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El voto telemático pasa con nota el examen en la Universidad: “Está aquí para quedarse”

“Confiábamos en que saldría bien, pero no tanto; volver a la convocatoria presencial sería un paso atrás”, afirma el presidente de la Junta Electoral

Javier Fernández Teruelo, con Susana Luque y Eva María Cordero, componentes de la Junta Electoral. | Irma Collín

Javier Fernández Teruelo, con Susana Luque y Eva María Cordero, componentes de la Junta Electoral. | Irma Collín

A vista de usuario, el voto por ordenador son unos pocos segundos, pero detrás “hay varios meses de trabajo” tanteando terreno desconocido y unos cuantos “momentos difíciles en los que no estaba claro que fuese a terminar tan bien”. El viernes, la elección telemática del rector de la Universidad terminó tan bien que Javier Fernández Teruelo, decano de Derecho y presidente de la Junta Electoral Central, está convencido de que el formato electrónico “está aquí para quedarse”. En apenas media hora desde el cierre del plazo de votación, la institución tenía escrutado el sufragio de las 4.899 personas que participaron en el proceso y la comunidad universitaria había escogido rector sin papeletas ni urnas físicas, sin desplazamientos ni movilizar a más de doscientas personas, sin imprimir decenas de miles de sobres y papeles ni consumir tres o cuatro horas contando votos... El examen de las primeras elecciones telemáticas de la historia, un descubrimiento en la catástrofe de la pandemia, había aprobado con nota. “Volver a la votación presencial sería un paso atrás”, concluye Teruelo.

Estos comicios distintos, que terminaron con Ignacio Villaverde encaramado al sillón del rectorado, también iban camino de un récord histórico de participación, pero algo más de 2.000 de las casi 7.000 personas que completaron el trámite previo de verificar su teléfono móvil para poder votar lo hicieron efectivamente. Se da por hecho que eso responde a una decisión personal y consciente y que “nada tiene que ver con el procedimiento telemático”, que no registró incidencia significativa alguna.

Mejor de lo esperado. El éxito casi sorprende a la propia empresa. “Confiábamos en que todo iba a salir bien, pero no tanto”, resalta Fernández Teruelo, contando “unas cuarenta o cincuenta consultas y unas pocas incidencias relevantes, apenas seis o siete, que se resolvieron reiniciando el proceso (enviando de nuevo el correo de voto). A las dos horas de votación (de las nueve de la jornada) ya había votado el cuarenta por ciento de los que tenían derecho”.

Una empresa y muchas manos. La votación presencial no se descartó definitivamente hasta el 18 de febrero, pero meses antes la Universidad había contratado, a requerimiento de la Junta Electoral, a una empresa con experiencia en estos procesos, Scytel Secure Electronic Voting. La compañía aportaría la app de voto, explica Teruelo, pero “el marco jurídico, la definición de las pantallas, la identificación y resolución de incidencias y muchas cosas más las tuvimos que construir nosotros con el apoyo del área de Informática de la Universidad, cuyos responsables hicieron una gran labor que les agradecemos sinceramente”.

La peculiaridad asturiana. El “doble factor de autenticación” de los votantes, requerido por la Universidad, debutó en Asturias. El modelo añade “complejidad” a cambio de “mayores garantías”. Consiste, apunta el presidente de la Junta Electoral, en duplicar el procedimiento para la autorización del voto, obligando a utilizar simultáneamente “algo que sabes” y “algo que tienes”, un código de usuario que te llega a tu correo (lo que sabes) y un segundo código que se recibe en el móvil (lo que tienes). Es algo habitual en las transferencias bancarias, pero nada sencillo para una organización sin estructuras específicas y donde nunca se había utilizado”.

Los problemas. De entrada, la empresa nunca había trabajado con un sistema de doble autenticación en un proceso electoral. La práctica añadió otras dificultades. A la hora de validar los teléfonos, por ejemplo, “nos encontramos con varios problemas, como que el sistema no admitía móviles extranjeros si superaban un número determinado de dígitos” o que el SMS para votar “nunca llegaría a su destinatario si éste tenía un bloqueo para este tipo de mensajes, el buzón de entrada lleno o sufría una pérdida temporal de cobertura…”

La simulación. Para tratar de atajar los problemas, se organizó una simulación del proceso una semana antes del día “D” y con doscientos electores. Surgieron otros modelos de problema, como los filtros que dirigían los correos al buzón “spam”. “Fue un momento difícil”, revela Teruelo, pero permitió “corregir varias cosas” y situarse “en el peor de los escenarios posibles, que finalmente en absoluto se produjo”. Las deficiencias se resolvieron diseñando “una tabla de solución de dificultades que se enviaría automáticamente a todas las personas que utilizasen el correo de incidencias. Así, sin intervención humana, todo el que tenía un problema recibía una explicación. Había aun un segundo correo y cuatro líneas de teléfono, que finalmente apenas se utilizaron”.

El día “D”. El día de la votación alumbró la dificultad inesperada de tener que idear una fórmula para asegurar la confidencialidad de los electores que habían optado por el voto anticipado (el convencional). Sucedió que eran sólo once para 25 urnas, síntoma de confianza en el sistema electrónico, agradece Teruelo, y que cabía la posibilidad de que se viera su voto, toda vez que normalmente estas papeletas se introducen al final del proceso, con las urnas ya llenas de papeletas. Se decidió que unas personas comprobarían que los votantes cumplían los requisitos para ejercer su derecho y otras distintas abrirían los sobres y harían el recuento.

Un flashback. Todo esto que terminó el viernes viene de un largo proceso cuyas reglas fueron cambiando sobre la marcha y que empezó a fraguarse en su formato definitivo a partir de noviembre. Las elecciones estaban previstas para abril, la pandemia las paralizó y “después hubo que esperar a que se completara el periodo de matrícula en todos los centros para renovar el censo del estudiantado”. Así llegó noviembre y la cita se fijó para el 1 de diciembre. Pero la segunda ola del coronavirus impuso sus condiciones y empezaron a sucederse los aplazamientos, primero al 9 de diciembre y finalmente al 12 de febrero. Entre las dos últimas fechas hay casi dos meses “porque nuestro reglamento determina que no se pueden fijar fases del calendario electoral en periodo no docente. El 12 de febrero era el primero de los días posibles”.

La decisión. Hasta el 18 de enero no se descartó el formato presencial. “Trabajamos simultáneamente”, explica Teruelo, “en un sistema electrónico y otro de elección con presencialidad limitada, que preveía que miles de personas pudiesen votar anticipadamente y de forma escalonada”, pero vino la tercera ola y hubo que echar mano del sistema electrónico que se había previsto contratar por si las moscas.

La factura. Queda dicho que Javier Fernández Teruelo piensa que el voto telemático ha llegado para permanecer. Se le ven ventajas evidentes de “seguridad, agilidad, rapidez en el voto y en el recuento”, pero también cuesta más. Han sido unos 22.500 euros, frente a los 16.378 de 2016, pero el presidente de la Junta Electoral invita a observar que esa factura no contabiliza por ejemplo el coste de “movilizar a las más de doscientas personas” de un proceso convencional.

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