Además de en un grave problema sanitario, la crisis del coronavirus se ha convertido también en un importante problema para todas las economías del mundo. Las restricciones impuestas para tratar de frenar los contagios supusieron un frenazo en seco para muchos sectores. Sin duda, uno de los más damnificados en el último año ha sido el hostelero. Los empresarios asturianos del ramo, que han tenido en las terrazas y la comida a domicilio su único salvoconducto, miran con cautela hacia el futuro: “No hay que perder la esperanza, pero tampoco debemos pensar que en verano estará todo solucionado. Paso a paso”.

A Diego Javita, al frente de las sidrerías El Bosque y El Bosque de Javita, en Oviedo, el decreto del estado de alarma para tratar de frenar los contagios le pilló con el pie cambiado. O, mejor dicho, con las neveras llenas. “Habíamos comprado material para el fin de semana porque no nos esperábamos el cierre. Hubo muchas cosas que no pudimos congelar y las perdimos”, recuerda con pena el hostelero, a quien por aquel entonces no atacaron los nervios. “Parecía que iba a ser para quince días... Pero luego empezaron a hacer prórrogas y más prórrogas, y fue un desastre”, lamenta.

Juanjo Cima prepara un cachopo para llevar en Las Tablas del Campillín. | P. S.

Algo parecido le pasó a Francisco Sas, a quien el anuncio del cese de toda actividad no esencial del Gobierno le chafó su vuelta de vacaciones. “Veníamos con las pilas cargadas tras pasar unos días en Canarias y el anuncio del estado de alarma fue como un jarro de agua fría”, rememora el empresario, al frente del asador El Yantar de Gijón, frustrado por las continuas restricciones que ha venido aplicado el Principado al sector en los últimos meses. “Entre las limitaciones horarias y de aforo, nuestra facturación ha caído un 80% en comparación con la del año pasado”, asegura el hostelero, que reclama “indemnizaciones, que no ayudas”, para la hostelería.

Tampoco se lo podía creer Justo García. “Nací detrás de una barra, llevo toda la vida trabajando en esto, y jamás pensé que pudiese suceder algo así”, afirma el hostelero, al frente del Yumay, en Avilés, quien recuerda perfectamente el momento en el que el Gobierno les obligaba a cerrar el pasado marzo. “Reuní a la plantilla y, tratando de poner calma, les dije que se lo tomasen como un descanso de quince días. Pero, en el fondo, me temía lo peor”, asegura el empresario.

Los miedos de García no eran infundados. “Había hablado unos días antes con José María Ordovás (catedrático en Nutrición y discípulo de Grande Covián), que tenía que recoger un premio aquí, y ya me decía que no tenía claro si para el verano podría salir de Estados Unidos, donde reside. Ahí me temí que todo fuese para largo”, cuenta.

Diego Javita, con unas botellas de sidra en El Bosque

Tras un mes con la persiana bajada y ante la insistencia de algunos de sus clientes más fieles, García decidió volver a encender los fogones para preparar pedidos para llevar. “Yo era muy escéptico. No pensé que fuese a funcionar, porque por las calidades y precios de nuestros productos no podíamos competir en lo económico con lo que en ese momento se ofertaba en la comarca avilesina”, relata el hostelero.

Pero aquí se equivocó. Su servicio para llevar gustó a los habituales y no tardó en correrse la voz de que el Yumay volvía a estar abierto. “Tuvimos un éxito que me sorprendió. Es algo que, aunque pase todo, se va a quedar con nosotros, porque ha funcionado”, relata.

Precisamente, la comida a domicilio fue el balón de oxígeno al que se agarró en todo momento Juanjo Cima. Este empresario, con cuatro establecimientos a su cargo (tres en Oviedo y uno en Gijón), ya contaba con una amplia experiencia en eso de llevar la comida a la puerta de casa de sus clientes. “Hace cuatro años, después de haber ganado el premio al mejor cachopo, y tras ver que no había otros establecimientos que se dedicasen a ello, decidí comenzar a servir este plato a domicilio”, explica.

Francisco Sas, en el Yantar

La experiencia no solo fue un grado aquí. Sino una gran ventaja. Con todo el sistema de envío a domicilio bien rodado, y ante la previsión de que la demanda de pedidos a domicilio iba a crecer, el empresario decidió ampliar la carta de “take away”.

No fue lo único que amplió en este último año. También su número de restaurantes. El pasado verano abrió en la Ruta de los Vinos de Gijón La Taberna Asturiana, un proyecto que se había cocido antes de la pandemia y que acabó de guisarse en verano. “Funcionó muy bien durante toda la campaña estival. Pero después, con las restricciones, decidimos ponernos a servir comida a domicilio allí también”, relata Cima, todo un experto en eso de llevar la comida a sus clientes, que advierte: “No es algo tan sencillo. Tienes que encontrar qué platos viajan bien, los embalajes... Y echar muchas cuentas, porque es una inversión que algunos compañeros del sector no han podido rentabilizar”.

Una historia similar a la de Carmen González, de la confitería Carmen de Salinas (Castrillón). Con servicio de panadería, bollería, pastelería y cafetería, sobrevivió pudiendo llevar pedidos a sus clientes. “Atendimos muchos encargos de clientes de toda la vida y, sobre todo, de gente mayor que no podía o no se atrevía a salir a por el pan en los momentos más duros de la pandemia”, afirma la empresaria, que durante este periodo también distribuyó este alimento calificado de bien de primera necesidad a geriátricos y otros centros sociosanitarios.

Alberto Lázaro, en el hotel Asturias

Tras todos estos acontecimientos, González asegura que la pandemia ha dejado una huella imborrable en la sociedad, algo que ve a diario en su establecimiento. “Mucha gente, sobre todo los de más edad, lo pasó muy mal. A día de hoy, hay quien sigue llorando cuando se recuerda el tema”, relata con dolor la empresaria, quien teme que esto termine por pasar factura en un futuro no muy lejano.

A González también le preocupan las posibles consecuencias económicas que pueda dejar esta crisis y los continuos cambios en las restricciones. “Vamos un paso para adelante y otro para atrás. Así es muy complicado. Para nosotros y para todos”, lamenta la empresaria, quien asegura que jamás pudo imaginar en su larga trayectoria profesional que pudiese vivir una situación como la actual.

Tampoco se lo había imaginado Alberto Lázaro. Ni él, ni las tres generaciones de su familia que han estado al frente del hotel Asturias desde su apertura, en 1923. Y es que el coronavirus ha conseguido lo que no logró ni la Guerra Civil: cerrar las puertas de este alojamiento de la plaza Mayor de Gijón.

Carmen González, con dos tartas en su confitería Carmen

Carmen González, con dos tartas en su confitería Carmen

Para la hotelería, la situación actual está siendo casi límite. Sobreviven a base de los alojamientos de trabajadores itinerantes, como los comerciales. El cierre a cal y canto del Principado para la Semana Santa ha pinchado el globo de la última esperanza que quedaba en el sector para tratar de salvar el primer semestre de este 2021. “Cumplimos al máximo con todas las medidas de seguridad. Desinfectamos todas las habitaciones cuando las abandonan los huéspedes, las dejamos varios días ventilando... No entendemos los porqués de esta negativa a dejarnos trabajar con normalidad”, explica Lázaro.

El Asturias cuenta con servicio de cafetería y restaurante. El primero permanece abierto en horario de mañanas, “para dar servicio a los trabajadores del Ayuntamiento, básicamente”, mientras que el segundo está cerrado. “Tal y como está la situación, no nos compensa abrirlo”, afirma el empresario, que fía a la temporada estival la remontada económica de su negocio. “Si en verano no dejan trabajar a los hoteles, cerraremos todos”, advierte.

Pese a las complicaciones, los empresarios del sector coinciden en no perder la esperanza. La vacuna hace pensar que para el segundo semestre del año estaremos más cerca de alcanzar la vieja normalidad. Eso sí, son cautos y prefieren no lanzar las campanas al vuelo. “El año pasado parecía que ya estaba solucionado y después vino lo peor”, dicen los profesionales de uno de los motores económicos del país y uno de los más damnificados por la pandemia.