindis en el Urriellu y el Marqués y el Cainejo no subieron a la cima ninguna botella. Bastante tuvieron con encontrar una vía para izarse ellos mismos por las terroríficas verticalidades del Pico, toda una locura en la época. Fue una osadía culminada, afortunadamente, con éxito.

¿Entonces, cómo surgió? Pues una parte de la culpa, dicho esto con cariño, la tiene Delfina, vecina de Bustio (Ribadedeva), hija menor del dueño de la Fonda Velarde de esa localidad, un establecimiento que a finales del XIX y principios del XX fue posada, parada de diligencia y punto de encuentro de infinidad viajeros, entre ellos muchos personajes ilustres. Hoy sigue abierto.

Probablemente en este lugar, y en 1907, se produjo el primer encuentro entre el marqués de Villaviciosa y Schulze, y fue donde, durante una cena, ambos intercambiaron comentarios sobre sus respectivas ascensiones al Naranjo, las únicas que se habían producido hasta aquel momento.

Fonda Velarde, en Bustio, a principios del siglo XX. Foto cedida por Elisa Villa.

Mientras ellos charlaban, la entonces joven Delfina puso la oreja. “Es probable que Delfina escuchase alguna broma que se gastaron entre sí los dos escaladores, pero la muchacha seguramente no fue capaz de captar el tono jocoso que emplearían, lo que condujo a que, muchos años después, ella repitiese a otros lo escuchado como si hubiese sido cierto”, resume Elisa Villa. “En las dificilísimas circunstancias en las que tuvo lugar la escalada de Pidal y Gregorio, la historia de las botellas, más que asombrosa, es difícil de creer. Y las dudas aumentan cuando uno lee los relatos que hicieron los protagonistas de la primera ascensión”.

Gregorio Pérez cuenta que, al llegar arriba, tomaron “unos caramelos por la que mucha sed” que tenían. No se menciona bebida alguna. Pero es Pedro Pidal quien da el dato más significativo cuando explica que, en el ascenso, al llegar a cierto punto, tuvieron que dejar todo, excepto la cuerda, para poder desenvolverse con más comodidad (y más seguridad) en aquellas paredes

Sin embargo, a pesar de estos indicios, la historia de las botellas perduró décadas. ¿Cómo fue posible? Hay que contar con otros dos “actores” más en esta leyenda del Urriellu: el francés Aymar d’Arlot, conde de Saint-Saud, y el ingeniero de origen lebaniego José Antonio Odriozola Calvo. El primero exploró intensamente los Picos de Europa entre 1891 y 1908, “en unos viajes que darían como resultado la primera cartografía relativamente detallada de estas montañas”, apunta Villa. Estos estudios, los resumiría en una obra publicada en 1922 (“Monographie des Picos de Europa. Pyrénées Cantabriques et Asturiennes”) que apenas fue conocida en España hasta que apareció por primera vez en español. Esto ocurrió en 1985 gracias a la traducción de Odriozola, quien, además de gran montañero y gran estudioso de los Picos, fue el impulsor del teleférico de Fuente Dé y Presidente de la Federación Española de Montaña.

Veinte años antes de esa traducción, en 1965, Odriozola había visitado la Fonda Velarde para interesarse por Schulze y sus estancias en la misma mientras exploraba los Picos. Él conocía la presencia allí del alemán por el libro de Saint-Saud, en el que el conde evocaba con nostalgia los buenos tiempos que había pasado en compañía de Schulze, cuando en 1907 ambos coincidieron en Bustio en plenas fiestas locales.

Odriozola entrevistó a Delfina, que en 1965 tenía 80 años . Fue entonces cuando ella le contó que, siendo muy joven, presenció una cena entre Schulze y Pidal, en la que, al parecer, también estaba presente el conde de Saint-Saud, y oyó al primero relatar cómo había subido al Naranjo, en cuya cima “encontró dos botellines, uno con una tarjeta del marqués y otro con vino”. Delfina relató que Schulze le dio las gracias al Marqués por el vino y le devolvió la tarjeta, y que este “se emocionó mucho al recibirla. Yo me enteré de todo porque estaba allí para servir la mesa”, añadió.

Un relato que José Antonio Odriozola dio por válido y publicó ese mismo año, 1965, en un artículo en la revista “Peñalara”. En él aclaraba que era Delfina quien se lo había contado. Veinte años más tarde, al traducir la obra de Saint-Saud de 1922 la incluyó y atribuyó incluso al Conde. “En el artículo de 1965 Odriozola presenta la historia de las botellas como parte de los datos sobre Schulze que él mismo había recogido en Bustio. Pero, 20 años después, al dirigir la nueva edición del libro de Saint-Saud, que tal vez deberíamos denominar ‘versión de Saint-Saud/Odriozola’, decide insertar en ella tan interesante anécdota poniéndola en labios del conde”, advierte Villa.

Gregorio Pérez y Marceliano Carrandi, guarda de montes de la Casa Forestal de Fana, en una imagen tomada por Saint-Saud. Foto cedida por Elisa Villa.

La traducción de Odriozola fue conocida por los montañeros y escritores interesados en la exploración de los Picos de Europa y, a partir de 1985, la historia de las botellas –que parecía contada por una fuente fiable, un contemporáneo de Pidal y Schulze como era el conde de Saint-Saud– se asentó en el imaginario popular.

Cuando la geóloga se puso a investigar sobre Schulze (“me resultaba una figura muy atractiva, pues, como yo misma, fue a un tiempo geólogo y amante apasionado de las montañas, y así empezó mi interés por él”), tras acceder a sus cuadernos de campo, descubrió que en esos diarios el geólogo registraba muchos detalles de su escalada al Naranjo, pero no mencionaba nada del vino. Revisó la obra original en francés de Saint-Saud, buscó en sus páginas el relato de la cena en la Fonda Velarde y no encontró nada. Esa historia jamás la había contado el conde. Los verdaderos orígenes de la misma los encontró finalmente en el artículo de Odriozola de 1965.

Villa investigó a fondo la vida y obra de Gustavo Schulze, del que durante casi un siglo se supo muy poco, y logró dar con sus descendientes en México, donde el geólogo pasó casi toda su vida y donde falleció en 1965. Un nieto del mismo, Peter, colaboró en la obra sobre su abuelo y llegó a visitar Asturias en tres ocasiones. A través de él, Villa accedió a un inesperado “tesoro” fotográfico que la familia guardaba y que le enseñaron para ver si les podía a ayudar a identificar, ya que no sabían si las fotos eran de España o de los Alpes: “Cuando las recibí, me quedé impresionada: eran más de 200 imágenes antiguas, inéditas, de los Picos de Europa, de sus pueblos, de sus gentes. Una joya”. Cuando en 2006 se celebraron en Oviedo diversos actos recordando a Gustavo Schulze, desde México y Alemania vinieron a Asturias su hija, que entonces aún vivía y contaba 93 años, y tres de los nietos del geólogo.

Sin botellas de vino de por medio, la historia de los exploradores pioneros de los Picos de Europa no pierde un ápice de interés y fascinación. Todo lo contrario. El espíritu de aquellos valientes sigue, en parte, vigente, cree la geóloga, que se felicita por una afición al montañismo creciente hoy en día: “Hay muchas formas de enfrentarse a la montaña y de disfrutar de ella, y todas valen. Y hay montañeros que lo hacen con el mismo afán que los primeros exploradores: el afán de descubrir rincones ocultos, de encontrar pasos antiguos, hoy olvidados. Son minoría, pero el espíritu de los pioneros sigue presente en ellos”.

Por arriba, de izquierda a derecha: Gustavo Schulze, Pedro Pidal, Delfina Velarde; abajo, Gregorio Pérez, José Antonio Odriozola y Saint-Saud

Los personajes

Pedro, Pidal, Marqués de Villaviciosa (1869-1945), fue un político y jurista gijonés, gran apasionado de la montaña. El 5 de agosto de 1904 fue el primero en pisar la cima del Pico Urriellu junto a Gregorio Pérez, una proeza para la época impulsada y financiada por él.

Gregorio Pérez, apodado “El Cainejo” (1853-1913), fue pastor, guarda y guía. De origen humilde, pasó a la historia por acompañar y ayudar a Pedro Pidal en la ascensión al Naranjo de Bulnes en 1904 por su cara norte. Era un consumado escalador y gran conocedor de los Picos.

Gustavo Schulze. Geólogo y alpinista de origen alemán (1881-1965). Fue el tercero en alcanzar la cumbre del Urriellu en 1906. Abrió una nueva vía, cuya mitad superior coincide con la de Pidal y Gregorio. A él corresponde el primer estudio geológico de los Picos de Europa.

Aymar d´Arlot, Conde de Saint-Saud (1853-1951), fue un aristócrata francés, que entre 1891 y 1908 llevó a cabo numerosos viajes de exploración de los Picos e hizo la primera cartografía de la cordillera. Su trabajo lo recopiló en la “Monographie” de 1922.

Delfina Velarde. Fue la hija menor de Fidel, el dueño de la Fonda Velarde en la que paraban ilustres personajes de la época en Bustio (Ribadedeva). Ella conoció al Marqués, a Saint-Saud y a Schulze, y ella contó la historia de las botellas de vino en la cima del Urriellu.

José Antonio Odriozola (1927-1987). Fue un ingeniero, montañero y estudioso cántabro de los Picos de Europa. Impulsó el teleférico de Fuente Dé. La foto es de la portada de la obra “Liébana: 50 años del Teleférico de Fuente Dé”, de José Ramón Sáiz.

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