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Flor Rodríguez, una de las primeras en entrar en la Policía Local de Avilés: “Me dije: ‘Tienes que imponerte’”

Flor Rodríguez Lázaro, ayer, en Avilés.

Flor Rodríguez Lázaro, ayer, en Avilés. Ricardo Solís

España organizaba el Mundial de Fútbol, el PSOE de Felipe González arrasaba en las urnas y los Rolling Stones visitaban Madrid para dar un épico concierto bajo un ya mítico diluvio. Era 1982 y Flor Rodríguez Lázaro (Avilés, 1957) tenía todo lo que un padre hubiese querido para su hija en aquella España que se abría al mundo: estudiaba para administrativa y tenía trabajo estable como encargada en Simago. “Pero a mí siempre me llamó mucho la atención todo lo que tenía que ver con la Policía y los militares”, explica la avilesina, que por encima de todo lo dicho, destacaba por su coraje y decisión. Por eso fue parte de la primera promoción de mujeres de la Policía Local de Avilés.

Rodríguez se presentó a las pruebas de acceso a la Policía Local de Avilés en 1982. Después de que le midiesen tres veces –“hasta que alguien dijo: ‘Ya está bien, eso es lo que mide’”– aprobó el examen, pero por unos trámites administrativos no se puso el uniforme por primera vez hasta el 1 de abril de 1983. “Era Viernes Santo. Entré en el turno de mañanas y me tocó hacer puertas (control de accesos) en el antiguo cuartel del Rivero”, recuerda con absoluta nitidez.

De ahí, y aprovechando sus conocimientos en consumo y alimentación por su trabajo en Simago, el jefe de la Policía Local decidió destinarla a la plaza de abastos para controlar los accesos y el orden de las zabarceras. Una de sus misiones era abrir las puertas a primera hora de la mañana, “una tarea un tanto peligrosa, porque las vendedoras se agolpaban allí y entraban en estampida para tratar de coger el mejor puesto”. “El primer día, cuando iba a abrir la puerta, escuché que una dijo: ‘¡Ay, prubina! Tan jovencina, vamos a comela’. Entonces yo me dije: ‘Flor, tienes que imponerte’. Me giré y les dije: ‘Señoras, yo no tengo ninguna prisa. Si no se ponen en fila para entrar de una en una yo no abro las puertas’. Inmediatamente se pusieron en hilera, y desde entonces nunca tuve ni el más mínimo problema en los accesos”, rememora entre risas sobre un puesto que dio gran visibilidad a las mujeres en el cuerpo: “Al resto de compañeras las habían destinado a tráfico. Yo fui la primera en estar en un destino en el que me cruzaba con mucha gente”.

Tras la plaza de abastos comenzó un largo periplo en el que tuvo distintas atribuciones en el cuerpo: colaboró en la lucha contra el chabolismo, vigiló el cumplimiento de la normativa urbanística en pleno boom del ladrillo, redactó informes para los servicios sociales, impartió clases de educación vial en colegios, sufrió actuando en accidentes de tráfico que hoy sigue recordando y hasta participó en numerosas redadas antidroga con la Policía Nacional. “Como en la Comisaría de aquí no tenían mujeres, yo iba habitualmente con ellos a hacer cacheos”, explica de unos años, la década de los 90, en los que la droga “causaba estragos en la localidad”. Por esta labor de apoyo recibió la medalla al Mérito Policial con distintivo blanco en 1999, un reconocimiento reservado a aquellos agentes que sobresalen en el cumplimiento del deber. “Fue un orgullo muy grande. Además, pudo verlo mi padre justo unos meses antes de fallecer”, rememora.

Pese a que en aquellos tiempos las mujeres policía eran tan absoluta minoría que a muchos les parecían una rareza, Rodríguez Lázaro asegura que el ambiente de trabajo fue siempre excepcional. “Tenía compañeros de la edad de mi padre. Al principio pesaba: ‘¿Cómo me van a recibir?’. Pero siempre fue muy bien”, asegura esta agente ya jubilada, que no se olvida de algunos de los compañeros con los que compartió sus primeros pasos. “Recuerdo a gente como Amable López Lastra, Bernardo o Murias Gamonal, entre otros muchos. Agentes que nos enseñaron y nos acompañaron en aquellos inicios. Nos apoyábamos y confiábamos unos en otros. Además, entre todos aprendimos a adaptarnos a esa situación, que era totalmente nueva para todos”, relata.

Sí podía encontrarse esa discriminación de manera esporádica a pie de calle. Para su anecdotario particular queda, por ejemplo, el caso de aquel hostelero que llamó a la Policía pidiendo ayuda porque un cliente borracho y violento se negaba a abandonar el local, y que al ver llegar a Rodríguez Lázaro y a otra compañera les preguntó si serían capaces de solventar la situación. “Intentamos dialogar con aquel señor, pero como no atendía a razones, al final lo agarramos cada una por un lado y lo sacamos en volandas del restaurante”, ejemplifica: “Todavía hay alguno que dice aquello de: ‘¿Podrán ellas?’ ¡Pues claro que podemos!”.

Rodríguez Lázaro no tuvo ningún referente familiar que le empujase a entrar en la Policía. Fue todo pura vocación. Pero sí reconoce que la visibilidad de las agentes ha podido servir para animar a otras mujeres a dar el paso. “Es algo que percibía cuando íbamos a dar clases de seguridad vial a los colegios. Muchas niñas me preguntaban sobre qué tenían que hacer para ser Policía, cómo había hecho para presentarme... También sé de compañeras que nos reconocieron que se presentaron a oposiciones tras vernos a nosotras”, asegura con orgullo.

Pese a que cada día son más las mujeres en la Policía, Rodríguez Lázaro, que se jubiló en 2019, echa en falta más presencia femenina en el cuerpo avilesino. “Entre 1985 y 2003 no entró ninguna mujer. Y no porque no se presentaran, sino porque cuando llegaban a la última prueba, la entrevista, las rechazaban. Es algo que resulta ciertamente curioso, porque muchas de esas mujeres acababan presentándose en otros municipios y sí obtenían plaza”, señala. “Esa situación ya no se vive. Pero en Avilés solo son nueve mujeres. Me gustaría que fuesen más”, enfatiza.

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