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Quintos incorporándose a filas en el cuartel “Cabo Noval” en 1993.

El día que el cuartel “Cabo Noval” quedó con apenas 40 soldados

Veinte años después del fin de la “mili”, se despierta la nostalgia por un rito de paso que suponía entrar de lleno en la edad adulta

El día que se suprimió el servicio militar obligatorio, el acuartelamento “Cabo Noval”, base del Regimiento Príncipe número 3, que hasta ese momento albergaba hasta cuatro batallones de infantería –más de dos mil hombres–, quedó reducido “a poco más de cuarenta soldados, un auténtico desierto”, como rememora el coronel retirado Rafael González Crespo, por aquel entonces Delegado de Defensa en Asturias, observador de primera línea del nacimiento del ejército profesional. La imagen era un tanto deprimente, pero era el comienzo de otra realidad. “Es algo que tenía que llegar necesariamente, porque los ejércitos evolucionan con la sociedad. Eso sí, no lo esperábamos tan pronto”, asegura el veterano militar. Y es que, como remarca González Crespo, no quedaba otro remedio: “No podías ir a Afganistán con reclutas de la ‘mili’. Para determinadas misiones prefiero soldados profesionales, y sobre todo mujeres, cumplen a rajatabla”.

Una manifestación contra la mili en 1990.

Era el 9 de marzo de 2001 cuando el entonces ministro de Defensa del Gobierno de Aznar, Federico Trillo, pronunciaba la famosa frase: “Señores, se acabó la ‘mili’”, poniendo fin a un servicio militar que a algunos “les solucionaba la vida” –no eran pocos quienes, por ejemplo, aprendían a conducir vehículos pesados, para luego dedicarse al transporte o se sacaban el certificado de escolaridad–, aunque a otros se la partía justo cuando comenzaban sus estudios superiores o su vida profesional. El presidente socialista Felipe González se había negado una y otra vez a eliminar el servicio militar obligatorio, por temor a unas fuerzas armadas alejadas de la sociedad. Cuando Aznar llegó al poder en 1996 se comprometió a eliminar la “mili”, pero no fue hasta su segundo mandato cuando decidió apostar por el ejército profesional.

Una jura de bandera en el “Cabo Noval” en 1989.| LNE

La oposición a la “mili” se había iniciado ya en los años setenta, en plena dictadura, con los consiguientes riesgos para la integridad física. Pero fue en los ochenta y sobre todo en los noventa cuando este rechazo se generalizó. Primero se arrancó el derecho a la objeción de conciencia y la prestación social sustitutoria. Y más tarde surgió el movimiento de insumisión, que llevó a prisión a decenas de jóvenes e impulsó aún más la objeción de conciencia, hasta que no quedó otro remedio que eliminar la “mili”. Fueron tiempos de protestas constantes, de jóvenes condenados que, aun pudiendo evitarla con el tercer grado, iban a prisión solo para llevar al Gobierno a un callejón sin salida. España fue el único país que ensayó con éxito esta vía resistencia civil para terminar con la conscripción militar.

Cada vez más jóvenes trataban por todos los medios de evitar el servicio militar, obteniendo una exención por razones en muchas ocasiones totalmente inventadas –los había que fumaban en exceso durante semanas para que les diagnosticasen de asma–, declarándose objetores de conciencia o directamente negándose a ir a filas, lo que conllevaba penas de prisión e inhabilitación para desempeñar un puesto en la administración.

Al final, también había trampas para no cumplir la prestación social, tan onerosa o más como la “mili”, ya que duraba más tiempo. A las prórrogas por estudios sucedían las prórrogas por sostenimiento familiar –bastaba aducir que se sustentaba a la pareja de hecho–, hasta que a los treinta años se quedaba exento de cualquier servicio.

La imagen de los cuarteles vacíos no duró mucho. En poco tiempo “hubo oleadas de solicitudes para entrar en el ejército profesional, y en un momento, a principios de la década de 2000, en el que la economía iba muy bien. Había una buena juventud”, cree el coronel González Crespo, quien inició las relaciones entre el Ejército y los empresarios para facilitar una salida profesional a los soldados que finalizaban su periplo militar.

Hubo mucha oposición a la “mili”, pero hay que remarcar que fueron mayoría los que cumplieron con el servicio con su mejor voluntad. Y es que durante décadas, el servicio militar era un rito de paso que suponía romper “el cordón umbilical” e iniciar la edad adulta. A los veinte años del fin de la “mili” se asiste a una cierta nostalgia de aquel servicio, como prueba el hecho de que cada vez hay más foros y asociaciones de veteranos de tratar de rememorar aquellos tiempos, como resalta el coronel González Crespo. Muchos están integrados en la Asociación de Reservistas Españoles (ARES) y algunos realizan servicios voluntarios, temporalmente, en las diferentes misiones de las Fuerzas Armadas.

Fermín Bravo, en la cárcel de Oviedo.

“El detonante fue el movimiento de insumisión”, sostiene Fermín Bravo

El actual director general de Vivienda, Fermín Bravo, “Fermo”, pasó 14 meses en prisión por negarse a hacer la “mili”. Miembro de la Coordinadora por la Insumisión (CAI) –una plataforma “muy transversal, en la que tenía cabida desde personas cercanas a la Iglesia hasta radicales, muy creativa, y con presencia de mujeres”–, estaba exento por una lesión en una pierna, pero decidió desafiar al sistema. “Solicité hacer la ‘mili’ y declararme insumiso. Entré en la cárcel de Oviedo con Carlos Fueyo y Juan José García, ‘Yiyi’. Nos concedieron directamente el tercer grado. Salimos, pero no regresamos a prisión y vinieron a detenernos a la iglesia de San José, donde nos encerramos. Entonces nos llevaron a la cárcel de Villabona, que se acababa de abrir”, cuenta. Por ese quebrantamiento les llegaron a pedir otros cuatro años más de prisión. “Llegamos a estar 200 presos. Para el Gobierno de Felipe González era muy difícil de sostener, pero fue finalmente el PP el que acabó con la ‘mili’”, explica. González lo intentó todo para acabar con el movimiento. Rebajó las penas, pero introdujo la inhabilitación para empleo público. “Fue una apuesta muy fuerte la nuestra. No queríamos ejércitos. El movimiento insumiso fue el detonante del final de la ‘mili’. fue lo que disparó el número de objetores y al final colapsó”, cree.

Carlos Fueyo: "Terminamos con la mili, pero no con el ejército"

“Terminamos con la ‘mili’, pero no con el Ejército, que era lo que pretendíamos. Nuestro cuestionamiento era profundo, radical”, explica el filólogo avilesino Carlos Fueyo, que en 2016 sacó su “Diario de un insumiso preso” (Cambalache), en el que relata su experiencia carcelaria por negarse a cumplir el servicio militar. Como Fermín Bravo y Juan José García, cumplió 14 meses de prisión –entre diciembre de 1993 y febrero de 1995–, una opción deliberada con la que pretendían doblar la mano al Estado. “El de la insumisión fue uno de los movimientos más comprometidos que se hayan producido, no solo en España, sino en el contexto europeo. Pocas luchas han exigido un compromiso semejante, que te hacía afrontar años de cárcel, frente a una institución como el Ejército –al principio se enfrentaban a juicios militares– o el Estado. El movimiento fue capaz de cambiar aquello”, explica. Sobraban motivaciones. “La sola idea de pasar un año recibiendo órdenes y perdiendo el tiempo parecía algo inconcebible”, dice. Estar en la cárcel fue “una experiencia dura” –“se pasa mal”, sostiene–, pero le permitió “conocer un mundo que por suerte desconoce la mayoría de la gente”. Todas las familias vivieron mal aquella situación, pero contaba con todo el apoyo de sus padres.

Carlos Fueyo

Manuel Bergés, reservista voluntario: "Aprendías valores como el respeto; volvería a hacerla"

El gijonés Manuel Bergés hizo la “mili” en la Armada en 1981, con solo 17 años. “Adquirías un compromiso de dos años. Estuve dos meses en el cuartel de instrucción de marinería de Cádiz, y otros meses en San Fernando, instruyéndome como cabo artillero. Luego pasé veinte meses a bordo del destructor antisubmarinos Marqués de la Ensenada –gemelo del Roger de Lauria–, con base en El Ferrol y que patrullaba por todo el Cantábrico”, relata. “Fue una ‘mili’ muy buena, quitando que el 2 de octubre de 1981 sufrimos un atentado terrorista –ETA nos puso una bomba en la línea de flotación– que afortunadamente quedó en un susto”, explica. Como parte de una tripulación de 300 marinero, “la disciplina era más suave que en un cuartel, porque había trato más continuo con la oficialidad”. Aquella experiencia le hizo “espabilar”. “Cumplí 18 años durante el servicio. Aprendí valores como el respeto, la obediencia o la vocación de servicio que no los hay en la vida civil. Son valores que les vendrían muy bien a los chavales d ahora. Yo soy de los que digo que la ‘mili’ tenía que volver. Para mí fue una gran experiencia, volvería a hacerla”, sostiene. “Al principio fue duro coger un tren desde Gijón a Cádiz, con 17 años, alejarme de mis padres. Rompes con todo. Luego haces amigos y te adaptas. Te ayuda en la vida, te hace más independiente”, cree. Con 58 años, este miembro de ARES es reservista voluntario y presta servicio todas las mañanas en la Delegación de defensa. Quiere hacer bueno uno de los lemas de las unidades de Marina: “No aspire a ser servido, sino a servir”.

Manuel Bergés.

El coronel Rafael González Crespo: "Unificaba regiones, clases sociales y niveles culturales"

“A muchos jóvenes, la ‘mili’ les solucionó la vida. Alguno había que, cuando le dábamos el sueldo de 500 pesetas, se quedaba con 50 para sus gastos en el cuartel y mandaba 450 para ayudar a su familia en casa. Muchos era la primera vez que salían del pueblo”, rememora el coronel retirado Rafael González Crespo. Puede parecer un tópico, pero “la ‘mili’ unificaba a todas las regiones, clases sociales y niveles culturales. Visto en perspectiva, creo que no era tan mala”, añade este santanderino de 73 años, experto en geopolítica, con especial hincapié en Rusia y sus satélites –asuntos sobre los que ha escrito varios libros–, fue durante cinco años Delegado de Defensa en Asturias, entre 2000 y 2005, justo la época en que se puso fin al servicio militar obligatorio. Más tarde, en 2008, fue director de la residencia militar Coronel Gallegos de El Coto, en Gijón, hasta 2012. Pese a que había jóvenes contrarios a hacer la “mili”, “la mayoría de la gente que era llamada a cumplir el servicio militar se decía: ‘Voy a estar aquí 20 meses, vamos a aprovechar el tiempo’, y se sacaba el certificado de escolaridad o aprendía a conducir”, señala González. El servicio militar obligatorio “creaba lazos de solidaridad entre los reclutas: el que no escribía las cartas a los compañeros que no podían hacerlo, le enseñaba a leer, o le prestaba dinero o tabaco”. Claro que, con aquel Ejército, no hubiese sido posible llevar a cabo las misiones que vienen realizando las Fuerzas Armadas en el exterior, que requieren de una profesionalización cada vez más profunda. “Los soldados profesionales de ahora son disciplinados, entregados y fuertes”, asegura el coronel, quien sigue sintiendo un cariño muy especial por Asturias. Una muestra de la solidaridad que se creaba en el servicio militar la vivió el coronel en sus propias carnes cuando estaba destinado en el Regimiento San Marcial, con base en Madrid: “Los viernes cogía el tren nocturno para ir a ver a la familia en Santander. Después de una semana de trabajo, estaba derrengado y me quedaba dormido en el tren . Un día me despertó un revisor joven para pedirme el billete y me preguntó: ‘¿No me conoce? Serví a sus órdenes en el San Marcial’. Yo le expliqué y me respondió: ‘Nadie le va a volver a despertar en este tren’. No sé cómo lo hizo pero en los tres años siguientes nadie volvió a despertarme camino de Santander”.

Rafael G. Crespo

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El día que se suprimió el servicio militar obligatorio, el acuartelamento “Cabo Noval”, base del Regimiento Príncipe número 3, que hasta ese momento albergaba hasta cuatro batallones de infantería –más de dos mil hombres–, quedó reducido “a poco más de cuarenta soldados, un auténtico desierto”, como rememora el coronel retirado

Una manifestación contra la mili en 1990.

Era el 9 de marzo de 2001 cuando el entonces ministro de Defensa del Gobierno de Aznar, Federico Trillo, pronunciaba la famosa frase: “Señores, se acabó la ‘mili’”, poniendo fin a un servicio militar que a algunos “les solucionaba la vida” –no eran pocos quienes, por ejemplo, aprendían a conducir vehículos pesados, para luego dedicarse al transporte o se sacaban el certificado de escolaridad–, aunque a otros se la partía justo cuando comenzaban sus estudios superiores o su vida profesional. El presidente socialista Felipe González se había negado una y otra vez a eliminar el servicio militar obligatorio, por temor a unas fuerzas armadas alejadas de la sociedad. Cuando Aznar llegó al poder en 1996 se comprometió a eliminar la “mili”, pero no fue hasta su segundo mandato cuando decidió apostar por el ejército profesional.

Una jura de bandera en el “Cabo Noval” en 1989.| LNE

La oposición a la “mili” se había iniciado ya en los años setenta, en plena dictadura, con los consiguientes riesgos para la integridad física. Pero fue en los ochenta y sobre todo en los noventa cuando este rechazo se generalizó. Primero se arrancó el derecho a la objeción de conciencia y la prestación social sustitutoria. Y más tarde surgió el movimiento de insumisión, que llevó a prisión a decenas de jóvenes e impulsó aún más la objeción de conciencia, hasta que no quedó otro remedio que eliminar la “mili”. Fueron tiempos de protestas constantes, de jóvenes condenados que, aun pudiendo evitarla con el tercer grado, iban a prisión solo para llevar al Gobierno a un callejón sin salida. España fue el único país que ensayó con éxito esta vía resistencia civil para terminar con la conscripción militar.

Cada vez más jóvenes trataban por todos los medios de evitar el servicio militar, obteniendo una exención por razones en muchas ocasiones totalmente inventadas –los había que fumaban en exceso durante semanas para que les diagnosticasen de asma–, declarándose objetores de conciencia o directamente negándose a ir a filas, lo que conllevaba penas de prisión e inhabilitación para desempeñar un puesto en la administración.

Al final, también había trampas para no cumplir la prestación social, tan onerosa o más como la “mili”, ya que duraba más tiempo. A las prórrogas por estudios sucedían las prórrogas por sostenimiento familiar –bastaba aducir que se sustentaba a la pareja de hecho–, hasta que a los treinta años se quedaba exento de cualquier servicio.

La imagen de los cuarteles vacíos no duró mucho. En poco tiempo “hubo oleadas de solicitudes para entrar en el ejército profesional, y en un momento, a principios de la década de 2000, en el que la economía iba muy bien. Había una buena juventud”, cree el coronel González Crespo, quien inició las relaciones entre el Ejército y los empresarios para facilitar una salida profesional a los soldados que finalizaban su periplo militar.

Hubo mucha oposición a la “mili”, pero hay que remarcar que fueron mayoría los que cumplieron con el servicio con su mejor voluntad. Y es que durante décadas, el servicio militar era un rito de paso que suponía romper “el cordón umbilical” e iniciar la edad adulta. A los veinte años del fin de la “mili” se asiste a una cierta nostalgia de aquel servicio, como prueba el hecho de que cada vez hay más foros y asociaciones de veteranos de tratar de rememorar aquellos tiempos, como resalta el coronel González Crespo. Muchos están integrados en la Asociación de Reservistas Españoles (ARES) y algunos realizan servicios voluntarios, temporalmente, en las diferentes misiones de las Fuerzas Armadas.

Fermín Bravo, en la cárcel de Oviedo.

“El detonante fue el movimiento de insumisión”, sostiene Fermín Bravo

El actual director general de Vivienda, Fermín Bravo, “Fermo”, pasó 14 meses en prisión por negarse a hacer la “mili”. Miembro de la Coordinadora por la Insumisión (CAI) –una plataforma “muy transversal, en la que tenía cabida desde personas cercanas a la Iglesia hasta radicales, muy creativa, y con presencia de mujeres”–, estaba exento por una lesión en una pierna, pero decidió desafiar al sistema. “Solicité hacer la ‘mili’ y declararme insumiso. Entré en la cárcel de Oviedo con Carlos Fueyo y Juan José García, ‘Yiyi’. Nos concedieron directamente el tercer grado. Salimos, pero no regresamos a prisión y vinieron a detenernos a la iglesia de San José, donde nos encerramos. Entonces nos llevaron a la cárcel de Villabona, que se acababa de abrir”, cuenta. Por ese quebrantamiento les llegaron a pedir otros cuatro años más de prisión. “Llegamos a estar 200 presos. Para el Gobierno de Felipe González era muy difícil de sostener, pero fue finalmente el PP el que acabó con la ‘mili’”, explica. González lo intentó todo para acabar con el movimiento. Rebajó las penas, pero introdujo la inhabilitación para empleo público. “Fue una apuesta muy fuerte la nuestra. No queríamos ejércitos. El movimiento insumiso fue el detonante del final de la ‘mili’. fue lo que disparó el número de objetores y al final colapsó”, cree.

Carlos Fueyo: "Terminamos con la mili, pero no con el ejército"

“Terminamos con la ‘mili’, pero no con el Ejército, que era lo que pretendíamos. Nuestro cuestionamiento era profundo, radical”, explica el filólogo avilesino Carlos Fueyo, que en 2016 sacó su “Diario de un insumiso preso” (Cambalache), en el que relata su experiencia carcelaria por negarse a cumplir el servicio militar. Como Fermín Bravo y Juan José García, cumplió 14 meses de prisión –entre diciembre de 1993 y febrero de 1995–, una opción deliberada con la que pretendían doblar la mano al Estado. “El de la insumisión fue uno de los movimientos más comprometidos que se hayan producido, no solo en España, sino en el contexto europeo. Pocas luchas han exigido un compromiso semejante, que te hacía afrontar años de cárcel, frente a una institución como el Ejército –al principio se enfrentaban a juicios militares– o el Estado. El movimiento fue capaz de cambiar aquello”, explica. Sobraban motivaciones. “La sola idea de pasar un año recibiendo órdenes y perdiendo el tiempo parecía algo inconcebible”, dice. Estar en la cárcel fue “una experiencia dura” –“se pasa mal”, sostiene–, pero le permitió “conocer un mundo que por suerte desconoce la mayoría de la gente”. Todas las familias vivieron mal aquella situación, pero contaba con todo el apoyo de sus padres.

Carlos Fueyo

Manuel Bergés, reservista voluntario: "Aprendías valores como el respeto; volvería a hacerla"

El gijonés Manuel Bergés hizo la “mili” en la Armada en 1981, con solo 17 años. “Adquirías un compromiso de dos años. Estuve dos meses en el cuartel de instrucción de marinería de Cádiz, y otros meses en San Fernando, instruyéndome como cabo artillero. Luego pasé veinte meses a bordo del destructor antisubmarinos Marqués de la Ensenada –gemelo del Roger de Lauria–, con base en El Ferrol y que patrullaba por todo el Cantábrico”, relata. “Fue una ‘mili’ muy buena, quitando que el 2 de octubre de 1981 sufrimos un atentado terrorista –ETA nos puso una bomba en la línea de flotación– que afortunadamente quedó en un susto”, explica. Como parte de una tripulación de 300 marinero, “la disciplina era más suave que en un cuartel, porque había trato más continuo con la oficialidad”. Aquella experiencia le hizo “espabilar”. “Cumplí 18 años durante el servicio. Aprendí valores como el respeto, la obediencia o la vocación de servicio que no los hay en la vida civil. Son valores que les vendrían muy bien a los chavales d ahora. Yo soy de los que digo que la ‘mili’ tenía que volver. Para mí fue una gran experiencia, volvería a hacerla”, sostiene. “Al principio fue duro coger un tren desde Gijón a Cádiz, con 17 años, alejarme de mis padres. Rompes con todo. Luego haces amigos y te adaptas. Te ayuda en la vida, te hace más independiente”, cree. Con 58 años, este miembro de ARES es reservista voluntario y presta servicio todas las mañanas en la Delegación de defensa. Quiere hacer bueno uno de los lemas de las unidades de Marina: “No aspire a ser servido, sino a servir”.

Manuel Bergés.

El coronel Rafael González Crespo: "Unificaba regiones, clases sociales y niveles culturales"

“A muchos jóvenes, la ‘mili’ les solucionó la vida. Alguno había que, cuando le dábamos el sueldo de 500 pesetas, se quedaba con 50 para sus gastos en el cuartel y mandaba 450 para ayudar a su familia en casa. Muchos era la primera vez que salían del pueblo”, rememora el coronel retirado Rafael González Crespo. Puede parecer un tópico, pero “la ‘mili’ unificaba a todas las regiones, clases sociales y niveles culturales. Visto en perspectiva, creo que no era tan mala”, añade este santanderino de 73 años, experto en geopolítica, con especial hincapié en Rusia y sus satélites –asuntos sobre los que ha escrito varios libros–, fue durante cinco años Delegado de Defensa en Asturias, entre 2000 y 2005, justo la época en que se puso fin al servicio militar obligatorio. Más tarde, en 2008, fue director de la residencia militar Coronel Gallegos de El Coto, en Gijón, hasta 2012. Pese a que había jóvenes contrarios a hacer la “mili”, “la mayoría de la gente que era llamada a cumplir el servicio militar se decía: ‘Voy a estar aquí 20 meses, vamos a aprovechar el tiempo’, y se sacaba el certificado de escolaridad o aprendía a conducir”, señala González. El servicio militar obligatorio “creaba lazos de solidaridad entre los reclutas: el que no escribía las cartas a los compañeros que no podían hacerlo, le enseñaba a leer, o le prestaba dinero o tabaco”. Claro que, con aquel Ejército, no hubiese sido posible llevar a cabo las misiones que vienen realizando las Fuerzas Armadas en el exterior, que requieren de una profesionalización cada vez más profunda. “Los soldados profesionales de ahora son disciplinados, entregados y fuertes”, asegura el coronel, quien sigue sintiendo un cariño muy especial por Asturias. Una muestra de la solidaridad que se creaba en el servicio militar la vivió el coronel en sus propias carnes cuando estaba destinado en el Regimiento San Marcial, con base en Madrid: “Los viernes cogía el tren nocturno para ir a ver a la familia en Santander. Después de una semana de trabajo, estaba derrengado y me quedaba dormido en el tren . Un día me despertó un revisor joven para pedirme el billete y me preguntó: ‘¿No me conoce? Serví a sus órdenes en el San Marcial’. Yo le expliqué y me respondió: ‘Nadie le va a volver a despertar en este tren’. No sé cómo lo hizo pero en los tres años siguientes nadie volvió a despertarme camino de Santander”.

Rafael G. Crespo

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