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Subgobernador civil de Madrid durante el 23F y último gobernador civil de Asturias

Ricardo Larraínzar: “Laína le dijo a Armada que, si quería hablar al Congreso, antes debían salir los fusiles”

“Nuestra obsesión el 23F era que no hubiera un disparo” | “No queríamos un asalto con geos, pero tampoco íbamos a consentir un goteo de muertes”

Ricardo Larraínzar recibe una condecoración del ministro de Justicia Rafael Catalá, en 2017.

Ricardo Larraínzar recibe una condecoración del ministro de Justicia Rafael Catalá, en 2017.

Estuvo en el gabinete de crisis de lo que, en el 23F, era el Gobierno de España en funciones, dado que el presidente saliente, Adolfo Suárez, y todo el Consejo de Ministros estaban secuestrados por el teniente coronel Antonio Tejero Molina en el Congreso de los Diputados. Ricardo Larraínzar Zaballa escudriña en su memoria para LA NUEVA ESPAÑA recuerdos y confidencias de aquellas horas cruciales para el asentamiento de la democracia, que vivió en primera línea desde su puesto de subgobernador civil de Madrid, de las que mañana se cumplen 40 años. Solo siete meses después, el 31 de julio de 1981, tomaba posesión como gobernador civil de Asturias. Otro hecho llamativo, a la vista de los acontecimientos de aquella jornada. Era amigo, desde bastante antes, del general Alfonso Armada.

Cuando aquella tarde fría de febrero el teniente coronel Tejero irrumpe a tiros en el Congreso, Larraínzar era uno de los más estrechos colaboradores de Francisco Laína, el director general de Seguridad del Estado, a quien el destino convirtió de golpe en la mayor autoridad civil de España. La relación venía de atrás. Ambos habían sido compañeros de oposición para acceder al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado y eran íntimos amigos.

¿Qué hacía un joven y prometedor funcionario en la sala de máquinas desde la que se dio respuesta al golpe del 23F?

–La vida nos va colocando en puestos. Mi primer destino fue en la secretaría general del Gobierno Civil de Logroño. Laína casó con una riojana, lo que hizo que él fuera mucho allí y que lo que era compañerismo terminase en una amistad intensa, que nos llevó a una trayectoria juntos en una larga carrera administrativa y luego política.

El general Armada estuvo en su despacho del Gobierno Civil de Madrid la víspera del 23F. ¿Con qué intención cree que le visitó ?

–Bueno, esta es casi la pregunta del millón.

¿De qué conocía a Armada?

–El general Armada y yo éramos muy amigos por varias razones. La principal de ellas: fue mi valedor durante muchísimo tiempo. Le conocí cuando me tocó sustituir al gobernador civil de Logroño y tuve que ir a recibir al entonces Príncipe de España a Ezcaray, adonde fue como cadete. Armada era el secretario del Príncipe y en aquella conversación surgió que conocía a un tío carnal mío que pertenecía el Consejo de don Juan en Estoril. Aquello unió un poquito. Cuando ya volvía a casa, después de cumplimentarles, Armada, que era capitán, me dijo: “Le has causado muy buena impresión al Príncipe y me pide que te diga que cuando vayas a Madrid te pases a visitarle”. Siempre he sido obediente y, dentro de mi rutina, entró desde entonces ir Zarzuela, a hablar con el Príncipe y con Armada. A Su Majestad le apetecía hablar con gente joven para conocer su opinión sobre el futuro del país; de hecho, me llamaba “el niño que opina” porque era el más joven de todos. Allí conocí a Adolfo Suárez.

Volvamos a la pregunta del millón. ¿Por qué cree que fue Armada a verle en la víspera del 23F?

– Había una grandísima amistad. De repente, aparece en mi despacho ese día. Cuando desde la Secretaría me anunciaron que subía el general Armada a visitarme, me causó verdadera extrañeza porque no era habitual. Le recibí con cordialidad y le comenté que era una sorpresa. Me respondió que pasaba por allí, venía de entrevistarse con el general Quintana Lacaci, capital general de Madrid, cuyo despacho estaba muy cerca del mío. Me preguntó: “¿Qué tal van las cosas, Ricardo?”. Le contesté que bien y de inmediato le dije que iba a llamar al gobernador civil, Mariano Nicolás, para que también estuviera presente.

¿Por qué esa cautela?

–Suelo tener olfato e intuía que yo estaría más protegido estando los tres que no a solas con Armada, porque en aquellos días había muchos comentarios... Prefería que estuviera el gobernador delante. Fue una conversación sin trascendencia en la que di por bueno el motivo de su visita, nuestra amistad. Me dijo que se acordó de que yo estaba allí y que era el momento de darme un abrazo, y ahí terminó nuestra conversación. Fue breve, lo que era bueno para todos: el era un hombre muy controvertido, era un momento de muchos rumores y habría sido extraño que hubiera pasado mucho tiempo en el Gobierno Civil.

Con la metopa que le dio el ministro Rosón.

–La larga noche del 23F tuvo varias misiones. Una de ellas, conseguir los planos del Congreso. ¿Para qué los querían, para que entrasen los geos al Congreso?

– Francisco Laína me encargó, entre otras cuestiones, la localización de los planos del Congreso. No queríamos asaltar el Congreso. Sí sabíamos lo que no queríamos, que hubiese un solo tiro. Pero estaba claro que bajo ningún concepto aguantaríamos un chorreo lento de bajas. Entonces nos era imprescindible tener unos planos para estudiar y valorar, simplemente. La comisión de subsecretarios acordó que estábamos ante un problema grave porque todo el Gobierno estaba secuestrado y debía hacerse cargo de la misma Laína, como director de la Seguridad del Estado. Laína aceptó, tras informar al Rey. Y tuvo valor para hacerlo porque hubo mucha gente que no acudió a aquella convocatoria. Toda la obsesión de Laína y de la comisión de subdelegados aquella larga noche era que no hubiera ni un disparo, ni una baja, pero los ambientes estaban muy crispados. Había que enfriar aquella situación.

–¿Y cómo lo hicieron?

– Primero, dando un tratamiento rutinario. No magnificando lo que no se debe magnificar y no contando lo que no se debe contar.

–¿Por qué, en un momento dado, Laína le llama y le dice: “Ricardo, ahora como cuando lo de Carrero”? ¿Qué semejanzas había entre esos dos hechos, que ya son historia de España?

– Ese mensaje de Laína era una manera de hablar y de entendernos rápido, porque cuando el atentado de Carrero Blanco Laína, que era subdirector de Política de Interior, me pidió que lidiase con la derecha, y en el 23F me dijo que hiciera lo mismo, pero, sobre todo, con los partidos de la izquierda, que estaba más excitada. Era complicado, debíamos garantizar la seguridad de todos, pero no podíamos responder de la seguridad de ninguno. Había que descafeinar aquella situación, y una de las medidas fue convocar en el Ritz a autoridades para quitar hierro. Hubo un momento de pánico grande cuando un periodista, muy protagonista en aquella época, dijo por la radio que se podía cortar la luz en el Congreso.

–¿Y qué pasó?

–Tejero llamó a Laína para decirle que si se cortaba la luz el Congreso podía ser otra Numancia. Laína le respondió: “Mire, yo estoy tan cuerdo como usted, de tal manera que estoy convencido de que usted no va a hacer ninguna salvajada y sabe que yo tampoco”. Pero surgió otro problema. El delegado de Industria me dijo que había tanto consumo de energía eléctrica concentrado en la zona del Congreso que en cualquier momento podían saltar los fusibles. Así que avisé a Paco Laína y le dije: “Fíjate la que se puede liar”. Hubo que sectorializar los cortes de luz en esa zona e ir avisando la Policía, portal por portal, para que los vecinos no entrasen en pánico. Laína llamó a Tejero para dejarle claro que “valía más la vida de una persona que todo lo demás”, para decirle que sería “el único responsable ante un Consejo de Guerra si había una baja, y si la hay será la última, no le dará tiempo a que haya más”. Dios nos ayudó a todo el mundo. No hubo ninguna.

–En esa estrategia de deshinchar el golpe a usted le llamó la atención que los tanques que habían salido en Valencia por orden de Milans del Bosch se paraban ante los semáforos en rojo. ¿Por qué le dio tanta importancia a ese detalle?

–En mi humilde opinión, significaba que aquello no era un golpe, y así se lo dije a Laína. Si los tanques circulaban de manera civilizada, no disparaban y no pasaba nada, más valía no meneallo.

–De casi todas las palabras se deduce el importante papel que desempeñó Francisco Laína para desactivar el golpe.

–Esa larga noche hubo negociaciones de todo tipo, y todas pasaban por él. Por ejemplo, cuando apareció Armada, Paco Laína le dijo al gobernador civil: “Mariano, tráeme al general Armada”. Cumplido el encargo, quedaron a solas. El propósito de Armada era que no hubiera tiros, ni alborotos, ni follones. Armada le propuso a Laína que le dejara visitar a los diputados y que le dieran la palabra a él para informarles y explicarles lo que pasaba. Paco Laína le dijo que no tenía ningún inconveniente en hacerlo, pero que antes Armada debía retirar a sus soldados y también los fusiles, porque “no tiene ningún sentido ni valor dirigir la palabra a unas personas mientras se les apunta con unos fusiles”. El señor Laína se la jugó, y con él, todo su equipo.

–¿Se ha valorado el papel que desempeñó Francisco Laína, tan vital por todo lo que usted comenta?

–No ha tenido ningún tipo de satisfacción. Vive humildemente en su casa de Ávila, con un pulmón artificial, y qué le voy a decir yo, si nos queremos como hermanos y hablo con el casi a diario.

–¿Por qué cree que ha sido así?

–Paco Laína nunca ha pertenecido a la política. Era un técnico, un profesional más que un político. No se ha hecho justicia a su amor y lealtad a España y al Rey.

–¿Cree usted que el general Armada, muy amigo suyo, era el “elefante blanco” que los golpistas estaban esperando?

–El general Armada fue gobernador militar de Lérida y entonces se hizo algo famoso entre los militares, que hablaban de la necesidad, no de un golpe, sino de un movimiento. Hubo varias reuniones en la montaña catalana a la que asistió incluso Manolo Pizarro, que fue director de la Bolsa, uno de los hombres de finanzas más importantes de España. Honestamente, creo que no entra en el perfil de Armada la preparación de un golpe de Estado. Su formación religiosa, su respeto a la vida, su lealtad a España y, sobre todo, al Rey lo hubieran impedido. Casi estoy por apostar que lo que quiso era dar un toque de atención, por lo que estaba pasando en España, en aquellos veinte días previos al golpe, que fueron tremendos: la dimisión forzada de Suárez, el abucheo a los Reyes en el Parlamento vasco, el asesinato del ingeniero jefe de la central de Lemóniz y, por si fuera poco, las torturas y muerte del etarra Arregi en Madrid.

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