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UN AÑO DE PANDEMIA

La mascarilla resultó ser lo mejor

El “teatro pandémico” con falsas evidencias de que el virus se contagiaba en las superficies hizo de los guantes artículo de lujo y llevó a entrar descalzo en casa y a desinfectar cada naranja comprada

Desinfección en un centro de Gijón.

Desinfección en un centro de Gijón. Ángel González

La cola era más bien larga, unas seis personas. Todas mujeres y todas con cara de ansiedad por la espera y por si esta merecería al final la pena. El objetivo: hacerse con guantes de plástico, concretamente de nitrilo, el “mejor material, el único capaz” –decían– capaz de aislar y hacer frente al enemigo común, el maldito coronavirus que todo lo impregnaba. Las había que se daban la vuelta con las manos vacías: ya habían ido dos horas antes y se habían llevado una caja. Así que el cupo lo habían cubierto.

La fiebre por irse a casa aunque solo fuera con un par de tales guantes –al final, daba igual la talla o el color– generó escenas similares a esta en los supermercados de Asturias y, en general, en toda España hace algo menos de un año. Los grandes comercios se vieron obligados a limitar durante semanas la cantidad que cada cliente podía comprar al día y, por tanto, un dependiente tenía que entregarlos en mano en el departamento de droguería, donde se guardaban bajo siete llaves.

Primeras medidas para acceder a los comercios, en marzo de 2020, en Oviedo.

Primeras medidas para acceder a los comercios, en marzo de 2020, en Oviedo.

Lo mismo sucedió con geles hidroalcohólicos y sprays desinfectantes. Para adquirirlos era como recuperar la célebre e indeseable cartilla de racionamiento, en la que estaba fijada la cantidad que se podía facturar en cada compra. En cuanto a la lejía, no hubo limitaciones. Pero sí hubo que esperar semanas hasta que los fabricantes ajustaron producción con demanda y los estantes volvieron a estar llenos. Hasta que eso ocurrió, quien tenía un litro de lejía era el “rey del confinamiento”. Por internet circularon “fórmulas” de cómo hacer líquidos caseros desinfectantes que, a la larga, resultaron ser más peligrosos que el propio virus.

Hace algo menos de un año el país se volvió loco con la higiene y la desinfección e hicieron falta al menos un par de meses para ir cayendo de la burra y darse cuenta que todo era más sencillo: al final se trata solo de llevar mascarilla, sobre todo en sitios cerrados y donde sea imposible mantener una considerable distancia de seguridad, y mantener una buena higiene de manos (algo que, por otro lado, siempre se ha enseñado en los colegios aunque no fue, hasta ahora, una práctica muy arraigada en la sociedad).

Pero hasta que esto quedó claro, el coronavirus puso patas arriba todo el planeta y alteró a todo el mundo hasta niveles insospechados. Es lo que algunos estudiosos llaman ahora, un año después, el “teatro pandémico” o “teatro de la higiene”: el conjunto de medidas adoptadas durante los primeros momentos de pandemia tendentes a dar sensación de seguridad y que, en la mayoría de los casos, quedaron sin probar su efectividad.

Una es el citado caso de los guantes. Muchos llegaban a casa con ellos puestos tras hacer la compra o pasarse el día entero en el trabajo sin quitarlos. Después de un tiempo se imponía la lógica: mejor lavarse las manos varias veces y cuando sea necesario, que crear una falsa sensación de seguridad con los guantes, que en muchos casos llevaban sin querer a tocarse la cara con el riesgo de contagiarse si el guante no estaba limpio.

Un hombre, haciendo la compra con guantes.

Lo mismo sucedió con los zapatos: durante un tiempo el calzado estuvo proscrito en los hogares, muchos lo dejaban fuera, se lo quitaban en el ascensor o el patio antes de entrar en casa, ya que se decía que el coronavirus iba pegado a las suelas. Nunca se demostró que el virus quedase en las superficies. Esas mismas que fueron fumigadas, desinfectadas, saneadas con ozono, baños de lejía... Con ello quedaron obsoletos los muchos objetos que se diseñaron y comercializaron (hoy puro coleccionismo) para evitar tocar las cosas: abremanillas, llamadores de ascensor...

El pánico a las superficies fue tal que no solo los zapatos fueron expulsados de casa y condenados al vestíbulo de entrada o al cuarto de la limpieza. Lo mismo pasó con la ropa con la que se salía a la calle: se pulverizaba con alcohol o productos especiales. ¿Y la comida? Las bolsas del súper también eras sospechosas, al igual que cada paquete de comida. Hasta los hubo que lavaban una a una las naranjas o manzanas.

Finalmente la única evidencia que se hizo realidad fue que el covid se transmite por el aire y que las partículas pueden permanecer un tiempo suficiente en suspensión para que se produzca el contagio, más en sitios cerrados.

Y resultó ser que la mascarilla, aquella que al principio las autoridades sanitarias no recomendaban o lo hacían para casos extremos –hubo trabajadores públicos apercibidos por presentarse con una y, por ello, generar pánico infundado–, ha acabado siendo mano de santo para no contagiarse. Mascarillas, por cierto, que al inicio de la pandemia era imposible comprar y, cuando llegaban con cuentagotas a las farmacias –también hubo listas de espera–, alcanzaron precios desorbitados. La factura del covid tiene unos cuantos ceros.

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