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Historias que marcaron la dura tercera ola del coronavirus en Asturias: los nombres propios tras la tragedia

Las historias de la tercera ola

Las historias de la tercera ola

La tercera ola del coronavirus azotó a Asturias con menos fuerza que la segunda. La vacunación en los geriátricos permitió poco a poco reducir la mortalidad pero no alejó tanto el virus como para no tener que lamentar pérdidas. Hubo muchas y cada una tiene una historia. Y es que tras la frías estadística de la pandemia en el Principado se esconden nombres y apellidos de los auténticos protagonistas de la desgracia: los asturianos que han vivido en primera persona el virus y cuyas historias ha ido contando a lo largo de estos meses LA NUEVA ESPAÑA.

Los sanitarios lloraron a Pablo Riesgo

Uno de los mayores mazazos para los sanitarios llegó a principios de febrero con el fallecimiento de Pablo Riesgo, un auxiliar del hospital de Jove de Gijón de 26 años que perdía la vida meses después de haber pasado el coronavirus. La localidad gozoniega de San Jorge de Heres recibió como un jarro de agua fría la noticia. Y es que allí había pasado su infancia Pablo, ya que su padre, Luis, era natural del pueblo de Gozón.

Daniel García Vega recordaba en el momento del fallecimiento y con evidente nostalgia los juegos con Pablo, cuando eran pequeños, en la cancha deportiva de las escuelas locales, situada al lado de la iglesia de Heres, donde además se celebró el funeral en memoria del fallecido. “Íbamos mucho hasta la cancha del colegio de San Jorge, donde nos juntábamos unos cuantos y jugábamos al fútbol, al baloncesto, e incluso a veces veíamos películas con los mayores en el Club Apolo. De aquella, con siete años, nos soltaban de casa cuando amanecía y hasta por la noche no volvíamos”, rememoraba García Vega, quien reconocía que el fallecimiento de Pablo “no me lo esperaba porque nunca piensas que un chaval de 26 años muera de la noche a la mañana”.

Los que trabajaron o coincidieron con él en cambios de turno en el hospital de Jove lo definían como “un chaval más bien discreto y trabajador”. José Manuel García García, vecino de San Jorge de Heres, recordaba que tanto Pablo como su padre, Luis Manuel, acudían a menudo al campo de Miramar para ir a ver al Marino de Luanco. “Muchas veces coincidía con ellos en el bar El Campo antes de entrar al partido y luego lo veíamos juntos, en la misma zona”, comentaba García García.

Riesgo murió por complicaciones relacionadas con un virus que había pasado meses antes de su muerte.

Pablo Riesgo, en una foto tomada en el paseo del Muro de Gijón, ciudad en la que residía.

El joven, antes de ser auxiliar de enfermería, había estudiado cocina, pero al empezar una relación de pareja decidió cambiar el rumbo de su vida laboral y estudiar algo relacionado con la rama sanitaria. Hace un año, comenzó a trabajar como auxiliar en el servicio de Urgencias del Hospital de Jove.

Elsa Lomas, la gijonesa que pasó más de 300 días en una UCI

La gijonesa Elsa Lomas aguantó durante 315 días todas las estocadas lanzadas por un agresivo covid-19 que la tuvo encerrada en el Gregorio Marañón de Madrid hasta mediados de febrero, confirmándose como una de las hospitalizaciones más largas de la pandemia en España. Sobrevivió a cinco meses sedada y con respirador en la UCI, a una trombosis, a varias infecciones y a un infarto cerebral, y eso le complica ahora poder enlazar varias frases seguidas, pero su cabeza está intacta, y es consciente de su suerte. Ha superado un cáncer reciente, ha vuelto a ver a su hija y tiene, dice, “unas ganas locas” de vivir y retomar la normalidad. El pasado mes de enero “Súper Elsa”, como la llama ahora su familia, cumplía 53 años y, pese a reconocerse vulnerable, quería que su historia se sepa para dar un mensaje de esperanza a otros enfermos, a quienes anima a “seguir luchando”, pero también para poder pasar página a casi un año de espanto: “Hay que tirar para adelante”.

Lomas, ingeniera informática, ingresó en el Gregorio Marañón el día 7 de abril. A las dos semanas se fue a la UCI y se despertó en septiembre. Ella había preparado con su marido una escapada a los Arribes del Duero justo antes de enfermar. “Fue cuando caí y lo tuvimos que anular. Y dije, bueno, pues a ver si hacemos algo en Semana Santa. Y al pasar todo esto resulta que me lo perdí todo. Mi familia lo tuvo que pasar muy mal”, lamentaba, emocionada cuando salió de la UCI. Fueron cinco meses de “apagón” total en la UCI, semanas de sedación que le parecieron poco más que un parpadeo que cambió su mundo de la noche a la mañana, aunque los sanitarios se sorprendieron de lo rápido que retomó la lucidez. “(Cuando desperté) ya me di cuenta de que se había pasado el verano, de que mi hija había terminado el curso, de que yo me lo había perdido”, relata. “No sé, me parece que es un milagro que pasara tanto tiempo y que yo haya estado tan malita. Pero, bueno, aquí estoy. (Ríe). La verdad es que he pasado por muchas cosas”, añade.

Una gijonesa vuelve a casa tras 315 días en el hospital: "Me he perdido parte de la vida por el coronavirus, por favor, tened cuidado" Imagen: Hospital Gregorio Marañón / Edición: Elena Vélez

Y realmente la asturiana ha superado todo tipo de obstáculos. Dicen los sanitarios de Madrid que casos como el suyo son de esos que ilustran el manual de casi todo lo que puede salir mal en un caso grave de coronavirus. La doctora María Eugenia García Leoni lo explica así: “Ella forma parte de un grupo de enfermos graves, que es un porcentaje menor pero que existe, en gente joven también. Hay que agradecer al personal de cuidados intensivos que cuidó de Elsa como si fuese su familia, porque Elsa es la expresión de todo lo que le puede pasar a un enfermo con covid-19, de todo lo grave. Salió a planta con muchas secuelas”. Lomas todo esto no lo recuerda, y eso hizo que al despertarse se topase de golpe con un cuerpo desconocido. Un tubo en el estómago, un tubo en la garganta, unos brazos que no se movían como antes. El equipo sanitario la ha ido preparando para que su regreso a la normalidad sea menos traumático. El broche de oro fue que la ayudasen a teñirse el pelo y que le quitaran los puntos de la traqueotomía, dos detalles que la afectaban cada vez que se miraba al espejo. “Parece una tontería, pero no lo es. Me veía mal y el aspecto también hay que cuidarlo”, cuenta.

Leoni añade que la fuerza y disposición de Lomas facilitó enormemente la labor sanitaria y cree que el enfoque real de esta historia no es que la asturiana haya perdido diez meses de su vida, sino que “ha ganado una vida que quizá sea diferente”, pero que le ha dado “otra oportunidad”.

Antes de recibir el alta a Lomas le preocupaban, principalmente, dos cosas: tener que acabar de recuperarse ahora en casa, sin la constante presencia de sanitarios a la que ya se había acostumbrado, y retomar el contacto con su familia, porque sabe que lo que para ella han sido unas semanas de angustia para sus allegados ha sido casi un año de incertidumbre. Lomas lo explicaba así estando aún en el hospital: “Quiero ver a mi hija, ver si ha crecido o no. Ha pasado un año, algo le tendré que ver diferente. Su forma de hablar ha cambiado porque está creciendo, y entonces tiene cosas de niñas y otras de mayores. Tengo que hacerme ahora a la idea de que se está haciendo mayor”.

Su enfermera especializada en salud mental, Sofía Martínez, llevaba días preparándola para esa llegada a casa. Según la sanitaria, es habitual que enfermos con hospitalizaciones tan largas se sientan divididos: “Por un parte, el hospital no deja de ser un lugar hostil, pero al mismo tiempo te sientes seguro. Es como en una mudanza, que al principio sabes que no es tu casa pero a los 15 días ya las sientes tuya. Tras tantos meses aquí, ¿cómo no vas a sentir que esta es en parte tu casa?”.

Ángel, el enfermo que destacó el trato humano de la UCI del HUCA

Ángel Francisco Suárez Valdés, ovetense de 49 años, fue uno de los protagonistas de una de las visitas a la UCI de LA NUEVA ESPAÑA. Aprovechando la visita del periódico quiso lanzar un mensaje de agradecimiento.

–Lo que quiero decir es que el trato que recibimos aquí es espectacular. Por encima de lo profesional, se nos da un trato humano espectacular, de apoyo y de soporte constantes. Espectacular, desde el primero hasta el último. Lo mismo un médico que cualquier otro profesional.

Su hermano y su cuñado, Ignacio Miranda, se mostraban también agradecidos y muy contentos.

–El encuentro ha sido increíble después de una semana muy complicada. Pero además hay que decir que los profesionales que nos hemos encontrado aquí también son increíbles. El trato humano, el cariño y la profesionalidad son una auténtica pasada. Estamos superagradecidos. Piensas que venir aquí va a resultar desagradable, y es todo lo contrario –enfatiza Agustín Suárez Valdés.

Pepita, con ella llegó la esperanza

Tres mujeres fueron las protagonistas la mañana del 27 de diciembre de la noticia del año en Asturias. Una octogenaria que vive en la Residencia Mixta de Pumarín en Gijón (Eulalia Josefa Paleo) y dos trabajadoras del centro fueron los nombres propios del primer día de vacunación contra el coronavirus en el Principado. Y lo fueron gracias a las 320 dosis de la vacuna de Pfizer que salieron a las cuatro de la madrugada de Guadalajara y llegaron a primera hora de la mañana a Gijón. Pepita, de 80 años y residente desde hace 12 años en este centro asistencial (el mayor de Asturias), fue la primera en vacunarse minutos antes de las diez y media de la mañana. Aseguró que no estaba nerviosa. "Estoy abrumada porque me eligieron la primera pero ya he pasado muchas cosas y no tengo miedo a la vacuna. Lo primero que voy a hacer cuando pueda volver a la normalidad es salir a caminar, que antes lo hacía todos los días y ahora no podía", relató esta mujer nacida en Lugo pero residente en La Calzada desde que llegó a Asturias.

"Lo que le digo a la gente es que se ponga la vacuna, lo hacemos por el bien de todos", aseguró la mujer, conocida por sus allegados como "Pepita", que pidió prudencia y responsabilidad. "En estas fiestas se ha desmadrado mucho y eso no puede ser, Asturias siempre ha estado a la cabeza", criticó. "Hay gente a la que no le da miedo el coronavirus pero yo tengo que decir que me aterroriza porque he visto sus consecuencias".

Pepita, la primera asturiana vacunada contra el coronavirus: "Tengo miedo al virus, no a la vacuna" Amor Domínguez

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